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Caras y Caretas

           

“El encuentro con los lectores es como entrar en otra dimensión”

Alejandra Kamiya. Foto: Enrique García Medina.

Alejandra Kamiya, una de las voces argentinas más celebradas de los últimos tiempos, habla de sus búsquedas, de su ética creadora y de sus proyectos por venir.

Alejandra Kamiya deja fluir el día primaveral en Buenos Aires y conecta con su repercusión creciente como escritora: los públicos le profesan un placer cada vez más efusivo. “A esta exposición la tomo como a algo natural, cálido y suave. Me encanta conversar con quienes me leen”, dice. Capta el instante y prosigue: “El jueves 26 de septiembre fui a la apertura del Festival Internacional del Libro de Buenos Aires (Filba) y me encontré con más gente de la que normalmente me saludaba. Disfruto muchísimo del encuentro con los lectores”.

En mayo de este año se reeditó por Eterna Cadencia su famosa trilogía de cuentos Los árboles caídos también son el bosque (2015), El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019) y La paciencia del agua sobre cada piedra (2023), de desafiante simpleza y contemplación luminosa. Algunos medios, con urgencia categorizadora, hablaron del “año Kamiya” en la Argentina. ¿Cómo lo vive la narradora nacida en 1966? “Una periodista me dijo, hablando de esto: ‘¿Sabés por qué te quieren los lectores? Porque vos lo das todo’. Más allá de que sea bueno o malo lo que hago, creo que la gente se da cuenta de eso: que yo intento darlo todo”, corrobora.

Kamiya ha vivido instancias reveladoras, en los últimos tiempos, con sus lectoras y lectores. “La devolución que me hacen es de calidez y cariño, pero eso también implica una gran responsabilidad para mí”, concibe. Y rememora sonriendo con placidez junto a Caras y Caretas: “Una vez vino un chico para que le firmara un par de libros y me dijo que los quería leer porque su mamá se había muerto y yo era su escritora favorita. Él quería conocer a su mamá a través de la lectura. Aquel fue un día en me quedé pensando mucho”.

Kamiya sabe que esa conexión popular le ocurre “con gente joven y con gente grande”. Y traslada esa responsabilidad a la del escritor con el presente y con la propia cultura. “Pero no en un sentido panfletario –dice–. En eso alguna vez disentimos con Abelardo Castillo, con quien me formé. Él decía que en tu obra tenían que reflejarse tus ideas políticas en un sentido profundo. Pero yo creo que no tiene que obligarse a que aquellas estén reflejadas, sino que tiene que ser suficientemente genuino como para que se noten esas ideas profundas.” En ello “hay una misión no pedagógica: transmitir valores. Abelardo siempre repetía que León Tolstoi decía: ‘¿Quieres el bien? Haz el bien'”.

Kamiya además había disertado en septiembre en la Feria de Editores (FED) 2024, dedicada a la actividad independiente: un movimiento que abraza con sustancia. “Es donde más me interesa colaborar, ser parte y fortalecer, dentro de lo posible”, explica. Más aún “en un contexto donde las leyes de mercado parecerían regirlo todo”. Y acentúa: “Desde las reglas del mercado, imaginemos cuál es el sentido de tener una editorial de poesía. O escribir, que en sí suena ridículo desde el punto de vista del mercado. Me refiero a escribir lo que escribo y a lo que escribe la gente que a mí me interesa”.

Mirada existencial

Los breves cuentos de Kamiya parten de situaciones cotidianas y familiares, con respiraciones entre la herencia japonesa de su padre y los pulsos de la gente del campo, propios de su madre. Sus textos conmocionan por su potencia mínima –realista y también fantástica– para hablar de la pérdida, los recuerdos, el amor, la muerte, la soledad y los enigmas sin palabras. “Lo esencial es poder ver”, suele contestar cuando le preguntan por sus inspiraciones primales. Lo aclara aquí: “Yo hablo de la mirada en un sentido existencial. A veces eso implica cerrar los ojos, ¿no? Otras veces implica escuchar, u observarse hacia adentro. Ver cómo resuena en mí algo exterior”.

Por ejemplo, “un disparador, para mí, puede ser una escena de una película. Y lo que yo escribo en el cuento es todo lo que no ocurrió en la película, que por ahí no vi ni escuché. Se trata de la película privada de mi cabeza”. Los sentidos están involucrados, pero “cuando hablo de la mirada me refiero a algo espiritual”, siente Kamiya. Y piensa en sus proyectos por venir: “Estaba escribiendo una novela que surgió en pandemia, cuando me pasé mirando películas japonesas con mi papá, Mamoru. Pero eso se fue transformando en otra cosa”.

A la par “me traje a mi mamá a vivir a mi casa. Ella está enferma y sigue a mi cuidado. Entonces, sin darme cuenta fui escribiendo pequeños textos que fueron armando algo que hoy es mucho más extenso. Tengo muchas ventanas abiertas en la escritura: una es la que quedó colgada de las películas, que es una novela con una estructura un poco rara”. Y allí se le abrió otra ventana. “Empecé a intentar hacer una película documental acerca de mi papá, persiguiéndolo con un celular del modo más artesanal y barato”, sonríe.  

Este otro proyecto creador “tendrá textos que iré improvisando a partir de las imágenes. Estoy aprendiendo a captar ese lenguaje: las imágenes con el celular capturan algo muy distinto a lo que yo veía en la pantalla. Es misterioso. Iré trabajando con la película que vaya apareciendo. Esta es una experiencia que me interesa mucho. Veremos cómo queda”, proyecta. Así, las palabras de Kamiya se iluminan con interrogaciones nuevas. ¿Hacia dónde derivan otras de sus energías?

La narradora argentino-japonesa está trabajando en una puesta sonora, a partir de sus textos, para el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC). “Esta es una de las cosas más lindas que estoy haciendo y tenemos cuatro fechas en diciembre –adelanta–. Me convocó Oscar Albrieu Roca, el coordinador del Programa de Orquestas Infantiles de la ciudad de Buenos Aires. Es una iniciativa espectacular, en la que a chicos de los barrios más vulnerables se les dan clases e instrumentos en comodato. Se está armando un gran equipo con pibes chiquitos. Es un proyecto lindísimo.”

Esta puesta escénica, en diciembre, constará de una lectura de tres cuentos “que adaptamos para que tengan una historia, una coherencia –señala Kamiya–. Se está componiendo música para acompañar a los textos. Trabajaremos mucho con las puesta de luces y usaremos mi cuento ‘La oscuridad es una intemperie’, más los ruiditos y las músicas que hagan los chicos”. Se oirán repeticiones sonoras y marcaciones de ritmos a partir de los relatos leídos por ella misma: “Habrá distintos juegos musicales. Poder trabajar con estos chicos es un sueño y no se me hubiese ocurrido nunca. Por eso digo que el encuentro con los lectores es como entrar en otra dimensión”.

Intertextualidades

Los cuentos de Kamiya también activaron otras relecturas e intertextualidades recientes. Sigue en cartel la celebrada obra teatral Lo que se pierde se tiene para siempre, con dirección de Anahí Berneri (y actuaciones de Sofía Gala, Marita Ballesteros, Enrique Amido y Camila Marino Alfonsín), a partir de relatos de Los árboles caídos también son el bosque y de El sol mueve la sombra de las cosas quietas. Además se pueden ver las obras de danza Los gestos de la sal, de Teresa Duggan (montada para el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín) y Desayuno perfecto, de Miriam Gurbanov (sobre uno de los cuentos más conocidos de Kamiya). Son dimensiones y reinterpretaciones conceptuales a partir de sus textos, plasmados en la íntima soledad.

La obra de danza Los gestos de la sal se inspira en el cuento homónimo de Alejandra Kamiya, que está basado, a su vez, en un documental de Margot Benacerraf sobre la vida en una salina venezolana antes de la extracción industrial de la sal. Duggan extrapoló el texto al noroeste argentino, con un tono andino –a nivel musical y escénico–, sin perder lazos con la identidad japonesa de Kamiya. La otra obra, Desayuno perfecto –con una repercusión absoluta tras su estreno–, toma como punto de partida aquel cuento, que se disparó a su vez por una estadística sobre los horarios en que se quitan la vida los hombres y las mujeres en Japón.

¿Habrá una palabra que pueda abarcar esas múltiples versiones y relecturas? “No sé si existe esa palabra, pero esa magia es una de las cosas que más me gustan del arte –concede Kamiya–. Es lo que ocurre cuando la cosa fluye y una creación se dispara en otra.” También lo puede ver, ella misma, desde su aspecto político: “De algún modo es lo contrario a la meritocracia: a la idea de que yo hago las cosas solo y pisándole la cabeza a todo el mundo. Pero nadie hace nada solo. Yo escribo un cuento, una coreógrafa hace una puesta, una bailarina le da otra vuelta y la música también se genera a partir de la coreografía. Es una cadena donde cada uno se deja atravesar por el de al lado”.

Hay otro plano en el que Kamiya despliega sus enigmas, sus respiraciones y su felicidad narradora: le encargaron el prólogo para los Cuentos completos de Sylvia Iparraguirre, por Alfaguara. “Intenté sumar mi visión de Sylvia, que no solo es una enorme narradora sino la compañera de Abelardo Castillo, mi maestro –detalla–. Me gusta mucho la idea de dos personas que se ayudaron mutuamente a construirse como escritores. Sylvia no podría ser quien es sin Abelardo, y Abelardo no podría haber sido quien fue sin Sylvia. Hablé de ello en el texto y creo que va a poder agregar algo a la lectura de los cuentos. Me gusta cuando un prólogo puede sumar una nueva dimensión. Es mi mayor deseo.”

Escrito por
Patricio Féminis
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