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Caras y Caretas

           

Las primeras en desear

Ilustración: Víctor Augusto Peña

El deseo, el amor y el legado intergeneracional son los motores que históricamente movieron a las mujeres y a los feminismos a emprender luchas que hoy, en el presente contexto reaccionario, es preciso mantener vivas.

Si pensamos en los feminismos en un sentido amplio, podemos identificar a grandes rasgos dos tendencias. Por un lado, están las mujeres que militaron denodadamente por los derechos del género, mediante reflexiones y luchas políticas, sociales y filosóficas que cuestionaron la hipocresía de los hombres en la modernidad: todos aquellos valores y principios a los que aludían –empezando por la igualdad, la fraternidad y la libertad de la Revolución Francesa– eran incumplidos por estos mismos hombres en relación a la mujer. Pero también existió otra tendencia: la de aquellas mujeres que, sin autopercibirse como feministas, siguieron la misma lucha que las otras y lograron abrirles paso a millones de mujeres en el futuro. De eso se trata Las primeras, el libro que publiqué el año pasado en la editorial Planeta.

¿Cuál es la fibra que hilvana la historia de las veinticinco mujeres argentinas del libro? Podría decir que el propio título muestra la pauta de mujeres pioneras: la primera presidenta, la primera mujer en votar, la primera cantante popular proveniente de pueblos originarios, la primera gran goleadora de la Selección Argentina femenina, la primera en llegar a la cima del Aconcagua o en cruzar el Río de la Plata en avión. Pero es otra cosa, en rigor, lo que las aúna: el deseo. La voluntad irrefrenable de realizar una aspiración, más allá de que la época lo marcaba como un imposible.

Así como, al decir de Evita, “donde hay una necesidad nace un derecho”, donde hay un deseo hay una lucha. Y esa es la otra característica de este grupo de mujeres: sus biografías se resumen en la lucha por realizar el deseo que las tomó desde la infancia. ¿Qué deseos son los que traccionan el libro? Los hay de distinto tipo y magnitud: algunos más altisonantes, otros silenciosos. Para mencionar dos ejemplos, voy a traer a dos mujeres que fueron contemporáneas, pero muy distintas.

Es conmovedora la potencia avasallante de Victoria Ocampo, doblemente sometida por ser mujer y de alta alcurnia, que se abrió paso en un mundo hostil con pequeñas (y no tan pequeñas) rebeliones: fumar en público, manejar sola en las avenidas porteñas, escaparse a lo de su amante, oficiar de promotora cultural del país, fundar la revista más prestigiosa de literatura y, finalmente, ser la primera mujer incorporada a la Academia Argentina de Letras. Ella sí fue denodadamente feminista, luchó por el voto femenino, pero cuando este derecho fundamental se conquistó, lo asoció a lo que creía una postura demagógica del peronismo.

Del otro lado del arco político está Estela Martínez de Perón. El origen de Isabel es humilde y en la primera etapa de su vida su deseo estaba puesto en el arte. Pero una carrera sinuosa como bailarina la llevó a Centroamérica, en donde conoció a un exiliado Perón y su vida dio un vuelco. Desde entonces se puso al servicio del movimiento peronista; lo hizo de manera discreta, en las sombras de su presente y también de la historia. Tuvo la valentía de volver a la Argentina para evaluar la situación de la disputa al interior del peronismo, por ejemplo el intento de Augusto Timoteo Vandor de crear un “peronismo sin Perón”. Su lealtad y amor a Perón la llevaron a ser la primera vicepresidenta; la trágica muerte del líder la llevó a ser la primera presidenta.

En estas dos historias hay otro de los elementos centrales del libro, vinculado al deseo y a la lucha: el amor. Victoria Ocampo peleó por un amor libre, tuvo amantes y cautivó hombres en distintos rincones del planeta. Isabel encontró en su pareja, al igual que Evita, la razón de su vida. Y si de amor se trata, no puedo no destacar las vidas de Norma y Cachita, las primeras mujeres en casarse. Son de esas historias que parecen de otro siglo, pero lamentablemente son muy cercanas. Recién en 2010 el Estado reconoció formalmente su amor y su lucha se transformó en la de millones de personas que debieron amarse en el anonimato durante el pasado y otras tantas a las que se les abrieron las puertas en el futuro.

DESEO Y AMOR, MOTORES DE LUCHA

Hay muchas otras historias de deseo y amor discretos, en algunos casos volcados a una profesión. Es gracioso hoy pensar que hace no tanto tiempo no existían –ni habían existido– mujeres ingenieras o médicas, pero las historias de Elisa Beatriz Bachofen –primera ingeniera– y de Cecilia Grierson –primera médica del país y primera mujer en recibir un título universitario en Sudamérica– son prueba de que estas también fueron luchas arduas, que requirieron de mujeres valientes que les abrieron paso a millones de otras mujeres en el futuro.

Otras historias fueron movidas por impulsos todavía más discretos: jugar a la pelota, como lo hace cualquier varón, y llegar a ponerse la camiseta de la Selección Argentina. Elba Selva no solo lo logró, sino que les hizo cuatro goles a las inglesas en el Estadio Azteca, quince años antes de que Diego Maradona hiciera historia en esa misma cancha contra el mismo rival. Nelly Noller llegó a la cima más alta de América sin saber que era la primera mujer en hacerlo, simplemente por soñar con llegar a lo más alto. Similar es la historia de Carola Lorenzini, que tenía el antiguo deseo de volar y lo hizo hasta las últimas consecuencias, porque murió en un accidente de aviación.

Existen muchos feminismos porque existen infinitos deseos, luchas y amores. Y porque existe también una fuerza que lleva a las mujeres a romper todas las barreras que la sociedad y el patriarcado les pone enfrente, a juntar fuerzas y creatividad y disciplina y también inteligencia para hacer lo que para ellas es imposible, mientras que para los hombres es costumbre. Esa energía irredenta es el corazón de los feminismos, sea consciente o inconsciente, sea llevado en banderas o en lo más íntimo de una personalidad aislada.

El presente nos muestra una de las caras más brutales de la derecha y el machismo. Pero aun en este contexto tan desfavorable, hay una generación de mujeres que heredó las luchas de sus antecesoras y no está dispuesta a dejarse avasallar por el avance reaccionario. Y ese es el último elemento que me gusta destacar del libro: el legado. La transmisión de generación en generación de las luchas históricas de las mujeres. Ese deseo y ese amor es lo que puede hacer que no nos dejemos doblegar, que no nos dejemos derrotar, como no se dejaron derrotar las mujeres de estas historias. Poner al deseo y al amor en el norte de nuestra brújula es la única forma de construir una nueva victoria.

Escrito por
Gisela Marziotta
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