No sin alguna lógica amargura, pienso que las palabras esenciales que me expresan están en esas hojas que no saben quién soy, no en las que he escrito. Mejor así. Las voces de los muertos me dirán para siempre”, expresaba Jorge Luis Borges sobre el final del poema “Mis libros”, publicado en la obra La rosa profunda, junto a otros 35 escritos, en 1975, por la editorial Emecé.
Pasaron 101 años del lanzamiento de su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires; ocho décadas, de la revolucionaria aparición de Ficciones, uno de sus pilares literarios; y medio siglo de la última reedición –hecha por él mismo– de El Aleph, el título más leído del autor. En ese marco, y en el mes aniversario de su natalicio, cuatro escritores recuerdan su primer acercamiento a la obra de Borges, eligen subjetivamente diversos términos para caracterizarlo y analizan las marcas que dejó en la literatura argentina y latinoamericana.
Luciano Lamberti, ganador del Premio Clarín Novela 2023 con Para hechizar a un cazador, recuerda haberse acercado por primera vez a la obra de Borges en San Francisco, su pueblo natal: “Fui a un taller de escritura. Ahí había un compañero muy copado que tenía Ficciones, la edición de Emecé. Yo me mostré muy interesado y se lo pedí prestado. Todavía debe estar esperando que se lo devuelva”. A la vez, reconoce que se sintió desconcertado frente a la obra y que creyó no haberla entendido. “Esa fue la primera de muchas lecturas de Ficciones, y ahora me sé varios comienzos de memoria. Siempre es bueno
releerlo en distintas etapas de la vida”, agrega.
Si el autor de La masacre de Kruger (2019) y Gente que habla dormida (2022) tiene que elegir un concepto para caracterizar las producciones de Borges, selecciona la “contradicción”. “Él agarra la dicotomía civilización y barbarie, y escribe con las dos a cuestas: tiene textos en ambos extremos. ‘El sur’, por ejemplo, es la síntesis de lo popular contra lo culto. Le gusta mucho lo narrativo, pero al mismo tiempo tiene un costado vanguardista y experimental; se reconoce en ciertos escritores populares como Robert Louis Stevenson, pero a la vez trabaja con las formas y reflexiona sobre el acto de escribir y las posibilidades”, agrega Lamberti.
Por su parte, la escritora y editora bahiense Valeria Tentoni se recuerda en la adolescencia memorizando el poema “El amenazado”, publicado en El oro de los tigres. Sospecha haberlo sacado de la biblioteca de su padre, un gran lector de Borges que con frecuencia cita, relee y aprovecha las tramas del autor para resolver distintos problemas mundanos. “Le debo a él mi familiaridad con Borges, una distancia salvada por la gracia que tiene para traerlo a nuestras conversaciones”, reconoce.
“Borges me resulta, en el fondo, un escritor punk. Llamó a autores argentinos a escribir ‘lo que
les diera felicidad’, sin importar ningún mandato de argentinidad ni de ningún tipo. También me resulta punk en su faceta lectora: nos llamó a abandonar los libros que no nos dan placer, a abandonarlos inmediatamente, a no perder el tiempo con lecturas de cumplimiento y a diseñar nuestras bibliotecas con independencia y libertad. En resumen, a defender el derecho de leer lo que se nos antoje. Y todo con un sentido del humor adorable”, agrega la autora del libro de relatos Furia diamante y del ensayo El color favorito, entre otros.
Aníbal Jarkowski, escritor, profesor y autor de diversos ensayos sobre literatura argentina, ubica su primer contacto en el Colegio Mariano Moreno, a través del poema “Ajedrez” y del cuento “Las ruinas circulares”. Posteriormente, quiso realizar su propio recorrido y al volver a encontrarse frente a ese libro lo vivió como un rotundo fracaso. Finalmente, el acercamiento real, efectivo y el cual lo hizo sentirse borgeano fue años después, cursando los estudios universitarios.
“Asocio a Borges con la riqueza del idioma, él le dio una dignidad admirable al español. A mí me da mucha alegría ser una persona que habla y escribe en su mismo idioma. Por otro lado, aunque muchos crean que su obra es elitista, en el sentido que selecciona a sus lectores, yo creo que esa idea puede invertirse: Borges confiaba mucho en los lectores, nos creía personas muy inteligentes, comprometidas y apasionadas con esa práctica, igual que él”, reflexiona Jarkowski.
Bob Chow, autor de Todos contra todos y cada uno contra sí mismo (2016), selecciona tres conceptos para caracterizarlo: síntesis, ética y estética. “El primero, porque nunca hacía una de más,y eso representa una de las formas manifiestas de la inteligencia. El segundo, porque sus cuentos parecen excusas para llevar los problemas ontológicos hasta donde besan lo paradójico y, pronto, lo ridículo; sin embargo, nunca eludió la pregunta más sanguínea de la filosofía, la ética, cómo proceder en tiempo real y definitivo. El tercero, porque Borges deviene un filósofo disfrazado de mero cuentista, se luce en esta rama de la madre de todas las ciencias”.
MARCAS, HUELLAS Y ¿LEGADO?
Es innegable que la lectura de la obra de Borges ha provocado, en aficionados masivos y en destacados autores de renombre, una invitación a pensar y repensar la cotidianeidad desde la literatura. Pero, ¿cuánto ha repercutido esto en la posterior producción argentina y latinoamericana? ¿Se encuentran estelas en los autores que fueron contemporáneos? ¿Qué ocurre en la literatura actual?
“Creo que Borges fue tan grande que influyó en la generación siguiente pero de a pedacitos. En Manuel Puig, por ejemplo, en lo popular, escribir tratando de escaparse de la tradición de la literatura culta, eso es Borges. También en Saer, en Piglia, y en otros autores que tienen momentos muy borgeanos. En la literatura actual es más difícil encontrarlo, todos los escritores aman a Borges, pero no observo tantos rasgos”, sostiene Lamberti.
Por su parte, Tentoni afirma: “Borges empieza y termina en Borges: nadie podría adjudicarse su herencia en cuanto a escritor. Pueden encontrarse algunos rastros de sus lecciones de lectura. Hay algunos buenos escritores que le han imitado la voracidad lectora como combustible para sus escrituras; pero hacer nombres es siempre injusto”. En una línea similar se expresa Bob Chow, que asegura que su mejor legado fue haber llevado la escritura a un estándar de calidad internacional y sostiene que “así como ningún filósofo puede obviar a Kant, solo escritores malos pueden escribir como si Borges no hubiera existido”.
Jarkowski coincide en el rol fundamental sobre la experiencia de lectura y sostiene que para seguir el legado de Borges hay que ser su mejor lector: “Piglia fue uno de los mejores lectores de Borges. Después está la posibilidad de escribir como Borges, pero eso ya es otra cosa: uno puede caer en una parodia involuntaria, en un fracaso estético. Yo creo que el legado de Borges hay que buscarlo más sobre las maneras de lectura que sobre las prácticas de escritura. Borges ha producido lectores brillantes en nuestra cultura como Miguel Vitagliano, Alan Pauls o Martín Kohan”.
