El proceso de conquista y colonización de América guarda ciertos episodios históricos, algunos fantasmales y poco conocidos. El que aquí se bosqueja transcurre en el siglo XVI, durante el reinado de Carlos I de España y luego V de Alemania (el Sacro Imperio Romano Germánico, 1516-1558), e ilustra –con las formas de aquel tiempo– cómo los intereses del poder económico son parte activa a la hora de legitimar y sostener las diversas hegemonías imperiales, que crean alianzas con casas bancarias y prestamistas de enorme influencia en el tablero del poder político de la época. Solo así se explica que una firma comercial, la familia Welser, haya gobernado poco más de un cuarto de siglo amplias zonas geográficas de la actual Venezuela.
Dos son los principales emporios comerciales alemanes que devoran a su paso los negocios en la Europa de fines del siglo XV y parte importante del XVI: las familias Welser y Fugger, ambas radicadas en la sureña ciudad de Augsburgo, pujante en negocios, la “Wall Street” de la época, como la han llegado a definir. En el caso de los Fugger, Jacob Fugger, “el Rico”, es considerado el hombre más acaudalado de la época, que hizo del “tráfico negrero” el eje central de sus negocios. Los Welser entremezclan su potencial prestamista con un comercio diversificado y, junto a los Fugger, son clave a la hora de apoyar a tal o cual casta monárquica. Y más: ambas familias tienen representación legal dentro de la Casa Real.
Los Welser cuentan con factorías y agentes comerciales en al menos 35 ciudades. Sevilla, Lisboa, Amberes, Lyon, Viena, Roma, Flandes, Venecia y zonas del Mar Báltico son parte de sus tentáculos. Comercio de hilados de lana y algodón, en puertos ingleses e italianos; de joyas, desde ámbar hasta corales; productos orientales; plantaciones de caña de azúcar, en Canarias y la portuguesa isla de Madeira, ganadería y explotación minera son solo una parte reducida de esta madeja de negocios.
Así las cosas, ¿cómo es posible que una casa bancaria reciba en “concesión” la llamada “provincia de Venezuela”, llave estratégica del territorio de ultramar? Cierto es que la Corona española, que arrastraba deudas, necesitada de ingresos, pudo haber visto un paliativo en este acuerdo. Pero a tamaña “concesión” conviene verla en un contexto de estrategia expansiva de mayor alcance: la Corona y la familia Fugger llegaron a negociar –sin éxito– una ocupación de la región meridional americana. Existen registros de presencia Fugger en la primera fundación de Buenos Aires, en 1536, con alguna nave y algo más de ochenta alemanes, entre ellos el cronista Ulrico Schmidl. Hay inversión también en la aventura de Sebastián Caboto (1526) y rastros de la firma en la conquista de Perú y Chile.
II
El desembarco de autoridades alemanas en las costas de Coro, actual estado Falcón, en el occidente venezolano, acontece en una instancia de grave impacto demográfico. Hay cierto consenso: tras dos décadas y media del arribo español a las Antillas, los habitantes de las islas se redujeron en un 90 por ciento, sobre una población estimada entre 300 mil y 700 mil nativos, establecidos sobre todo en La Española (República Dominicana y Haití), Jamaica, Cuba y Puerto Rico.
A las matanzas perpetradas, unidas al aún embrionario esquema esclavista, se suma una brutal epidemia de gripe nada más al arribo europeo, enfermedad que junto al tifus, el sarampión y las enfermedades venéreas, hizo estragos. Las costas de “tierra firme”, y Venezuela en particular, abastecerán de nativos a las islas. En 1520, desde Santo Domingo alertan sobre la falta de mano de obra esclava, lo que acelera también el tráfico negrero.
III
Buena parte de los alemanes que arribaron a las costas venezolanas son originarios de la ciudad de Ulm, en el sur alemán, vecina de Augsburgo.
Ulm, sitio en el que crecieron estos conquistadores –ciudad natal del físico Albert Einstein en 1879–, cuenta con una organización social notable. Recibe privilegios y llega a declararse “ciudad imperial libre” (Reichsstadt) en el siglo XIV. Acuña su moneda, cuenta con su ejército, avanza con la producción intensiva de herramientas, sobre todo de hierro y cobre. El trabajo textil de sus paños, tejidos en base al lino y la lana, el codiciado Barchent –”paño de Ulm”–, famoso por su alta resistencia, genera un relevante flujo comercial aprovechando las aguas del río Danubio, segundo río más extenso de Europa, que atraviesa en la actualidad diez naciones.
Una potente red de gremios, eje de la administración civil, se da leyes de muy estricta “convivencia”, también en el ámbito religioso. La Reforma protestante, a comienzos del siglo XVI, tiene en Ulm un alto nivel de adhesión entre sus habitantes, unas 35 mil almas. La impactante iglesia luterana de la ciudad, de estilo gótico, es considerada la más alta del planeta.
IV
Desde inicios del siglo XVI, se registra la presencia de mineros alemanes, belgas, suizos y checos, fundamentalmente en Santo Domingo, núcleo administrativo español en América. La sofisticación alemana en el campo metalúrgico genera que decenas de mineros, en pequeñas oleadas, se trasladen a las Antillas para realizar trabajos de extracción, sobre todo de plata.
La mayoría de los mineros viajan solos, como Martin Hoffmann, aunque hay registros de otros que arriban con sus esposas e incluso hijos, como Segismundo Enderlein o Cristóbal Kerer, acompañado de su mujer Anna. La ventura para ellos es dispar. Algunos se establecen e incluso forman sus familias, otros no tienen la misma fortuna: acuerdos incumplidos, imposibilidad de adaptación a un clima de tan altas temperaturas, ser presa de enfermedades –la fiebre tropical– tornan sus vidas un infierno. Muy pocos consiguen regresar a Europa.
V
El 27 de marzo de 1528, se concreta la firma del acuerdo entre la Corona y la casa comercial Welser, la capitulación, y esta recibe la “provincia de Venezuela” en “concesión”.
A muy grandes rasgos, el compromiso implica “pacificar” la colombiana Santa Marta; expandir dominio geográfico desde el Cabo de la Vela hasta Maracapana, ya en la actual Venezuela; fundar dos pueblos y levantar tres fortalezas militares; introducir nuevos mineros; ejecutar repartimientos de tierras; recibir beneficios fiscales; transformar en esclavos a “indios rebeldes” y repartirlos entre colonos (encomiendas), además de introducir cuatro mil esclavos africanos, un tercio mujeres.
VI
Las andanzas de gobernadores, capitanes y personal subalterno alemanes en Venezuela –y parte de Colombia– dejan historias de alocadas cacerías, saqueos y desplazamientos, con el consecuente despoblamiento territorial de pueblos originarios enteros, obligados a huir, sobre todo a zonas montañosas. Altos mandos y soldados cargan una obsesión enfermiza: hallar las riquezas de El Dorado. Casi todos los gobernadores nombrarán sustitutos temporales, españoles o alemanes, para iniciar sus correrías.
Es Ambrosio Alfinger el primer gobernador alemán que arriba a las costas de Santa María de Coro el 24 de febrero de 1529, junto a su teniente Bartolomé Sayler, futuro gobernador interino, con alrededor de seiscientos hombres, ochenta con cabalgaduras. Alemanes, españoles, portugueses, algún suizo y esclavos africanos conforman el grupo.
Alfinger releva de su cargo al español Juan de Ampíes, fundador allí de un precario poblado. En su primera expedición, costea las riberas del lago de Maracaibo –capital del estado Zulia– donde establece la primera villa, bautizada Neu-Nürnberg. El talante del alemán no deja dudas: marca con hierro candente a grupos de nativos, arrasa pequeñas aldeas, genera pánico.
En 1531, en su segunda y última “salida” atraviesa áreas colombianas de los departamentos de César y Norte de Santander. Están documentados sus actos hacia las ingentes filas de indios cargadores de herramientas, alimentos y oro; semidesnudos, con hambre y sed, son encadenados entre sí y se les pone un collar de hierro en sus cuellos para impedir la huida; con pesos desmesurados, muchos de ellos caen agotados; para no perder tiempo, se les abren los collares y, sin más, les cortan las cabezas, repartiendo entre otros la carga.
Alfinger reemplaza cargadores y ataca nuevas aldeas, hasta que, a comienzos de 1533, atrapado en un cerco realizado por los nativos, el alemán recibe un flechazo envenenado en la garganta, en un sitio entre la actual ciudad colombiana de Cúcuta y la localidad de Pamplona. Tras cuatro días de agonía, perece a los 33 años.
Una efímera gobernación interina de quince días tuvo Hans Seissehoffer, también de Ulm, en 1530, agente de los Welser, rebautizado Juan el Alemán a modo de simplificación. Otra figura destacada será el ulmeño Nicolás Federmann, apodado Barba Roja, quien fungirá como teniente general y alcalde de Coro. A fines de 1530, en su primera expedición que durará dos años, arriba a Barquisimeto (estado Lara), además de recorrer los actuales estados de Portuguesa, Yaracuy y Cojedes.
En su segunda expedición, en 1532, Federmann se interna en la localidad colombiana de Riohacha –capital del departamento de La Guajira–, transita por tierras de Cundinamarca y zonas de la actual Bogotá. La aventura del alemán está plagada de choques judiciales con las autoridades de la casa bancaria, que lo acusa de quedarse para sí con parte del botín obtenido. Fallece en febrero de 1542, ya de retorno en Europa, y sus crónicas –Historia indiana– se publican en 1557.
Georg Hohermuth, conocido como Jorge de Espira por ser oriundo de la ciudad de Speyer, es gobernador en 1534, recorre Barquisimeto –estado Barinas–, la sierra de Perijá y zonas cordilleranas. Muere enfermo en Coro, en 1539. Otro nativo de Ulm, Felipe von Hutten, es teniente en 1540, acompañado por Bartolomé Wesler, El joven, de Augsburgo, hijo del titular de la casa bancaria. El fin de ambos no puedo ser más dramático: son decapitados por pujas de poder. De Hutten se conservan sus diarios de viaje y cartas a familiares reconvertidas en crónicas. Entre 1542 y 1544, otro agente Welser, Enrique Remboldt, gobierna la “provincia”, arribando a las costas Cumaná (estado Sucre), donde fallece al final de su mandato.
En resumen: no menos de once de los actuales 23 estados de Venezuela son parte de las travesías alemanas, a las que deben agregarse las regiones colombianas.

VII
De allí en más, los Welser continúan en la región, pero en un paisaje de fuertes pleitos con la propia Corona. Carlos V abdica en 1556 y con la asunción de su hijo Felipe II, se acelerará la salida de la casa comercial.
En cuanto a los beneficios económicos obtenidos por la firma, los datos no parecen alentadores. Hay envíos a Europa, sobre todo de oro, plata y perlas, aunque el saldo global no es el esperado, más aún si se lo coteja con la inversión realizada. Pareciese que las transacciones por la venta de esclavos indígenas y africanos generan muchos más dividendos.
Respecto del otro capital, el “prestigio” dentro de las entrañas mismas de la familia real, el resultado es fatal, e igual sucede con los Fugger. Se deja una “provincia” devastada y empobrecida, por lo que el Consejo de Indias decreta el fin de la presencia Welser en la región.
Las cíclicas crisis económicas europeas de fines del siglo XVI e inicios del XVII, unidas a los conflictos bélicos, obligan a Felipe II a declarar sucesivas bancarrotas, lo que acelera la hecatombe. Así, la Casa Welser quiebra en 1614, mientras el emporio Fugger lo hace siete años antes, en 1607.
VIII
Siglos más tarde, la saga de los Welser tendrá su reaparición en épocas del nacionalsocialismo en Alemania, cuando es resaltada la figura de Alfinger como un hombre “de inmensa fortaleza” que luchó contra la “barbarie” indígena americana. Se lo retrata en historietas y libros de estudio en escuelas.
En el campo literario, varios textos ensalzan a los conquistadores alemanes, en obras como La lucha por la germanidad: los alemanes en la América tropical, de Wilhelm Wintzer; La tierra de los Welser en Venezuela: la primera empresa colonial alemana, de Erich Reimers; y Sangre alemana en suelo extranjero, de Gustav Faber.
Escudos y estandartes de los Welser también están presentes en actos multitudinarios, como en las celebraciones del “Día del Arte Alemán”, con la presencia de Adolf Hitler y su plana mayor, en Berlín, en julio de 1938/39. Allí se aprecia el desfile de carruajes que recuerdan a distintas “familias célebres”, donde no están ausentes los Welser, cuya carroza representa un barco de época, e incluso un carruaje arrastrado sobre los hombros de indígenas, todo ante la atenta mirada del Führer.
