Las bibliografías de Osvaldo Soriano suelen fechar el inicio de su obra en 1973, el año en que publicó Triste, solitario y final. Sin embargo, el trabajo con la escritura comenzó previamente con el periodismo, donde encontró un lugar de formación y un laboratorio de historias y formas de narrar. Literatura y periodismo resultaron indisociables en su experiencia, y en el cruce construyó un espacio en el que queda mucho por leer.
Soriano se definió como un escritor proveniente del periodismo. En esa línea hizo presente una tradición donde inscribió a Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, y encontró además una ubicación en ese campo donde las puertas parecían cerradas, el de la literatura argentina en versión de la crítica especializada. También le interesaron grandes escritores ignorados, como Roberto Mariani, no tanto por intenciones de hacer justicia como para indagar las arbitrariedades de los reconocimientos.
Las historias de vida que escribió para La Opinión son antes que nada una exhibición de destreza como narrador y una indagación sutil sobre los modos y la sintaxis del lenguaje oral. Las crónicas de Soriano retomaron una práctica ya desarrollada en el periodismo de los años 60 y compartida con otros redactores del diario de Jacobo Timerman, y le imprimieron un sello distintivo.
Como explicó en Artistas, locos y criminales, la historia de vida requería “escuchar, ante un grabador, durante cinco o seis horas –tal vez más–, a un hombre o una mujer que reconstruían los mejores –o los más terribles– momentos de su existencia” y a continuación “comprimir sin reducir, restituyendo a la vez el sabor del relato, el estilo narrativo del entrevistado”. Los textos presentaban así la voz del personaje en el acto de contar su historia, sin mediaciones aparentes; el cronista pasaba desapercibido porque su trabajo era formal: consistía en la edición del registro y en la construcción del relato.
LA MEJOR NOTA
Si en las historias de vida puso a punto un oído excepcional, en otros artículos surge el narrador. El 8 de febrero de 1972 la prensa informó la detención de Carlos Eduardo Robledo Puch como autor de once homicidios; La Opinión ignoró durante dos semanas el episodio que ocupaba al resto de la prensa hasta que Timerman le encargó “la mejor nota de Buenos Aires” sobre el asunto. Al publicarse en el suplemento cultural, “El caso Robledo Puch” inscribió ya un extrañamiento: el suceso policial hablaba de algo más vasto.
“Opté por la reconstrucción de los hechos según todos los testimonios existentes hasta entonces”, recordó Soriano. Como Dupin en “Los crímenes de la calle Morgue”, el cuento de Poe, indaga en los crímenes a través de las publicaciones periodísticas y logra lo que ningún otro: contar la historia que faltaba. Después de recrear la escena que prologa la caída de Robledo Puch, narra la novela familiar, resalta sus vacíos (“la infancia de Carlos no está grabada en muchas memorias”), destaca episodios traumáticos inadvertidos (la muerte de un abuelo). El estilo con que relata los crímenes, despojado de la hojarasca usual en el periodismo y cuya fluidez figura en la forma el mismo vértigo de la saga, distingue a su crónica del resto de las versiones periodísticas de la época y también de las que siguieron hasta hoy.
El otro factor decisivo en la nota –todavía la mejor versión que se haya escrito sobre el tema, como pidió Timerman– es que Soriano, al mismo tiempo que sigue la historia de Robledo Puch, observa al resto de los actores, cuestiona los intentos de explicación y ubica al protagonista en la trama social. Una sola frase del personaje (“Un joven de veinte años no puede vivir sin plata y sin coche”) le basta para sentar una conclusión impactante: “Robledo Puch desnuda la apetencia arribista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos del éxito”.
Soriano leyó en particular la cobertura de Crónica: los apodos con que el diario de Héctor Ricardo García bautizó a Robledo Puch, el regodeo en lo morboso enmascarado por la indignación moral, la velada homofobia y, finalmente, la creación del monstruo desde el momento en que se habla de una “bestia humana”. En estas versiones el criminal es una expresión patológica extraordinaria, desvinculada de la sociedad, finalmente tranquilizadora para las buenas conciencias.
UN NARRADOR NATO
En la semblanza igualmente magistral de José María Gatica surgen también la crítica hacia la prensa y el arte de la revelación que en pocas líneas patentiza un drama. Soriano insiste en lo que “conviene no olvidar”; así como sus crónicas adquieren mayor espesor con el tiempo –por ejemplo “El Operativo Dorrego” después de la última dictadura militar–, sus novelas –Cuarteles de invierno, para empezar– pueden iluminar las discusiones en la actual coyuntura de la Argentina.
“Soriano simplemente contaba cuentos. Un contador nato, narrador compulsivo que todo lo convertía en relato: lo vivido, lo leído, lo visto y lo soñado”, escribió Juan Sasturain, que en 2023 impulsó la muestra conmemorativa de los cincuenta años de Triste, solitario y final en la Biblioteca Nacional. Un homenaje que situó otro gran legado a la literatura nacional.
El problema histórico de la novela negra argentina es la imposibilidad de reproducir los arquetipos de la novela norteamericana. Soriano, dijo Ricardo Piglia, “encontró una solución genial: traer al personaje de Marlowe, en lugar de inventar un detective, e incluirlo en su novela”. Triste, solitario y final transgredió otras reglas del género, ya que el objeto de la investigación no es un crimen sino la vida de Stan Laurel y Oliver Hardy. Sin embargo, la reflexión que induce no es menos cáustica en términos de crítica social que las de los admirados maestros del género negro.
Soriano contempla a la cultura estadounidense a la luz de las humillaciones y el olvido que padecieron el Gordo y el Flaco. La revelación que pone en foco la novela está condensada en “el error de hacer reír”, como tituló una nota en La Opinión. La frase reformula una observación de Buster Keaton: la técnica de aquellos cómicos “se apoya en el ataque a la propiedad privada y a la autoridad, la gente de este país no se los perdonará”.
En una entrevista citada por Ángel Berlanga en su biografía, declaró que “la ficción, cuando funciona, crea un terreno, una suerte de pacto similar al de una conversación”. Soriano tuvo en claro como pocos cuál era su parte en el pacto: lo que convence en un escritor, dijo, es el tono, la manera de relatar. Esa vuelta de tuerca abre el terreno en el que sigue siendo un maestro.
