Tenían menos de veinte años y una noche sus vidas cambiaron para siempre. Formaban parte de una generación nacida en la temprana democracia, pero que arrastraba las desilusiones y frustraciones de sus deudas con la sociedad. Buscaban y encontraban en la música, en el “rock barrial” de entonces, un leguaje accesible y honesto que interpretaba y traducía sus sentimientos y los expresaba en ceremonias convocantes como los conciertos masivos, donde todos podían sentirse partícipes del mismo ritual.
Veinte años después, que pueden ser nada o un montón, brindaron a Caras y Caretas, con sinceridad y generosidad, universos fragmentados de dolorosas vivencias y maduras reflexiones.
–¿Qué representaban Callejeros y Cromañón para ustedes?
Nicolás Pappolla: –Callejeros era una banda de rocanrol, de la cual me gustaban su música, sus letras y su rebeldía. Como la de tantas otras bandas de la época y de la escena contracultural en donde el rock también representaba al barrio, el desempleo, la injusticia, la solidaridad. Mientras la industria musical miraba para un lugar, en el otro extremo, había bandas que se paraban lejos de la industria, la Rolling Stone o La Mega, y cerca de la realidad social, desde donde cientos de pibes y pibas encontrábamos refugio y sentido de pertenencia en sus canciones.
Alesia Gervasi: –A Cromañón lo conocíamos de nombre, mis primos habían ido antes y nos habían contado que estaba bueno, que era un lugar grande. Muchas veces agradezco que no hayamos estado en otras oportunidades, porque también se prendió fuego, lo apagaron y siguieron.
Santiago Barea: –Ese año o a finales del año anterior, habíamos empezado a seguir a Callejeros. Fuimos a verlos varias veces, incluso en Cromañón. Obviamente, también habíamos estado en Cromañón viendo a otras bandas. La particularidad del show era que sabíamos que posiblemente sería el último en “un lugar chico”, veníamos de verlo en la cancha de Excursionistas y parecía que el crecimiento de la banda era exponencial.
–¿En qué ubicación estaban cuando se desencadenó el siniestro?
N. P.: –Estaba, junto a mi hermano, mis amigos y amigas del barrio, en el fondo, en la barra, tomándome una birra, esperando que empiece el recital. Disfrutando y siendo feliz, como creo que lo éramos todos. Entramos a Cromañón siendo felices y salimos siendo lo que pudimos, creo que algo nuestro quedó ahí esa noche.
S. B.: –Previo al inicio del recital estaba con mis amigos en el fondo, cerca la barra, tomando unas cervezas y el plan era quedarnos por ahí, pero cuando empezó el show me fui solo para adelante porque la canción me gustaba mucho. Llegué hasta bastante cerca del escenario, así que todo sucedió a mis espaldas. Hasta que la banda no dejó de tocar, no había visto nada.
A. G.: –Había muchísima gente, más que el día previo al que también asistimos y entramos temprano, así que dada la experiencia de que hacía mucho calor adentro, decidimos que el 30 íbamos a entrar justo para el horario del show. La entrada fue caótica, pasamos por la puerta de invitados con nuestras entradas, no nos cachearon, la puerta de acceso al público estaba bloqueada por el intento de ingreso de gente sin entrada, hacía mucho calor adentro y había mucha gente, or lo cual con mi hermana mayor, Mayra y mi amiga Johana, nos quedamos entre la escalera y la cabina del sonido. Yo quise ir a la barra a comprar y de paso ir al baño (que se encontraba en el primer piso), le avisé a mi hermana y ella me dijo No, no vas a volver más”. Su respuesta de hermana mayor me enojó un poco, pero ya sonaba la música y se encendieron bengalas.
–Se impone una pegunta ingrata e incómoda. ¿No había conciencia del riesgo de las bengalas en reductos cerrados, incluso para los propios portadores?
N. P.: –Era algo habitual en el rock, la utilización de bengalas y pirotecnia. Creo que fue una mala costumbre que se trasladó del fútbol al rock. Digo mala, porque después de Cromañón, mayoritariamente en el rock se tomó conciencia y se dejó de utilizar, por respeto, por memoria, algo que lamentablemente no sucedió ni en el fútbol ni en la política. Aún hoy sigue siendo recurrente la utilización de bengalas y pirotecnia tanto en las canchas, como en las movilizaciones, en las que se destaca como un hecho relevante, que se elige mostrar en un reel de Instagram, en una foto, etcétera. Evidentemente, no tenía conciencia entonces del riesgo, si no en cada recital en que se encendían bengalas, me hubiese ido del lugar.
S. B.: –Las bengalas era parte del espectáculo. Se ha teorizado mucho al respecto. Algunos hablan de la futbolización del rock. En ese momento, era entendido como parte de la fiesta, de esa cultura, ciertamente no había una conciencia respecto del riesgo, pero no exclusivamente de la bengala, sino del riesgo que implicaba salir a divertirse en la ciudad de Buenos Aires. Nosotros cantamos “ni la bengala ni el rock and roll, a nuestros pibes los mató la corrupción”.
TRAMPA MORTAL
La respuesta de “hermana mayor” que causó el enojo adolescente de Alesia también le salvó la vida, en ese instante decisivo que la tragedia se nos anticipa a la vista, pero no podemos identificar su origen.
“Sonaron los primeros acordes de la banda y para ese momento, habían ingresado más personas, no había espacio ni para mover los brazos, estábamos muy apretadas –precisa–. Quedé detenida en la escena que ocurría a pocos metros de nosotras: miraba cómo las chispas de una candela rebotaban sobre la media sombra que cubría el techo, hasta que en un momento la tomó el fuego, prendió rápidamente y sentí el calor en mi cara”.
–¿Cómo fue el desbande en esas circunstancias?
S. B.: –En mi caso particular había ido varias veces a Cromañón, así que en ningún momento me desorienté. Siempre supe para dónde tenía que ir. Lo que pasó es que cuando llegué hasta la salida, estaba cerrada. La misma puerta donde entramos estaba cerrada. Eso provocó el amontonamiento, la avalancha y las consecuencias propias de la sobreocupación, el humo, la oscuridad, etcétera.
N. P.: –Quedamos a oscuras, con todos los matafuegos vencidos, un solo cartel luminoso que indicaba la salida de emergencia, en donde la puerta estaba trabada con alambre y un candado, sin extractores de aire porque los habían sacado para poner canchas de fútbol en la terraza, con puertas que en los planos figuraban que abrían para afuera, pero abrían para adentro, con un taller textil clandestino que funcionaba en el predio, de lo que nos enteramos después, mientras el lugar “estaba custodiado” y “cuidado” por la policía para preservar la escena, por la calle lateral, entraban y salían quienes trabajaban en el taller. Parece joda, pero es real.
A. G.: –Todos íbamos a la misma dirección en ese momento caótico, que era la puerta por la que había sido el ingreso, no eran muchos metros pero se hacían eternos, éramos muchas personas empujando. De mi mano derecha la tenía tomada a mi hermana, ella tenía de su mano a Johana. Lo único que pensaba era en no perderlas entre una multitud desesperada e invocaba a mi nona para que no se me desataran los cordones de mis zapatillas, porque si me caía, también caían ellas, que estaban siendo guiadas por mí.
–¿Por qué creen que algunos encontraron la salida y otros tantos, no pudieron?
S. B.: –Entiendo que está vinculado a múltiples factores, que hubo gente que en lugar de encarar para la salida, buscó “un refugio” sin pensar que el humo sería tanto y tan tóxico. También hubo gente que encaró para la salida de emergencia que estaba cerrada con candado. Por eso, insisto que los factores fueron múltiples y francamente azarosos. Estaba todo mal, falto de condiciones para la realización de ese evento o de cualquier otro.
N. P.: –De nada vale saber cómo salió cada uno, porque la forma en la que salí yo, no será la misma que la que salió otro. Intentamos salir todos y nos ayudamos a salir entre todos, me quedo con esa reflexión que nos dimos la mano los unos a los otros, y cuando lográbamos salir, nos abrazábamos. Esa noche, el 40 por ciento de las personas que fallecieron perdieron la vida por volver a entrar para salvarle la vida a alguna otra.
