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Caras y Caretas

           

La batalla de Curupayty, derrota e infamia

Fue el mayor desastre militar argentino y reflejó el absurdo de una guerra provocada por intereses ajenos. En una sola jornada, murieron diez mil hombres, casi más que en toda la guerra de la independencia.

El plan era teóricamente perfecto. Se trataba de tomar una fortificación mal atrincherada, en la altura, con un masivo ataque frontal de Infantería y simular una retirada, para envolver a los perseguidores en un hábil movimiento de pinzas, reforzado por los flancos.

Sin embargo, la fórmula de la victoria pergeñada por el general presidente Bartolomé Mitre, a la luz de sus lecturas de táctica y estrategia, y a cargo de las fuerzas combinadas de Argentina, Brasil y Uruguay, resultó un rotundo y trágico fracaso.

Simple, el comandante de las tropas paraguayas, José Eduvigis Díaz, no había leído los mismos tratados bélicos que Mitre (en realidad, no había leído ninguno) y se limitó a ordenar fuego a granel sobre los atacantes, en el primer y en el segundo intento, sin salir jamás de su privilegiada posición defensiva.

La batalla de Curupayty no solo marcó el mayor desastre militar argentino en toda su historia sino que refleja el absurdo de una guerra mal conducida y provocada por intereses ajenos a los nacionales. En una sola jornada, diez mil efectivos quedaron tendidos en el terreno, casi más que en toda la guerra de la independencia.

No es extraño que la historiografía oficial ponga anecdóticamente el acento en la heroica caída en combate de Dominguito, el hijo de Domingo Faustino Sarmiento, presidente en ciernes, para suceder a Mitre.

¿Cómo había llegado la Argentina a enfrentar a un país con un tronco hispánico en común, aliado a un proverbial enemigo imperial? ¿En qué clase de fangales (político y literal, tras días de lluvia) se arrastraba la bandera que “radiante de gloria flameó desde los Andes hasta Ayacucho”? Era lo que cuestionaban y condenaron todavía con más energía después de Curupayty, los caudillos federales del interior como Felipe Varela, en su proclama por la Unión Americana.

Al margen de las rencillas internas del Plata, Paraguay había construido un modelo propio de desarrollo: aislacionista y soberano. Declarada su independencia de la Argentina hacia 1842, la llegada al poder de Francisco Solano López promovió un ideal político de proyección continental. Trenes, altos hornos de fundición, ínfimo endeudamiento externo, patriotismo inculcado como religión. Un rosario de cualidades que no constituían un buen ejemplo para el modelo librecambista y agroexportador fomentado desde Inglaterra, que embarcaba materias primas vernáculas y devolvía manufacturas made in Manchester.

Era necesario destruirlo, apelando a sus socios regionales.

La ocasión se presentó con otro capítulo de la guerra civil entablada en la Banda Oriental entre blancos y colorados, con intervención del Brasil. Solano López advirtió entonces que cualquier ocupación del territorio oriental sería interpretada como atentatoria del equilibrio entre los Estados y actuó en consecuencia.

Cuando Brasil puso sitio a Paysandú, enclave de una heroica resistencia cantada por poetas, las cartas estuvieron echadas. Fue la guerra paraguayo-brasileña. La Argentina de Mitre se mantuvo oficialmente al margen, pero no por mucho tiempo. Acuerdos secretos e intereses comunes fructificarían pronto en una infame Alianza a tres bandas.

Operando mediáticamente, desde la tribunas oficialistas de La Nación Argentina (¡ya en 1864!) se demonizaba a Solano López como el “Atila americano”, a quien había que combatir para “liberar” al Paraguay.

La excusa para la declaración de hostilidades, tan válida como cualquier otra, fue el cruce no autorizado por territorio nacional de los ejércitos guaraníes, mientras se liberaba sin ambages el tránsito fluvial para la Armada imperial.

“En veinticuatro horas en los cuarteles, en quince días en Corrientes, en tres meses en Asunción”, prometió Mitre con afán triunfalista. No sospechaba siquiera que los meses se harían otros tantos largos años y la sangre vertida generosamente por los rioplatenses en Curupayty le costaría el mando de las tropas conjuntas que le había sido confiado en un derroche de confianza.

Reunión cumbre

Ya se habían sucedido las primeras alternativas del horror (solo en la ofensiva paraguaya de Tuyutí, cayeron más de diez mil hombres entre ambos bandos) cuando se difundieron las cláusulas de un tratado de alianzas secreto suscripto por los ministros de la Argentina, Brasil y Uruguay bajo el patrocinio del representante de la Corona, Edward Thornton, repartiéndose anticipadamente los despojos del vencido.

En la práctica, la infamia no se limitaba al plano territorial, sino que incluía como botín de guerra a los prisioneros, para hacerlos trabajar como mano de obra esclava en estancias o plantaciones. Tampoco se descartaba sumarlos a las filas propias, engrillados y enviados al frente como carne de cañón.

La noticia del tratado, filtrado desde Londres vía conductos diplomáticos, corrió como reguero de pólvora por todos los países del continente.

En Buenos Aires, que comenzaba a percibir los costos de una aventura bélica que se había creído breve y exitosa, la opinión pública reclamaba el fin del conflicto y el interior se convertía en un polvorín opositor a la espuria Alianza.

En esas instancias, Solano López propuso una entrevista con Mitre para zanjar la cuestión de manera que conviniera a todos, sin más derramamiento de sangre.

La conferencia tuvo lugar en un punto intermedio entre ambas líneas, Yataytí-Cora.

Hacia ahí se dirigieron sendas comitivas, pero la conversación sería estrictamente reservada a ambos mandatarios. No podía ser de otra manera. Solano no reconocía al presidente de facto Venancio Flores como autoridad legítima en la Banda Oriental, y el comandante de las tropas imperiales, mariscal Polidoro da Fonseca, se negaba a comparecer ante el paraguayo, a quien le habían ordenado combatir.

Solano asistió de uniforme. Mitre prefirió su clásico chambergo, con espada al cinto.

El tono de la conversación fue cordial, pero la posibilidad de un acuerdo que satisficiera a las partes era imposible.

No lo quería Brasil, que precisaba una victoria sin atenuantes para ratificar su supremacía regional. No lo quería Mitre, atado por compromisos inexcusables al dogma liberal, que se limitaba a escuchar, delegando la decisión al consenso entre los gobiernos aliados.

La entrevista concluyó con un brindis de cognac a la salud de ambos y el intercambio de látigos, como mutuo souvenir.

Dos días después, Mitre remitió a Solano la respuesta negativa a cualquier entendimiento.

La guerra proseguía, el horror continuaría, corregido y aumentado.

Francisco Solano López

Una trinchera demasiado lejos

El ataque, fijado para el 17 de septiembre, debió postergarse por las condiciones climáticas. La ansiedad del comandante en jefe apuró los tiempos, aun cuando el terreno fangoso no era una superficie recomendable para un ataque frontal, ya fuera real o fingido.

Los cañones de la escuadra brasileña comenzaron el trabajo de ablande, sin demasiada puntería. Las trincheras, aunque endebles, no sufrieron mayor daño.

En tanto, las columnas de apoyo nunca llegaron a tiempo, porque se detuvieron para almorzar.

Rayaba el mediodía, y la orden de Mitre lanzó a la carga a unos 17 mil infantes, que llegaron hasta los parapetos soportando el fuego incesante de los defensores.

Bartolomé Mitre

Según lo planificado, en ese punto, el clarín llamó a repliegue, pero el comandante paraguayo no correspondió al guion y mantuvo a la tropa propia en sus posiciones. No tardó en llegar la contraorden de reiniciar el ataque, que argentinos y brasileños cumplieron en medio del fuego graneado que caía desde las alturas como una lluvia mortal.

Para Mitre no había vuelta atrás y se habría mantenido en su decisión de atacar siempre, de no mediar la intervención de su par Manuel Marques de Sousa, quien forzó la tardía retirada.

El general, acostumbrado a ganar en el escritorio los lances que perdía en el campo de batalla, trató de maquillar los números del desastre, reconociendo un millar de los diez mil caídos (hubo exactamente 92 bajas en las filas paraguayas), pero conocida la derrota, agregó más combustible a la indignación por los términos de la Alianza, ya tan devaluada.

Otra consecuencia imprevisible de la batalla perdida fue la epidemia de cólera que se extendió desde ambos campamentos hacia Asunción y el interior de Paraguay, pero también se difundió por el Paraná hacia el Río de la Plata, atacando Buenos Aires como un enemigo invisible pero igualmente mortal.

En el frente, se impusieron cambios de mando. Los comandantes brasileños fueron relevados cuando no solicitaron directamente su relevo, descontentos con la dirección de la guerra. El emperador Pedro II se arriesgó con la adquisición de negros libertos para cubrir las bajas y envió al frente a su mejor hombre, el marqués de Caxias.

Mitre fue convencido de retornar a su tierra natal, donde las montoneras provinciales comenzaban a levantar las viejas banderas federales y oponerse con las armas a seguir los dictados de la omnímoda Buenos Aires.

Se cerraba un capítulo. 

Los “tres meses” originales se extenderían todavía dos años más, hasta la completar la aniquilación de un Paraguay soberano.

Escrito por
Oscar Muñoz
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