Como cada verano, la capital argentina se trasladaba a Mar del Plata. No importaban la violencia política cotidiana, la debilidad del Gobierno, la inflación creciente y el eterno fantasma de un golpe de Estado. Todas las calamidades que azotaban al país parecían importar menos en el período estival. “Todo Mar del Plata en TV Guía, comenzando con el plano de la ciudad y siguiendo con los paseos, guías para pescadores, cines, cafés-concert, teatros, hoteles, playas y ¡mucho, muchísimo más!”, anunciaba la revista líder en el rubro del espectáculo.
La información podía encontrarse en “la practi-guía de la Ciudad Feliz”, un “sensacional suplemento” que prometía despejar los interrogantes clásicos de los turistas: “¿Qué debe usted saber para jugar en el casino?”, “¿Qué comer y dónde?”, “¿Qué espectáculo quiere ver esta noche?”.
Isabel Perón había montado la Casa de Gobierno en la residencia presidencial de Chapadmalal y luego en la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina de Punta Mogotes, donde recibió a funcionarios y sindicalistas, bajo la atenta mirada de su sombra negra, José López Rega. Por esos días, El Brujo era ungido secretario privado de la Presidente (sic) de la Nación, un cargo que no hacía más que darle formalidad a su omnipresencia gubernamental.
Las relaciones con la CGT eran una de las preocupaciones fundamentales de Isabel. De a poco, crecían los cuestionamientos de la central sindical a la política económica desplegada por el ministro Alfredo Gómez Morales. La inflación de 1974 había trepado al 40,1 por ciento y se hacía sentir en el bolsillo de los argentinos, que empezaban a acostumbrarse a las subas de precios desorbitadas, el desabastecimiento de productos y la implementación del IVA. A fin de mes, volvieron a aumentar los combustibles y los servicios públicos. Las paritarias eran una esperanza en un futuro incierto.
Y para completar el panorama, un debate sobre el supuesto ausentismo laboral del 30 por ciento sumó un nuevo frente que involucró a varios ministros.
En un intento por acercar posiciones, Isabel se reunió con López Rega, el nuevo secretario de la CGT, Casildo Herreras, y el líder de las 62 Organizaciones, Lorenzo Miguel, en la base naval de Punta Mogotes.
Días antes, en un encuentro informal en un restaurante de la zona del puerto marplatense, la presidenta había almorzado con López Rega, Miguel y la hija y el yerno del ministro –Norma y Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados–, entre otros invitados. “Señores periodistas: desmientan cualquier otra versión, porque la única verdad es la realidad. Y ella es esta: ESTAMOS JUNTOS”, lanzaba Miguel y recogía Las Bases –con mayúsculas incluidas–, la revista dirigida por Norma López Rega de Lastiri.
1.200 pares de zapatos para los Reyes
Otra de las facciones del peronismo de derecha se enardecía: “Conozca cómo pasan felices sus vacaciones los políticos en este verano que nos agobia”. Obviamente, El Caudillo no se refería a los funcionarios ni a los dirigentes afines.

“Mar del Plata con todo: chicas, jaleos, ondas, incendios”, prometía Siete Días, que reflejaba la asistencia de Lastiri al show de Raúl Lavié en el Hotel Hermitage y los fines de semana en la Bristol del intendente porteño, general retirado José Embrioni. Además, ponía el foco en “el boom de los fracasos” de la temporada teatral. Y de regalo, un almanaque de 1975 con la vedete Thelma Tixou.
Gente arrancó el año con una fiesta en la Noche de Reyes con 1.200 invitados en el salón Versailles del Hermitage, entre quienes sobresalían “artistas, políticos, científicos, empresarios, periodistas, publicitarios, deportistas y modelos”. En una de sus ediciones de enero dedicó diez páginas a retratar el festejo con un sinnúmero de fotografías. En aquella velada colmada por la farándula, al ritmo de la Orquesta de Señoritas y del grupo de soul Santa Bárbara, la publicación de editorial Atlántida distinguió a los diputados Ferdinando Pedrini (presidente del bloque del Frejuli) y Antonio Troccoli (su par de la UCR) por su labor legislativa.
Una gran parte de los invitados llegó a la ciudad balnearia desde la estación Constitución en el tren Luciérnaga, convertido en un chárter fletado especialmente por el semanario. En aquella noche se mezclaron Susana Giménez y Carlos Monzón con Pata Villanueva y Héctor Cavallero; César Luis Menotti y Hugo Gatti con Antonio Gasalla, Juan José Camero y Soledad Silveyra; y Bernardo Neustadt, Osvaldo Papaleo y Borocotó Junior con Pinky, Marilina Ross y Jorge Martínez. Como parte del show, Lavié, Eduardo Bergara Leumann y Ringo Bonavena sorprendieron a los presentes con sus disfraces de Reyes Magos.
De Kissinger a Labruna
Mientras la inmensa mayoría de los argentinos disfrutaba de las vacaciones –la desocupación era solo del 2,4 por ciento–, el mar de la política seguía generando olas que se estrellaban contra los castillos de arena que armaba el oficialismo.
La intervención federal a Misiones, con el argumento de garantizar las elecciones provinciales del 13 de abril, formaba parte de ese escenario. El ministro del Interior, Alberto Rocamora, puso en funciones a Juan Carlos Taparelli, tras la muerte del gobernador y el vice, a fines de 1973, en un accidente de avión.
Por esos días, Rocamora fue noticia por sus definiciones: no se realizarían elecciones para vicepresidente de la Nación, pero sí para convencionales constituyentes, en el primer semestre de 1976, con el fin de reformar la Carta Magna.
Su colega en el gabinete, el canciller Alberto Vignes, anunció que el secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger, llegaría al país el 16 de febrero como parte de una gira por América latina. Sin embargo, luego se comunicó que el viaje quedaba postergado para abril.
La abrupta salida del interventor de la UBA, Alberto Ottalagano, y la llegada de Julio Lyonnet no apaciguaron el avance fascista ni resolvieron la situación de fondo: la política persecutoria diseñada desde el Gobierno en perjuicio de la educación superior. Un intento por calmar los ánimos fue el anuncio de que no habría ni examen de ingreso ni curso previo para entrar a las universidades públicas.
En el ámbito deportivo, la atención de la prensa estaba puesta en la llegada de Ángel Labruna a la dirección técnica de River Plate, con la misión de ganar un torneo oficial tras 18 años de frustraciones. Su debut hizo ilusionar a los simpatizantes: victoria por 6 a 0 frente a Vélez Sarsfield en el torneo de verano de Mar del Plata.
La AFA tembló con la huelga de los jugadores profesionales en reclamo de mejoras laborales. La medida duró solo unos pocos días y fue un anticipo del conflicto que estallaría en agosto en el final del Campeonato Metropolitano.
El furor por Carlos Alberto Reutemann, al mando de su Brabham BT44, continuó en la nueva temporada de F1 con los grandes premios de la Argentina y Brasil. En el Autódromo Municipal de la ciudad de Buenos Aires quedó tercero –Emerson Fittipaldi fue el ganador– y en Interlagos, octavo –Carlos Pace se subió a la cima del podio.
La filmación de La Raulito, protagonizada por Marilina Ross, y la nueva novela de Silvina Bullrich, Su Excelencia envió el informe, concentraron la atención en el mundo cultural. Y desde la pantalla de Canal 7 crecía el fenómeno de La pantera rosa.

La parábola de la profecía autocumplida
En “Los riesgos del 75”, la revista Redacción hizo un análisis político del año por venir y alertó sobre la invocación permanente a un golpe de Estado, rechazado por la inmensa mayoría de los sectores de la vida argentina –incluidas las Fuerzas Armadas–, al menos en sus declaraciones públicas, pero que rondaba en el imaginario colectivo.
“Si, por lo que se ve, nadie quiere el golpe, ¿a santo de qué se agita su fantasma?”, se preguntaba la nota editorial, y planteaba otro interrogante: “¿No supone, de algún modo, un tema excitante para ciertas osadías, el recordar al golpe de Estado como posibilidad fáctica, aunque denostable, de la vida política argentina?”. Y le reclamaba al Gobierno “definiciones claras” en beneficio de la “salud democrática” del país.
La respuesta a todos los interrogantes llegarían en marzo del año siguiente.
