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Caras y Caretas

           

Borges y los libertarios

El ahorcamiento de cinco jugadores en Vicksburg, Mississippi en 1835 fue en respuesta a la creciente actividad reguladora contra criminales en la región tras el arresto de Murrell.

La libertad, o la historia como pesadilla, es el objeto de este texto, basado en “El atroz redentor Lazarus Morell”, de Borges.

No eran rosacruces ni templarios, aunque creían en un dios: el dinero. No eran viejos anarquistas ni auténticos libertarios; quizá por eso comerciaban con la libertad y con los caballos, que por entonces eran la misma cosa. Y de no ser porque cada momento de la historia requiere un Caín, es posible que la Navidad de 1835 hubiese tenido otro lugar en la memoria de los pueblos de América, o al menos en esos pueblos pobres que brotaban sobre las venas del Misisipi. 

Cierto es que un tal Jorge Luis Borges ha dejado escondidos en sus relatos un nombre o  dos, mal escritos. Y que esa escritura les da a esos hombres pequeños de otro siglo la posibilidad de que cierta inmortalidad se expanda con cada lectura. Así, delincuentes que transitaron sus vidas sin más horizonte que un río lento como un lagarto tienden a convertirse, dos siglos después, en exégetas de la libertad. O recobrar brillos muy a pesar de sus insignificancias.  

Eso pudo sucederle a John Andrews Murrell. Y a sus mil cien apóstoles, por ejemplo. Pero también a Virgil Stewart, el primero en contar la historia. Todos, poor whites (blancos pobres). 

“A principios de 1834 unos setenta negros habían sido ’emancipados’ ya por Morell y otros se disponían a seguir a esos precursores dichosos. La zona de operaciones era mayor y era necesario admitir nuevos afiliados. Entre los que prestaron el juramento había un muchacho, Virgil Stewart, de Arkansas, que se destacó muy pronto por su crueldad. Este muchacho era sobrino de un caballero que había perdido muchos esclavos”, escribe Borges en “El atroz redentor Lazarus Morel”. ¿Acaso importa que Virgil Stewart fuera de Georgia y no de Arkansas? ¿Sería un dato importante para el relato saber si su traición obedeció a un impulso o a un plan maestro? 

La historia de Virgil A. Stewart y su aventura de capturar y exponer al Pirata de las Tierras Occidentales fue compilada por un tal H. R. Howard y publicada por primera vez en Nueva York en 1836. Con el tiempo, el título del libro cambió por La vida y aventuras de John A. Murrell, el gran pirata de las tierras occidentales. Como en la Biblia, el nombre del traicionado se impuso al del traidor.  

En nombre de la libertad

“Los daguerrotipos de Morell que suelen publicar las revistas americanas no son auténticos. Esa carencia de genuinas efigies de hombre tan memorable y famoso no debe ser casual. Es verosímil suponer que Morell se negó a la placa bruñida; esencialmente para no dejar inútiles rastros, de paso para alimentar su misterio”, reflexiona cínicamente Borges. 

Mark Twain, aquel narrador de Las aventuras de Tom Sawyer, simplemente lo nombra como Murrell: “Cuando viajaba, su disfraz habitual era el de un predicador itinerante; y se dice que sus discursos eran muy ‘conmovedores’, pues interesaban tanto a los oyentes que se olvidaban de cuidar sus caballos, que eran llevados por sus cómplices mientras él predicaba. Pero el robo de caballos en un estado y su venta en otro no era más que una pequeña parte de su negocio; lo más lucrativo era persuadir a los esclavos para que huyeran de sus amos, para poder venderlos en otro lugar”.  

Caballos y libertad. La misma cosa. Y un millar de hombres confabulados. Los planes se hicieron gigantes. Entonces Howard le da voz a Stewart, quien relata lo oído entre los hombres de Murrell: “El gran objetivo que tenemos en mente es provocar una rebelión entre los negros en todos los estados esclavistas. Nuestro plan es lograr que comience en todas partes a la misma hora. Hemos fijado el 25 de diciembre de 1835 como hora para comenzar nuestras operaciones. Nos proponemos tener nuestras compañías estacionadas en todo el país, en las proximidades de los bancos y las grandes ciudades, de modo que, cuando los negros comiencen su matanza, tengamos destacamentos para incendiar las ciudades y robar los bancos mientras todo sea confusión y consternación. La rebelión tendrá lugar en todas partes al mismo tiempo, y cada parte del país se dedicará a su propia defensa; y una parte del país no podrá brindar alivio a otra, hasta que muchos lugares sean completamente invadidos por los negros y nuestros bolsillos se repongan con los bancos y los escritorios de las casas de comerciantes ricos”.  

Cuenta la leyenda que, una vez desbaratada la “hermandad libertaria” de Murrell, fueron tantos los “buenos hombres” implicados en las actividades ilícitas que la justicia simplemente se centró en el “predicador”, al que condenó a unos cuantos años en la cárcel. 

“Yo lo vi a Lazarus Morell en el púlpito –anota el dueño de una casa de juego en Baton Rouge, Luisiana–, y escuché sus palabras edificantes y vi las lágrimas acudir a sus ojos. Yo sabía que era un adúltero, un ladrón de negros y un asesino en la faz del Señor, pero también mis ojos lloraron”, escribe Borges, al mismo tiempo que llama cruel a Stewart, sin ofrecer otras razones. 

Acaso en esa Historia universal de la infamia, que no es otra cosa que la historia universal de la ambición de los últimos dos o tres siglos, Borges elige llamar redentor a Morell no tanto por sus saqueos libertarios ni por sus planificados robos de caballos, sino por eso de redimir a tantos creyentes del sueño americano de la culpa de haber robado y matado en nombre de la libertad. 

La historia, contada por Stewart, suele detenerse en la primera vez en que traidor y traicionado se vieron. Fue a orillas del río Hatchie. Hatchie, quiere decir río en la lengua de los Choctaw. ¿Redundancias o espejos? Reflexiona Borges: a veces las historias se repiten, “por su fatal manejo de la esperanza y por el desarrollo gradual, semejante a la atroz evolución de una pesadilla”. 

Escrito por
Roy Rodríguez Nazer
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