Analista buceador del universo futbolero y sus fenómenos culturales, el sociólogo, docente e investigador Pablo Alabarces ayuda a comprender los alcances de la futbolización en el rock y su público. Orígenes e impacto cultural de un ritual que trasciende plateas y tablones.
–¿Cuándo ocurre este salto de los rituales del fútbol hacia el rock?
–No te puedo decir una fecha. Hace muy poquito encontré un texto mío del año 96, donde hablo de cierta continuidad entre el fútbol y el rocanrol. Eso no quiere decir que fue la fecha de inicio, sino que hace como 30 años que algo por el estilo estaba pasando. Lo que yo digo en esos años es que la figura de Maradona es muy fuerte, que es el primer ídolo que atrae dos campos. Una figura que es a la vez rockera y futbolera, y el pri- mero sobre el cual empiezan a aparecer canciones de rock. En cuanto a que las conductas de los públicos se futbolizaran, no puedo decir cuándo es el momento, pero tiene que haber sido aproximadamente en los mismos años, como mucho a comienzos de los 90.
–Esa época coincide con la masividad de los Redondos y el surgimiento de bandas como Los Piojos, como si fueran causa o efecto de este fenómeno.
–No me animaría a decir causas o efectos, te diría que lo que aparece es cierta continuidad de públicos. Es decir, los públicos futboleros son rockeros y los públicos rockeros son también futboleros. Creo que por ahí pasa la cosa. Si antes había algún tipo de distancia o separación, a fines de los 80 y comienzos de los 90, ya no. Pasan a ser espacios comunes en el recital y en el estadio y muchas veces pasa a ser el recital en el estadio. Más allá de que Queen toca en Vélez en el 81, esta continuidad de públicos es clarísima ya desde comienzos de los 90.
–Algo que claramente se repite en los dos ámbitos es el famoso “aguante”. ¿Qué otras cuestiones se trasladan?
–Básicamente es eso y lo que eso conlleva como práctica. Hay una diferencia fundamental y es que en el mundo rockero lo que no existe es el combate. Como mucho con la cana, y tampoco es tan frecuente. Porque no hay un otro en el mundo rockero contra el cual vos medís tu aguante. No tenés más aguante si seguís a Callejeros que si seguís a Los Tipitos. Hay una cosa que aparece en el lenguaje rockero de esos años, sintetizado en la fórmula “Cerati se la come, el Indio se la da”. Ese eslogan es clásicamente aguantador. Es decir, hay un otro que tiene menos aguante y a ese otro lo sometés sexualmente. Y es una fórmula que aparece en los 90. Eso lo trabajaron muy bien dos discípulos míos, José Garriga y Daniel Salerno, en un texto de 2008 sobre la relación entre el aguante en el rock y en el fútbol, que lo pudimos ver con mayor claridad después de Cromañón. Había cosas que no habíamos visto con claridad hasta entonces. Pero después, ¿cómo medís el aguante? Lo medís en el pogo y en la fiesta. La imagen de que la parte de fiesta que pone el público consiste en esto, en el aguante, la transpiración, la resistencia y a eso le sumás la bengala como parte de lo mismo.
–Y el “te sigo a todas partes”, ¿también tiene que ver con esto?
–Sí, efectivamente.
–¿Esta ritualización tiene que ver con un ida y vuelta que no nace del público o el artista en particular, sino que se retroalimenta?
–Si retroalimentar quiere decir que circula como reconocimiento entre público y artistas, no me cabe ninguna duda. El público va y hace las cosas que hace para que el artista lo reconozca y lo diga en voz alta. Sin ninguna duda. Ahí es donde aparece el otro problema que tuvo todo el fenómeno de Cromañón, que es hasta qué punto Callejeros compartía la responsabilidad. Porque, ¿los tipos defendían el agite? Ellos estaban muy felices con el agite y el aguante, y eso lo compartían todos los músicos de rock. Hace poco alguien me comentó que el Indio Solari alguna vez dijo: “Cromañón era una granada que nos pasamos de mano en mano y le explotó en las manos a Callejeros”. No es mala esa idea. Todo ese rock compartía esa trama de prácticas.
–Hablando del Indio, ¿qué cambió entre Cromañón y Olavarría 2017, el recital súper masivo del Indio en que murieron dos personas?
–Eso es más un problema que una pregunta. Olavarría te demostraba cierta continuidad, por un lado, de las prácticas, pero también de la irresponsabilidad. Cromañón tiene la dimensión que le costó el puesto a Aníbal Ibarra. Que es la responsabilidad de esa gente a la cual le pagamos para que nos cuide y sin embargo nos descuidan de una manera horrorosa. Los públicos se cuidan a sí mismos mucho más de lo que los cuida el Estado. Y eso volvió a aparecer en Olavarría. Pero los públicos tienen límites. A veces sale bien y a veces sale mal. Cuando cinco millones de personas festejaron en la calle el Mundial del 22 salió bien. Podría haber salido espantosamente mal. Ahora bien, si depende de las instituciones estatales,
invariablemente va a salir mal. Porque no saben, no les interesa. Esta idea de que la organización tiene que ser de cuidado, no se les pasa por la cabeza. Para ellos la organización de un espectáculo de masas es represiva. Estamos ahí para pegarle al que se manda un moco. En Olavarría pasó eso: no podés organizar un concierto al que va a asistir más gente que la que vive en la ciudad. No da la infraestructura. Es humanamente imposible o se hace a cambio de afrontar ciertas consecuencias, que en Olavarría fue muy poco en relación con lo que podría haber sido. Justamente esta hipótesis de la multitud cuidándose a sí misma es lo que evita que se transforme en una masacre, porque las condiciones están todas dadas.
–¿Cuánto debe el fenómeno de la futbolización a la famosa “argentinidad”, que se traduce en “el pogo más grande del mundo”, “las minas más lindas…”, que canta La Bersuit, etcétera?
–Eso es parte del repertorio del aguante. El aguante es una dimensión básicamente comparativa. “Soy más que”. Entonces, la misa más grande del mundo está en la misma línea que el pogo más grande del mundo, la mejor hinchada del mundo, la de más aguante…
–“El mejor público del mundo”…
–“El mejor público del mundo” te diría que es la matriz que organiza todo lo demás. Es algo que a mí me produce mucha gracia, porque la frase normalmente la produce un público que no ha visto a otros públicos en acción. Pero es como un mandato moral que te organiza la práctica, es decir, como somos el mejor público del mundo, tenemos que demostrar que somos el mejor público del mundo. Es la excusa y el organizador de un público que debe siempre comportarse en función de cumplir ese mandato.
