No era sencillo tomar decisiones respecto de qué y cómo contar la historia de la masacre de Cromañón, un dolor colectivo que aún hoy parece negado. La serie busca además contarlo no solo a quienes lo vivimos, sino también a quienes son tan pibes como los pibes víctimas. “Tengo un hijo de diecinueve años y es la primera vez que se muestra interesado por algo en lo que yo haya trabajado”, contó Licitra a Caras y Caretas.
–¿Tenías una relación previa con el universo complejo de relaciones, estéticas, culturas y negocios que hacen parte de la masacre de Cromañón?
–Cuando ocurrió la tragedia de Cromañón yo tenía 29 años y no curtía tanto el universo del rock barrial. En la adolescencia y los veinticortos, en cambio, sí tuve mis itinerarios, como cualquier piba de la época. Boliches, música, lugares no muy bien ventilados, sofocones, birra, porro. Pero no registraba mucho el contexto en el que nos movíamos. Si era un negocio y si había peligro, no me detenía en eso. Mi recuerdo de esos años es de mucha libertad y felicidad.
–¿Qué te disparó en un primer momento la idea de escribir sobre Cromañón?
–Desde el primer minuto me entusiasmó y me inquietó a la vez, y todo fue por la misma razón: Cromañón es una herida abierta, un debate que no llegó a acomodarse con el paso del tiempo. Hay gente a favor de Callejeros, gente en contra, gente que todavía está en juicios civiles, gente muy dolorida que llora a sus muertos. Teníamos que movernos en un terreno que no había solidificado a pesar de que pasaron veinte años. E íbamos a tener que hacerlo con un lenguaje local que a su vez atravesara fronteras, ya que la industria audiovisual concibe sus proyectos con una trazadura internacional. Por eso teníamos que concentrarnos en escribir sin perder la intimidad y la tensión dramática de la historia, sin perder la empatía y el respeto por el tema.
–¿Cómo trabajaron las líneas múltiples con que reconstruyen ese universo, y cuáles fueron los ejes que prefirieron priorizar ante tantos abordajes posibles?
–Nos centramos en contar qué se perdió con Cromañón. Qué tipo de mundo había y dejó de haber. Cuando tenés 19, 20, 21 años, y sos de clase media, te hacés preguntas sobre el amor, la pertenencia, la posibilidad de vivir de lo que te gusta. Nos pareció importante construir a ese grupo de amigos, además, porque necesitábamos que aun después doliera la pérdida y que la secuencia del incendio no fuera solo contar “miren qué horror lo que pasó”. Para que se entendiera qué perdieron, había que entender antes quiénes. En lo que hace al abordaje de las responsabilidades, quisimos mostrar el caldo de cultivo de ese incendio. Mostrar hasta dónde la burocracia y los negocios privados y estatales hicieron su parte. Hay una toma de posición respecto de las responsabilidades políticas y empresariales, y en lo que hace a Callejeros, dado que hay dos posturas que nos resultaban atendibles, trasladamos esto a la discusión que mantienen los propios sobrevivientes en la serie. Además lo trabajamos desde un prisma que no dejara afuera a los chicos que hoy tienen la edad y las vidas de nuestros protagonistas. Queríamos hablarles también a ellos.
–El capítulo que relata la noche del 30 de diciembre sorprende por su potencia.
–La del incendio fue una secuencia bastante compleja de escribir porque transcurre dentro y fuera de Cromañón, dos espacios en los que ocurren muchas cosas a la vez. Con Martín Vatenberg, mi compañero de escritura junto a Pablo Plotkin, primero definimos cuál era la línea de cada personaje, por dónde pasaban –espacial y dramáticamente– hasta llegar a destino: con quiénes se cruzaban y cómo sostenían eso “eran” más allá de la tragedia. Fue pensado como una carta de navegación para que Marialy Rivas, la directora, tomara cada itinerario y lo cargara de su mirada y su impronta, su mirada, para mí extraordinaria, de construir dramatismo casi sin palabras.
–El primer capítulo reconstruye cierta cultura de las juventudes del conurbano, no solo del universo particular de “las tribus” del rock barrial, sino también ese espacio en el cual se encuentran jerarquías sociales, arquitecturas, identidades, deseos. ¿Cuánto tuvo que ver en esto tu trabajo como cronista, especialmente lo reflejado en tu libro Los otros?
–No termino de identificar para qué sirvió mi trabajo previo en este caso. Tal vez me haya ayudado a entender que el conurbano no es una “terra incognita” que se puede visitar con curiosidad o morbo académico. El conurbano somos nosotros, tiene mucho de nuestra identidad nacional, del país al sur del mundo que somos. Quizás conocer bastante el territorio que aparece como contexto en la serie me ayudó a no sentir la obligación de sobregirar la historia con un hiperrealismo antropológico que dijera, a su manera, “así es la vida dura del conurbano”. En el conurbano hay de todo. También pibes y pibas que sufren por amor, se cagan de risa, piden birra de fiado a los amigos y componen letras de música para bandas de rock que son chiquitas y sueñan en grande. En ellos nos centramos.
–Dijiste que la herida de Cromañón sigue siendo “un debate que no llegó a acomodarse con el paso del tiempo”. Después de 20 años no hay una construcción colectiva de memoria, algo que hubiera requerido que no escondamos ni silenciemos a esos pibes, a quienes ustedes les dan la palabra, sin hacer juicios morales o penales. ¿Cómo creés que la serie va a ser tomada por quienes aún siguen dolientes y con cicatrices?
–Como la herida sigue abierta, me parece lógico que haya más de una mirada en torno a la serie porque sigue habiendo más de una mirada en torno a la tragedia. Sé que entre las miradas que puede haber, está –me consta– la de sobrevivientes que sienten que la serie, como vos decís, les da la palabra y no los juzga. Me alivia que esa posición exista, más allá de que pueda haber otras también.
–¿Qué te pasó después de entrar en esta historia muchos años después?
–Entré a fondo con un tema, y lo que vino con esa inmersión es una sensación de tragedia anunciada. Esta idea de que “Cromañón fue una bomba de tiempo que los músicos nos fuimos pasando de mano en mano”, una frase del Indio Solari, me rondó durante la escritura. Estaba todo dado para que la tragedia ocurriera. Y ocurrió. Ese desastre que dio tantas alarmas, ya había habido un comienzo de incendio días antes, es bastante desmoralizante, porque mostró una dinámica que puede aplicarse a cualquier otra tragedia argentina y que lleva a pensar que el poder, sobre todo el político, siempre se recicla, siempre sale a flote. Lo único que queda bajo tierra son los muertos.
