Hace un siglo las élites globales subían a la cima de los Alpes suizos para intentar curarse de la tuberculosis. Hoy regresan, cada enero. Intentan que el capitalismo recobre una respiración acompasada. Amparados por las laderas nevadas de Davos, diseñan las normas que le permiten al sistema de negocios global seguir apropiándose de esos aires puros. Y, como si siguieran la parábola de Abraham, los CEO de las mil empresas más influyentes del mundo se sientan en los mismos salones en los que sus ancestros sufrían alucinaciones de spes phthisica, para entregarles a los gobernantes de cada país la letra fina de la nueva ley. Siguiendo lo que llaman “economía de las partes interesadas” (stake-holders) –una teoría ideada por el mismísimo padre del neoliberalismo, Milton Friedman–, en la cima de Europa logran los “acuerdos” de largo plazo que deberá cumplir cada una de las sociedades de la tierra. Son parte de conversaciones frenéticas, entre discursos, comida exigua y exótica, y sonrisas de ocasión. Un par de noches más tarde, la troupe se desliza valle abajo en SUV blindados. O simplemente se alejan en helicópteros. Después, como antiguos apóstoles, llevan el evangelio a cada rincón del planeta. En las pantallas de sus tablets refulgen las recetas renovadas que intentan conservar el becerro de oro, rogando que el tiempo no lo vuelva polvo.
En esas montañas es posible imaginar a un escritor y a un físico separados apenas por unos kilómetros de cumbres nevadas. Fue a principios de los años 20 del siglo pasado. Dos de las mentes más brillantes de Europa al borde de la spes phthisica. En Davos, Thomas Mann comenzaba a pergeñar La montaña mágica. En Arosa, Erwin Schrödinger intentaba curarse de tuberculosis, mientras sufría alucinaciones al punto de no poder explicar los razonamientos que lo llevarían a concebir las ecuaciones que sentarían definitivamente las bases de la física cuántica.
Thomas Mann plasmó en esas nieves casi eternas el cinismo y contradicciones de la alta sociedad europea. Ese Davos –hasta entonces asociado a pulmones indefensos y al romanticismo pálido de mujeres casi moribundas– le develó los arquetipos del etnocentrismo occidental, donde los alemanes como Hans Castorp encarnaban el progreso, los rusos la brutalidad y los italianos la voz, mientras todos se reflejaban en un pasado de ojos claros, eslavos, mitad de hombre, mitad de mujer.
Alucinaciones
Erwin Schrödinger trabajó durante la década del 20 en la idea de encontrar una explicación a la teoría de Louis-Victor de Broglie, que dice –a grandes rasgos– que en determinados momentos la luz es onda y, en otros, partícula. El científico austríaco pasó largas temporadas en el hotel del doctor Otto Herwig en Arosa. A ese lugar el propio Herwig había llegado caminando –unas décadas antes– desde Davos. Encontró en Arosa un lugar más adecuado para luchar contra la tuberculosis. En esos picos había más horas de sol. Ahí sobrevivió Herwig. Y levantó su sanatorio. Tras esas paredes se diseñaron los cimientos de la física cuántica.

Es que –en Arosa– los historiadores de la ciencia sitúan el hallazgo de la Ecuación de Schrödinger. Incluso suponen que el hombre dio con la solución matemática en medio de las alucinaciones que provoca la tuberculosis. Dos mil años antes, Areteo de Capadocia había descrito esos estados de conciencia alterados por la enfermedad respiratoria. Los llamó spes phthisica: “Lo más asombroso es que en un caso grave, aun cuando la sangre sale de sus pulmones, los pacientes no pierden la esperanza. Es simplemente maravilloso cómo la fuerza del cuerpo se mantiene, la fuerza de la mente incluso supera a la del cuerpo”. Sir Thomas Browne, autor de La religión de un médico, escribía: “La falacia común de las personas tuberculosas es que no sienten que están muriendo y, por lo tanto, aún tienen esperanza de vivir”.
Así, Schrödinger se asomó a los confines de la ciencia. Llegó a la clínica de Herwig afectado por el bacilo de Koch. Y volvió varias veces, incluso en el invierno de 1925. Fue ese año, en Navidad, cuando descubrió su famosa ecuación.
Euforia consumista
Hay quienes sospechan que Frederic Chopin compuso gran parte de su obra en medio de arrebatos de spes phthisica. Los investigadores ucranianos Maryna Berezutska y Volodymyr Berezutskyi publicaron en 2019, en el Ukrainian Neurological Journal, un estudio en el que afirman que, si bien el músico sufrió problemas respiratorios gran parte de su vida y sugieren que la causa de su muerte fue la tuberculosis, nada indica de forma determinante que los arrebatos de spes phthisica hayan influido en su inspiración. Extrañamente la traducen la afección como “euforia consumista”.

En La montaña mágica, Thomas Mann aborda a través de sus personajes profundas discusiones sobre el capitalismo y la religión. En uno de esos pasajes se enfrentan el empresario Ludovico Settembrini y el exseminarista Leo Naptha. Dice el italiano: “Han odiado el dinero y los negocios monetarios y han llamado a la riqueza capitalista aliento de llama infernal. El principio fundamental de la doctrina económica, a saber que el precio resulta del equilibrio entre la oferta y la demanda, ha sido despreciado por ellos de todo corazón, y han condenado los actos de los que sacan partido de las circunstancias como una explotación cínica de la miseria del prójimo. Ha habido una explotación aún más criminal a sus ojos: la del tiempo, ese delito que consiste en hacerse pagar una prima por el sencillo transcurso del tiempo; dicho de otra manera: el interés, y abusar así, para su propia ventaja y a costa del prójimo, de una institución divina, valedera para todos: el tiempo”.
La discusión acaso reverbere hoy en esos reciclados hoteles de lujo. Quizá de fondo se escuche un piano. Y a Chopin. El espacio de las milagrosas curas de tuberculosis y de eternas discusiones de élites occidentales se volvió, desde principios de los 70, un lugar cargado de pragmatismo economicista. Como si fuera la cima de un nuevo monte Sinaí, los Moisés globales suben a Davos enfundados en trajes y con la agenda completa. Sin tiempo para meditaciones o reflexiones profundas. Su tarea es salvar al becerro de oro. Evitar que se convierta en polvo. La voz de dios se traduce en más neoliberalismo. El futuro es un “capitalismo de partes interesadas” que los traductores de las inteligencias artificiales se empeñan en relacionar con la palabra casino.
Fue en Davos que, en medio de la pandemia de covid-19, el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial anunció el Reset 2030, proyecto global en donde el darwinismo económico mecanicista moderno daría paso –mediante la robótica, la inteligencia artificial y los algoritmos de las redes sociales– a una especie de darwinismo cibernético, quizá cercano a la informática cuántica. Las máquinas gobernarían la vida toda, aventuraron. Un par de años más tarde, el futuro llegó. Junto a alucinados jinetes que asumen papeles de rebeldes y ortodoxos de derecha alrededor del mundo, artificios imaginados por mentes brillantes en medio de arrebatos de spes phthisicas construyen en este presente de futuros distópicos. Sin salida. Donde parece imposible respirar. Y donde todo se parece a una última gran alucinación colectiva, que sucede un momento antes de una indolora muerte blanca pergeñada para las mayorías, definitivamente olvidadas por el sistema.
Entonces el gato de Schrödinger se confunde con el becerro de oro. Es que, para explicar sus descubrimientos matemáticos a nivel subatómico, Erwin ideó un experimento mental que, cuenta la historia, causó la admiración incluso del propio Albert Einstein. Sucede que hay en las matemáticas cuánticas un espacio y un tiempo donde, como si todo fuera parte de una spes phthisica, las realidades se superponen: en la caja cerrada del experimento, el gato está vivo y muerto, al mismo tiempo. O el becerro de oro es objeto de adoración y es polvo. Un tiempo donde no hay tablas. Ni ley. Apenas una spes phthisica permanente. Esa que dos ucranianos simplemente llamaron fiebre consumista. Ese momento irrefrenable que aparece en las novelas modernas, en la ciencia y en la música. Apenas un segundo antes del punto final.
