El gobierno nacional hace gala de tener las cuentas públicas en equilibrio, una posición alcanzada en tiempo récord en base a motosierra, y se ufana de haber acabado con el déficit fiscal, tanto primario como financiero, esto es, considerando también los recursos necesarios para atender los servicios de la deuda pública.
Pero al margen del discurso, la cruda realidad muestra que la Argentina se enfrenta, una vez más, a factores externos que ya impactan en el mercado local. El combo incluye precios de las principales commodities agrícolas con caídas superiores al 25 por ciento en lo que va del año.
El caso más notorio es el de la soja, por el volumen producido y exportado y porque paga derechos de exportación del 33 por ciento del valor FOB, tanto para granos como derivados (harina, aceites y pellets).
“En enero el grano de soja cotizaba en Chicago a 475,28 dólares la tonelada, pero ahora (datos del viernes pasado, 23 de agosto) lleva perdidos 125,94 dólares, un 26,5 por ciento”, explicó Eugenio Irazuegui, analista de mercados en la comercializadora de granos Zeni.
Con el resto de los granos pasa algo parecido, aunque menor volumen. El maíz perdió 40,55 dólares en las pizarras la semana pasada (-21,9 por ciento) y el trigo 45,84 dólares por tonelada, una baja de 19,9 por ciento. Lejos en el tiempo quedaron el valor de 623 dólares la tonelada que la soja supo marcar en agosto de 2012, o los 621,20 dólares de junio de 2022, en medio de la disparada de las materias primas agrícolas por la invasión de Rusia a Ucrania.
Pero no se trata solo de eso. También crecen las dificultades climáticas y la amenaza por falta de lluvias necesarias para el desarrollo de los cultivos. A esto se suman la plaga de la chicharrita (Dalbulus maidis) en el caso del maíz, con fuerte impacto productivo, y la ya endémica proliferación de tipos de cambio que golpean sobre la ecuación económica de los agricultores.
Con este panorama, la próxima campaña gruesa asoma complicada para el caso del maíz, al punto de que la Bolsa de Cereales de Buenos Aires calculó que el área a cultivar el grano amarillo alcanzaría los 6,3 millones de hectáreas, 1,3 Mha menos que la campaña anterior, lo que representa una caída del 17,1 por ciento.
Ante este panorama y la amenaza de la chicharrita, que en casos extremos llega a matar literalmente a la planta, con importantes pérdidas para los agricultores, muchos productores están pensando en pasar a soja lotes que normalmente destinan a maíz.
Es que el escenario complejo a nivel productivo, la caída de precios internacionales y una mayor inversión en fertilización y herbicidas requeridos por el maíz por sobre la soja llevan a evaluar con mucho cuidado cómo invertir y qué sembrar.

La verde obsesión
Tienen razón los economistas que caracterizan a la Argentina como una economía bimonetaria. No se trata solo de que la gente piense en dólares a la hora de comprar o vender una propiedad o incluso un vehículo, para ahorrar si a fin de mes le quedan algunos pesos o incluso al momento de hacer un “canuto” para programar sus vacaciones o hacer frente a eventualidades como arreglar la casa, cambiar un electrodoméstico que ya no funciona o pagar las cuentas si se quedó sin trabajo.
El valor del dólar es importante para todo eso y mucho más. También para el gobierno de turno es relevante, porque el billete verde es el verdadero combustible de la economía argentina.
Insumos industriales, equipos y maquinarias, repuestos, partes y piezas se compran en el exterior y se pagan en moneda dura, y también las empresas pagan servicios (fletes, seguros, certificaciones, auditorías, consultoría). Y para pagar eso el Banco Central tiene que tener los dólares billete disponibles, algo que desde 2023 viene teniendo claras limitaciones.
En verdad, en 2023 la falta de dólares se hizo ostensible, pero el problema arrancó mucho antes. El cepo cambiario se puso por primera vez en noviembre de 2011, porque no había dólares para todo y para todos.
Mauricio Macri levantó el cepo en diciembre de 2015, cuando avanzó con la unificación cambiaria al arrancar su gobierno y de un plumazo eliminó las restricciones para operar con divisas, y dinamitó la brecha cambiaria.
Pero tuvo que cerrar el grifo y volver a poner el cepo, forzado por el mercado, tras perder por lejos las PASO del 11 de agosto de 2019. Fue la consecuencia de permitir hasta ese momento el acceso a dólares sin restricciones por parte de particulares y empresas, y luego de que se hubieran fugado del sistema los 44.000 millones de dólares del crédito stand by (a tres años) con el Fondo Monetario Internacional, que negoció Macri en 2018.

Ingreso de dólares
Por decirlo de modo simple, en la Argentina los dólares los genera el campo, que es altamente superavitario en materia de comercio exterior, y los consumen las diferentes industrias vía insumos y equipamiento, y el gobierno cuando paga servicios de la deuda pública o para hacer determinadas inversiones en obra pública. Cuando había obra pública, claro, en los no tan lejanos tiempos prelibertarios de Javier Milei.
Esto es así porque salvo el campo argentino, que realmente juega en primera a nivel global, tanto en innovación e incorporación de tecnología, como en procesos de producción, en el resto de las industrias son muy pocas las que están en la frontera tecnológica, lo que requiere permanente importación de insumos y equipamiento para operar.
Que quede claro. Hay solo tres formas de que ingresen dólares a la economía: generarlos vía exportaciones, por toma de créditos internacionales, con lo que eso significa, y por la llegada de inversión extranjera directa (IED). Lo segundo está cerrado hace tiempo, y estará así mientras el riesgo país se mantenga en niveles de 1.500 puntos. Solo basta pensar que los países que pueden tomar crédito internacional a tasa de mercado tienen niveles de riesgo país de 200 o 300 puntos básicos (2 o 3 por ciento de tasa anual por sobre la tasa de referencia de Estados Unidos).
Y las inversiones extranjeras, la otra pata de la mesa, no llegan al país hace rato o lo hacen en cuentagotas, en parte por la vigencia del cepo cambiario, por aquello de que nadie entra a donde después no puede salir. O sea, nadie va a traer dólares y hundirlos en una nueva planta industrial o una inversión de porte si después no puede girar dividendos y utilidades a la casa matriz.
Queda entonces el primer eje, el de generar los dólares por el comercio exterior. Hay que posar la mirada en qué ocurre con el campo.
Así que solo quedan las exportaciones. Por eso cada día más tanto los productores como los funcionarios del Ministerio de Economía y del Banco Central le prenden una vela al clima para ver si llueve, pero también observan las pizarras de Chicago para ver si los precios de los granos se tonifican y dan una buena noticia en medio de tantas complicaciones.
