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Caras y Caretas

           

Arrabalera, tierna y compadrita

Un grupo de actrices saluda a Eva Perón por su cumpleaños, en mayo de 1951. Entre ellas, Tita Merello, Iris Marga, Lola Membrives y Sabina Olmos.

Su infancia transcurrió en la pobreza y para combatir el hambre se presentó de caradura en un teatro y así comenzó su carrera como vedette, cantante y actriz. Tita Merello fue una mujer independiente y corajuda. Una artista popular que dejó huella en la cultura argentina.

La escena es contundente: Tita Merello despluma bruscamente un pollo con una mano y con la otra sostiene el cadáver sobre su falda. Esa primera aparición de su personaje (Paulina) en Mercado de Abasto, de 1955, es representativa de un estilo que se repetirá en muchas de las películas que protagonizó: por un lado, la rudeza y el tono cáustico; por el otro, la honestidad surgida de un corazón tierno en permanente estado de alerta. Ese contrapunto característico de tantos de sus personajes no es casual, sino la composición surgida de rasgos propios y genuinos. Porque de su vida real, signada por una narrativa trágica, supo Merello limar una paleta de matices que van desde la fragilidad hasta la confrontación. Así también en Filomena Marturano (1950), en Arrabalera (1950) o en Los isleros (1951) o en Guacho (1954), por nombrar algunos de los films más representativos de los más de treinta que filmó a lo largo de sus 98 años.

Todas mujeres dolientes pero poderosamente enteras. Heridas pero batalladoras. Solas, pero queribles. Y a pesar del planteo maniqueo y descaradamente patriarcal de los argumentos de la época, no deja de deslumbrar su estilo imperativo y versátil. Aún despierta admiración tanto talento emergido de una infancia macerada por la violencia que actuaba por lo bajo y en silencio.

POR LA CASA Y LA COMIDA

Lo contó innumerables veces, en programas, en entrevistas, en sus memorias, como si su historia, hábilmente guionada por ella misma, fuera un tango. Y sí, lo era. Porque el tango es hijo de los arrabales, de la sordidez de los conventillos, de la soledad de los inmigrantes, del hambre, el sometimiento y el maltrato. Y ella, la Merello, se hizo así. “Nací en la calle Defensa 715, a las seis de la tarde un 11 de octubre de 1904.” Su nombre real: Laura Ana. Ana, como su madre. Acaso por ese empalme y para evitar confusión empezó a llamar Tita a su hija, a la que tuvo que criar sola, porque su marido murió de tuberculosis en el hospital cuando la niña apenas tenía meses. Entonces no hubo escuela. Ni tizas. Ni pizarrón. Ni mimos. Ni juegos. La vida ruda de la pobreza se le clavó en los huesos, pero en vez de apagarla la engalanó. A los diez años, Tita ya trabajaba en una chacra en el partido de Magdalena. Se levantaba a la madrugada para ordeñar vacas y limpiar chiqueros. Allí eran todos peones varones, jóvenes varones a los que ella les preparaba el desayuno. Solo por la casa y la comida.

Después siguió la calle. “Hay épocas que es mejor no recordar. Yo me quiero borrar el pasado. Siempre rodé. A mí me dejó marca da el hambre y el caminar y el estar a los 15 años en un banco de la Plaza Lavalle. Me quiero borrar ese pasado.”

Contaba ella que llegó a ser actriz y cantante por azar. Nadie le enseñó, nadie le dio un puntapié para incorporar y ejercitar alguna técnica. Lo afirmaba así: “A cantar y a actuar me enseñó el hambre”. El hambre, la soledad y la tristeza. Y a leer y a escribir, decía ella, le ensañaron los diccionarios. Aprendió a los 20 años. Pero en verdad quien le dio las primeras lecciones fue su amigo Simón Irigoyen Iriondo. A quien Merello siempre le rindió gratitud.

“Empujada por el hambre, me fui a ofrecer al teatro Bataclán, que estaba en la calle 25 de Mayo y se especializaba en revistas picarescas. Los espectáculos eran lo habitual: mujeres que cantaban letras pillinas y sketchs bastante subidos de tono.”

Decía ella que había empezado de ese modo, un poco a los golpes, otro poco con descaro. No sabía hacer nada, pero aprendió todo. Cantaba y bailaba como vedette. Del Bataclán pasó al Maipo y al Porteño, teatros de otro porte. La década del 20 la obligó a no despreciar nada. Todo espectáculo que le proponían, lo tomaba.

AFERRADA AL RECUERDO

“Para pintar con todo su brillo la personalidad de Tita Merello resulta imprescindible remitirse a la milonga que para ella compusieron Francisco Canaro e Ivo Pelay, ‘Se dice de mí’, estrenada en 1943 en la comedia musical Buenos Aires de ayer y de hoy y luego inmortalizada en la película Mercado de Abasto. Rodada entre 1954 y 1955, Tita desplegó en ella todas las gamas de su picaresca.” Así lo cuenta Néstor Romano, quizá su biógrafo más puntilloso.

Pero hasta llegar a esa milonga pícara y pegadiza, corrió mucha agua bajo el puente. Mucha tabla, otro tanto de celuloide. De hecho, su primera película coincide con la primera sonora en la Argentina, estrenada en 1933: ¡Tango!. Trabajó junto a Libertad Lamarque y Pepe Arias y también tuvo un papel pequeño Luis Sandrini. Primer cruce. Fugaz, sin importancia. La historia de amor con Sandrini vino después.

Durante la década del 30, Merello pegó un cambiazo porque le ofrecieron su primer personaje dramático: reemplazó a Olinda Bozán, importante actriz de la época, en su rol protagónico en El rancho del hermano, de Claudio Martínez Paiva. Y luego a Libertad Lamarque en El conventillo de la Paloma. No prosperó la amistad con ninguna de las dos. Menos con la Bozán, a quien, dicen, le sacó el marido. Olinda convivía con el actor Oscar Valicelli, con quien la Merello tuvo un fugaz amorío.

Nunca abandonó los musicales, sino que agregaba estilos, nuevos desafíos. Todo, siempre, por necesidad. Lo que llegaba, lo hacía. “Nunca tuve una conducta muy rigurosa para elegir mis trabajos, hacía lo que me salía.”

Una de cal, una de arena, 1937 resultó surtido: Merello estrenó “Nieblas del Riachuelo” en la película La fuga, un tangazo de Cobián y Cadícamo compuesto especialmente para ella, a pedido del director del film, Luis Saslavsky. Necesitaba algo especial para Tita y lo consiguió. Eriza escucharla mientras en una copia brumosa se la ve moviéndose entre las mesas, un poco diciéndolo, otro poco cantándolo.

Pero también sufrió un revés: iba a estrenar “Nostalgia”, del mismo maravilloso dúo, pero Eduardo Morera, el director de la película Así es el tango, se decidió por la voz de Luisa Vehil, la heroína del film, a pesar de que no era cantante. No encajaba el tono romántico que propone “Nostalgia” con los rasgos del personaje de la Merello. Ella se ofendió y le negó a ese tango el ingreso a su repertorio.

Pero a cambio le llegó su trono áspero y contundente: “Se dice de mí”, que estrenó un par de años después de haber comenzado su relación con Luis Sandrini en 1942. Pasión que impulsó una convivencia de seis años. En ese entonces, convivir sin libreta profanaba las buenas costumbres, pero a la Merello, que ya se jactaba de haber tenido amantes a montones, no le hacía mella. Lo que la marcó, eso sí, fue el amor. Ese amor que arraigó en sus huesos, como antes lo habían hecho el hambre y la miseria.

Si bien durante el tiempo que estuvo con Sandrini no abandonó su trabajo, sí lo redujo, para acompañarlo, para seguirlo. Vivieron unos años en México, donde Sandrini era requerido, aunque Merello también mantuvo actividades. Pero regresaron porque le ofrecieron a Sandrini el protagónico de Don Juan Tenorio. Y entonces encontraron otro país: más sólido, más justo, con leyes laborales y derechos. El primer gobierno de Juan Domingo Perón había empezado a implementar acciones concretas para favorecer la vida de la gente trabajadora.

Tita continuó con sus musicales picarescos y con Sandrini. Y en 1948, el destino porfiado le cambió los planes. Una de cal, otra de arena: mientras su vida artística levantaba vuelo, su vida amorosa caía en picada. Le ofrecieron el protagónico de la obra Filomena Marturano, de Eduardo De Filippo. Y, al mismo tiempo, Sandrini la instaba a que se fuera con él a España, donde había sido convocado. Tita, esta vez, le dijo que no. Que había llegado su plato fuerte. Y Sandrini le respondió, no sin prepotencia machista: si no venís, terminamos. Y así fue. Quedó el desgarro, pero la Merello elevó su condición a actriz dramática. Ya podía demostrarles a su público y al mundo del espectáculo su despliegue de luces y de sombras. Y a lo demás se acostumbraría: llevaba la marca de la extorsión afectiva en su mirada.

Trece meses en cartel. Y a sala llena. “Un día me trajeron la obra y me dijeron: ‘Tomá, leé esto’. Ya la habían rechazado varias actrices, que la consideraban muy chabacana, pero me fascinó. Para mí fue como una reivindicación, la posibilidad de demostrar que podía ser otra cosa que la cancionista arrabalera o la actriz cómica, como me habían encasillado.”

“YO SOY ASÍ”

El gran éxito de Filomena Marturano en el teatro impulsó la versión cinematográfica, que dirigió Luis Mottura y se estrenó en 1950. Al año siguiente filmó Arrabalera y Los isleros, otra de sus medallas.

Pero donde se reunieron su milonga redentora y su irresistible sensualidad fue en Mercado de Abasto. Trabajadores y trabajadoras del mercado han organizado un picnic multitudinario al aire libre. Hay una orquesta de tango, como corresponde a la época. Pero han hallado los cantores. Entonces Paulina, poderosa y elocuente, entona “Se dice de mí”, contoneándose entre la gente que la mira deslumbrada.

“Se dice de mí” la compusieron el director de orquesta uruguayo Francisco Canaro y el argentino Ivo Pelay. La primera grabación la hizo Carlos Roldán, uruguayo también, con la orquesta de Canaro. Se hizo para varón pero la Merello la vistió precisa, la calzó en su cuerpo, la consagró origen y destino de su propia biografía. Primero grabándola con el propio autor en 1954, y un año después eternizándola en la película.

En esa misma época filmó, bajo la dirección de un jovencísimo Leopoldo Torre Nilsson, Para vestir santos. A Tita siempre le llamó la atención que cuando, años más tarde, este destacado director desplegaba un recorrido por su obra, jamás nombrara esta película. Y, parece, lo tomó personal. “Nombra todas sus producciones menos la que hizo conmigo. No comprendo su actitud. Lo llevé al plano comercial, ya que él no había hecho nada taquillero, pero es como si se avergonzara de haber dirigido un tema social, un tema de barrio.”

En 1955, tras el golpe contra Perón, Merello, que venía con una actividad arrolladora, se topó con la indiferencia y el vacío. Le cerraron todas las puertas. Aunque nunca había marcado una posición política, no ocultaba su especial empatía hacia las clases populares. Finalmente, ese era su origen. Decidió probar un tiempo en México, donde triunfaba Libertad Lamarque, pero Tita no corrió la misma suerte. Apenas logró representar en una sala pequeña Antes del desayuno, un monólogo del genial dramaturgo estadounidense Eugene O’Neill. Así que regresó a Buenos Aires y se enfrentó, una vez más, al desamparo. Hugo del Carril, también corrido de todos los escenarios por ser abiertamente peronista, la convocó para que cantaran en lugares populares. Ella misma confesó que actuaba en parques de diversiones y en circos y donde se le diera un espacio. Había que expresarse pero, sobre todo, comer.

En 1957, volvió al teatro dramático con Amorina, una pieza muy a su medida. Un año más tarde, Hugo del Carril la llevó al cine como director y la protagonizó junto con Merello. Se estrenó en 1960. Y la dejó asentada como una experiencia singular en su carrera. “Cuando vuelvo a ver Amorina recuerdo cómo Hugo me cuidaba en cada uno de los planos. Ojo, no me cuidaba el plano del mejor perfil, el más lindo, sino el otro, el de adentro. El plano que comunica la emoción al público. Cuando filmamos aquella escena tan difícil donde la protagonista se entera del engaño del marido y sufre un ataque de locura, él me guio de manera tal, que me hizo ganar un premio en 1961. Ese premio no fue para mí en realidad. Se lo merecía Hugo del Carril, que logró sacar de mi interior esa verdad que las actrices necesitamos exteriorizar.”

Habían transcurrido casi cuarenta años desde sus comienzos y ahora la época marcaba otros ritmos, otros caminos, otra velocidad. La televisión erosionaba las antiguas costumbres y descubría otras.

SÁBADOS CIRCULARES

“Si Tita Merello hubiera nacido en los Estados Unidos o en Italia, habría sido una estrella del cine mundial. Pero nació en la Argentina y, así y todo, se hizo notar como pocas. Se trata de la mayor estrella que dio este rincón del mundo”, escribió el periodista Carlos Piro en el diario Perfil. Y es cierto. De hecho, se la comparó en algún momento con Anna Magnani: aunque ambas surgieron del teatro de revistas alcanzaron esa zona del arte inexplicable que ilumina a los espectadores. “Ricas en un temperamento desbordante, las dos sufrieron por amores que las dejaron con una nostalgia tremenda –relata Néstor Romano–. En el caso de Tita, por el amor de Luis Sandrini, y en el de Anna Magnani, por el director Roberto Rossellini.”

Lo cierto es que la Merello nunca dejó de actuar en teatro ni en cine: protagonizó alrededor de nueve películas en la década del 60 y ya en los 70 y 80 empezó a menguar. Pero también se le animó a la televisión. Fue contundente su presencia en el programa de Pipo Mancera, Sábados circulares, en 1968. Allí, decía la Merello, podía ser ella misma. Cantaba y contaba anécdotas. Y también aconsejaba a las mujeres para que se realizaran los estudios ginecológicos, especialmente el Papanicolaou. Si bien el programa de Mancera no fue el único (también participó en Sábado de todos, en 1983, que se emitía por ATC, con Leonardo Simmons), es el más recordado.

Sus últimos años fueron difíciles. La soledad pesaba. La vejez pesaba. El olvido pesaba. Sencilla y con pocas pulgas, como ella misma decía, “pelo las papas y limpio mi casa”. Vivía con su perro Corbata, con quien espejaba su soledad. Y asistía a misa en la Iglesia de La Merced. Inteligente, sagaz, filosa, rápida para responder. Lunfarda y compadrita, la Merello parece una mujer salida de algún tango, rompiéndole los márgenes a la vida, desbordándose a sí misma en cada escena que dejó. Orillando el propio infierno hasta erigirse ninfa o, como se dice en la jerga, mujer de armas tomar.

Escrito por
María Malusardi
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