Jorge Francisco Isidoro Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899. Hace un siglo y cuarto que vio la luz –esa luz que luego sería un recuerdo intenso y amoroso en su estado de eterna oscuridad– en Palermo, un territorio que lo marcaría fuerte, en esa ciudad de Buenos Aires que lo ayudó a transitar, madurar y parir un mundo doméstico y en blanco y negro, repleto de sueños, espejos, laberintos, mitologías, bibliotecas, posmodernidad y metaficción. Un mundo controvertido, difícil y contradictorio. Casi como un pensamiento borgeano.
Por sus venas corría sangre española, portuguesa e inglesa. Su abuela materna, Fanny Haslam, era inglesa y lo familiarizó con esa lengua desde su más tierna infancia. A los 4 años ya sabía leer y escribir y su lugar de privilegio, recordaría luego: “Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo”.
Fue un chico distinto aquí y en el exterior, donde vivió por imposición y por devoción. Su transformación definitiva ocurrió a mediados de la década de 1930, cuando apareció como el eterno erudito en la revista Sur. Y un día se cruzó en su camino Estela Canto, a quien amó sin ser correspondido, aunque le inspiró los trazos más increíbles de un cuento único de la literatura universal: “El Aleph”.
Difícil de tratar de comprender en tiempo y en espacio a un escritor que vivía por y para la literatura. Que, una pena por cierto, no tuvo la habilidad para poder comprender lo que se tejía en los oscuros recovecos de la impunidad de la más despiadada de las derechas hasta el punto de no entender que nunca lograría el Premio Nobel si recibía de manos de un dictador como Augusto Pinochet un premio honoris causa en Chile.
Hubo y habrá entre Borges y la Argentina una relación de amor y desamor. Hubo un Borges joven fervoroso antiperonista y con ideas conservadoras. Y un Borges amigo de Homero Manzi y de Raúl Scalabrini Ortiz, a quien le proponen incorporarse a Forja.
Y así como así, de pronto y ya siendo una figura amparada en la notoriedad mundial más clara de la historia de la literatura argentina, un día hizo públicas sus críticas y fue uno de los primeros en firmar la solicitada de Madres de Plaza de Mayo, con las que se había reunido, y reclamó por sus familiares desaparecidos. Criticó sin dudar el Mundial de fútbol de 1978 asegurando que ningún deporte podría tapar la falta de libertades ni la represión indiscriminada. Y la Guerra de Malvinas le mereció esta reflexión: “Con el objeto de desviar la atención, descubrieron una isla casi ignorada e inventaron una guerra que perdieron. Dieron prueba de una bestialidad enciclopédica. Y, además, eran borrachos”.
Asistimos perplejos, en estos tiempos, al fin de las políticas de bibliotecas populares, de libros para todos y todas. Vemos morir de a poco la necesidad de cultivar al arte de leer. Vendrán generaciones oscuras, gente con los ojos cubiertos por la ignorancia. Los pueblos ciegos son pueblos dominados. La lectura decreta furia. Crea gente libre. Y allí está nuestra razón para encarar con extrema fuerza y convicción esta lucha cotidiana por una sociedad con igualdad de oportunidades por siempre. Para poder pensar con libertad. Para poder construir una felicidad colectiva.
