Graduado en historia por la UBA, autor de diversos libros como La izquierda en la Argentina, Discutir Halperin o Pensar la Argentina –estos últimos ambos en colaboración con Roy Hora–, Javier Trímboli se define también como alguien que “acumula miles de horas de clase frente a alumnos de casi todas las edades”. Sus saberes pedagógicos e históricos pueden tal vez ayudar a comprender estos extraños tiempos, no tan sorprendentes para Trímboli en las últimas elecciones, pues, según señala a Caras y Caretas, “como historiador podía esperar ese desenlace, porque en momentos de altísima crisis y reacción, hubo en la Argentina una canalización hacia la idea de la libertad, incluso en sus extremos. Ese reaccionarismo liberal y al mismo tiempo conservador se puede ver en el golpe de la Revolución Libertadora de 1955, e incluso en 1956, cuando se celebran los fusilamientos, como también en la última dictadura de 1976, que más allá de sus similitudes con el fascismo, en términos discursivos y económicos tomó muchos conceptos del liberalismo”.
–Hace referencia a gobiernos de facto, pero los partidos democráticos liberales parecían haber sido siempre marginales.
–Bueno, habría que pensar mejor qué fue el menemismo, que tuvo en la libertad parte de su discurso en el contexto de la crisis de los socialismos reales, más allá de que es cierto que ni esta experiencia ni la macrista se promocionaron como liberales, pero ya existía esta tendencia que anticipa al actual gobierno.
–¿Cuáles cree que fueron las razones y sentimientos que predominaron en el triunfo de Javier Milei?
–Creo que el agotamiento, no sabemos si momentáneo o definitivo, de la experiencia del peronismo kirchnerista, que tenía elementos clásicos del peronismo como la justicia social, así como discursivos y prácticos del progresismo para dar condiciones de derechos e igualdad en los ciudadanos, todo lo cual en los últimos años pareció agotarse en términos políticos, económicos, e ideológicos, llegando a una bancarrota que llevó a millones de argentinos de todas las clases a un nivel de angustia muy profunda, que derivó en este espacio desprovisto de política y palabras, más allá de sus fuerzas instintivas y primordiales ligadas al odio y la reacción.
–Al observar el discurso de ciertos votantes de Milei, el peronismo ya no solo parecer ser el hecho maldito del país burgués, sino también el hecho maldito del país proletario. ¿Coincide?
–Esa fórmula de John William Cooke es genial, y me parece muy interesante esa vuelta, porque parecería que en términos generales continúa siendo el hecho maldito de este nuevo capitalismo, que parece encontrar en el peronismo el freno a su crecimiento. Incluso del actual peronismo, tan diferente al original, pero que igualmente se resiste a ser ingerido por el neoliberalismo. Y este trabajador precarizado que depende del actual modelo económico es muy diferente al sujeto trabajador del peronismo, que era el de una país industrial y sindicalizado. Si bien el kirchnerismo interrumpe parcialmente el cambio operado a partir de 1976, al promover el crecimiento industrial y sindical junto a los movimientos sociales cooperativos para desocupados, evidentemente el mapa laboral es hoy muy distinto, y el mileísmo supo conectar con esta nueva cultura plebeya del trabajador precarizado e individual.
–¿En qué focaliza el fracaso de la última experiencia peronista? ¿Fue la pandemia, la mala praxis gubernamental, el auge internacional de las ultraderechas?
–La pandemia fue decisiva, algo que vinculo con un capitalismo salvaje que deteriora condiciones de vida y naturales, y que en ese caso convivió con comunicaciones mediadas por plataformas y condiciones de aislamiento. Eso dañó emblemas del progresismo como el aula y la educación, en un contexto de una gestión gubernamental que se vio limitada a mejorar las condiciones de vida de las mayorías populares. Pero tampoco creo que haya sido solo la determinación de la pandemia, porque las políticas económicas y sociales del gobierno no parecieron tener como sentido reparar el daño producido durante el macrismo, algo que no sé si era posible luego de esos cuatro años neoliberales, pero ni siquiera se pudo ver un horizonte definido, como tampoco algo tan básico del peronismo como lo es, a diferencia del progresismo, el goce del ejercicio del poder.
–En algún momento señaló que Alberto Fernández “no entendió nada”. ¿Pero pudo haber entendido que, como señala Raanan Rein, la principal fuerza política argentina es el antiperonismo, y haya buscado gobernar para ese sector?
–Vuelvo a Cooke cuando decía que el peronismo era el gigante miope e invertebrado, pero es cierto que hoy el peronismo ya no es la principal fuerza. Igualmente, no menos real es que el kirchnerismo y el progresismo lograron horadar parte de ese antiperonismo y sumarlo a través de causas progresistas, sin necesidad de ir contra ciertos fundamentos justicialistas. En el caso de Alberto Fernández, no veo que haya buscado ir contra ese peronismo, creo más bien que buscaba ser un Raúl Alfonsín y evitar el conflicto, pero pienso que a su modo él se vio peronista.
–¿Por qué entonces fue repudiado por casi todo el peronismo?
–Peronismo es también saber gobernar y llevar a buen destino las ideas. Tulio Halperin Donghi habla de una tradición mitrista, con la legitimidad vinculada a lo cívico y republicano, y otra roquista, vinculada al saber gobernar. El peronismo parte desde otro lugar, el Estado de Bienestar, pero se liga en esto del conocimiento del gobierno, el saber cabalgar el caballo de la historia, una fórmula que también había estado en Rosas, o también con Menem. Creo que el fracaso más grande y repudio a Fernández es que no supo ser un líder, más allá de su mayor o menor peronismo ideológico. Porque incluso Alfonsín asumió el enfrentamiento inicialmente, más allá de que a los cuatro años haya cedido, pero las idas y vueltas de Fernández, su permanente indecisión, la evitación del enfrentamiento real, lo dejaron muy lejos de la tradición peronista.
–¿Imagina un nuevo regreso exitoso del peronismo?
–Imagino un regreso, por supuesto, ya que el peronismo ha tenido una capacidad de reformulación notable, pero de la conversación misma se desprende que hoy no se cómo podría ser, aunque sí que necesita imperiosamente esa reformulación, que a mí me sería grata si vuelve a proponerse las históricas banderas de una argentina justa, libre y soberana, haciéndose cargo de las nuevas demandas de la sociedad, incluyendo la necesidad de disminuir la fragmentación. Suena mucho, pero es lo que me gustaría.
–Así como en su momento existió un IAPI, un Pacto Social o una estatización de los fondos jubilatorios, entre otras medidas, ¿qué acciones y herramientas imagina que podría tomar y con qué sentido?
–Yo provengo de la izquierda, y la experiencia de los 90 era que entre nosotros y el Estado nos dábamos la espalda, creyendo que sería la propia sociedad civil la que modificaría esa situación. Por eso nos entusiasmamos cuando el kirchnerismo recogió eso, corriendo un horizonte como pocas veces había pasado. Hoy, en este capitalismo que colonizó nuestros sueños, es aún más complicado encontrar espacios políticos emancipatorios e igualatorios, lo que me lleva a pensar, en estos momentos, en un repliegue que no es un abandono, sino un tiempo para pensar todo ello.
–Mientras tanto, está cada vez más expuesta la interna entre Cristina Fernández y Kicillof…
–Me llama poderosísimamente la atención, Cristina siempre ha hecho énfasis en el sentido de las políticas, en aquello que se esconde detrás de cada acción que se emprende, pero cuando uno ve este grado de internismo no encuentra el sentido, por lo que ves politiquería, en términos de los 90 lo que era la antipolítica, o como diría Milei, regodeos de la misma casta, todo lo cual es lamentable. Pero puedo pensar también que ya en 1910 Joaquín V. González hablaba de la ley del odio como fórmula de la política argentina, y uno se pregunta si este será un nuevo capítulo, lo que sería tremendo en este peronismo adelgazado.

El conflicto universitario
Para justificar el recorte presupuestario a las universidades nacionales, el gobierno planteó falta de transparencia en las casas de estudios, bajas tasas de graduación, extensiones excesivas de las carreras y planes de estudio desactualizados. Como integrante desde hace décadas de la comunidad universitaria, Trímboli plantea que esos argumentos “esconden que el brutal ataque que quieren hacer a la universidad pública, porque para ir a uno de los argumentos, que es que la universidad financia estudios de clase media y alta, podría decir que esa era una discusión válida veinte años atrás, pero no con la creación de las universidades del conurbano, impulsadas fundamentalmente por el kirchnerismo”. Añade, además, que sobre la transparencia no puede opinar, ya que nunca estuvo en el gobierno, aunque no nota que haya desvíos, mientras que en relación con la tasa de graduación, acepta que es discutible, pero rescata que los trabajadores puedan pasar por la universidad, más allá de que no logren finalizarla.
