“Anivel mundial, Borges encarna, entre otras cosas, al poderoso mito del gran poeta ciego: el mito detrás de Homero mismo, el fundador de la épica de Occidente que, como el adivino Tiresias, recibe un don prodigioso a cambio de la pérdida de la vista”, dice la escritora María Rosa Lojo al reflexionar sobre uno de los argentinos que pueden considerarse universales, como Diego Maradona y Eva Perón, por mencionar dos que están en el mismo podio que el genial escritor, más allá del ámbito en el que se desplegaron.
María Rosa Lojo es autora de más de treinta libros, entre novelas, cuentos, ensayos, poesía, microficción. Es, además, lo que puede considerarse una “borgeana”, apasionada conocedora de la obra y la vida del autor de El libro de arena, que mantuvo siempre una relación contradictoria con la Argentina. “Al fin y al cabo, su actitud es muy representativa de la relación ambivalente, incómoda y compleja, que tenemos con nuestro país”, señala la escritora.
–¿Qué encarna Borges para la cultura actual, en la Argentina y el resto del mundo?
–Para decirlo de manera algo irreverente, Borges es una de las “grandes marcas” de la cultura y de la identidad argentina. Un producto de exportación de primera línea, situado en el top ten de cualquier mapa. Lo sabemos y nos enorgullecemos de eso: tenemos un Maradona y un Messi, un Papa, varios premios Nobel y un Borges (incluso, en otro orden, hasta una reina Máxima de los Países Bajos). Aun para quienes no son lectores está claro que Borges nos distingue; es visible como un estandarte, una bandera nuestra donde sea que se lo nombre. Lo es, aunque haya decidido morir en Ginebra y acaso por eso mismo: al fin y al cabo, su actitud es muy representativa de la relación ambivalente, incómoda y compleja, que tenemos con nuestro país, al que amamos y odiamos, y al que añoramos, a menudo con nostalgia desgarrada, cuando no estamos en él.
–El peso de Borges trasciende las fronteras del país.
–Así es. En cuanto a lo que su figura encarna dentro de lo que podríamos llamar el “nivel universal”, me parece que se le asocia, entre otras cosas, con el poderoso mito del gran poeta ciego: el mito detrás de Homero mismo, el fundador de la épica de Occidente que, como el adivino Tiresias, recibe un don prodigioso a cambio de la pérdida de la vista. No olvidemos que Umberto Eco, en El nombre de la rosa, inventó al sabio Jorge de Burgos, el venerable bibliotecario ciego, inspirado en su imagen. Harold Bloom incluyó a Borges en El canon occidental, muy poco generoso con la literatura en español. En un imaginario general de la cultura podríamos decir que ocupa el lugar de la sofisticación del pensamiento, del juego intelectual estético y filosófico que le permite anticiparse incluso a las teorías de la física y desde ahí trabajar sus originales relatos. Sobre eso escribe justamente Alberto Rojo en su libro Borges y la física cuántica.
–¿Puede decirse que es el principal escritor argentino universal?
–Hoy por hoy creo que sí. Está a la cabeza de los argentinos más citados, estudiados y traducidos en todo el mundo.
–¿Se ve la marca de Borges en las nuevas camadas de escritores? ¿Cuáles serían?
–Aunque Borges ha triunfado sobre todas las “grietas literarias” y hasta “político-literarias”, hasta convertirse en el San Martín indiscutido de nuestras letras, paradójicamente creo que la herencia borgeana, en lo que hace a sus marcas sobre la práctica de la escritura, pesa menos que antes. La estética del mot juste (la palabra justa, irreemplazable, precisa) tan borgeana, la restricción expresiva, el rechazo de todos los excesos barrocos que caracterizó al Borges maduro, tiene poco que ver con el auge de lo paródico cultivado por Carlos Gamerro y otros autores (aunque eso sí está en Bustos Domecq, el otro yo de “Biorges”: Borges y Bioy) o con los mundos imaginarios que predominan, como es el caso de Mariana Enriquez, gran cultora del gótico contemporáneo, o de Cabezón Cámara y su transgresora desbordada poética de la sexualidad. Las diferencias no tienen por qué implicar un “descenso de calidad”. Se trata de estéticas distintas, más afines, quizá, a escritores menos apreciables en lo literario para las coordenadas del Grupo Sur, donde Borges fue muy influyente. Mariana Enriquez, por ejemplo, me parece tanto más cercana a Sabato que a Borges o a Piglia. Pero no hay por qué imitar su estilo para “escribir bien”. Lo dijo él mismo: sería una gran equivocación “confundir a un escritor con la literatura”, por excelso que este fuese. No existe “una” manera “correcta” de escribir.
–¿Cuál es el principal legado de Borges como artista?
–Borges fue capaz de hacer una extraordinaria narrativa encarnando brillantemente en acciones y personajes problemas de la filosofía, dilemas teóricos, temas teológicos. Piensa desde adentro de la literatura, en un abanico fascinante de variaciones, y hace estallar a menudo las coordenadas lógicas. Ve una cuestión desde un lado y desde otro y otro, como un prestidigitador multifacético. No sé si ese es su principal legado, al menos es la faceta de su arte que me atrae particularmente.
–Hubo un Borges político también, en el sentido de sus posiciones públicas, no de su actividad. ¿Qué lugar ocupa ese Borges en el imaginario argentino de hoy?
–Bueno, ese anciano ciego e irónico, apoyado en su bastón, ya no aparece en los medios para responder chicanas con otras provocaciones que doblan la apuesta. Estamos lejos de los 70, en mi adolescencia, cuando quienes leíamos a Borges con admiración –a mí sus cuentos me deslumbraron de entrada– casi teníamos que ocultarlo para no quedar tan desfasados de la corrección política juvenil de la época. Al autor de El Aleph se lo etiquetaba como “gorila”, “cipayo”, “extranjerizante”, artificioso, y hasta superficial o frívolo. Todos esos “anatemas” (así hubiera dicho Borges) obturaban la posibilidad de leerlo de veras. Por mi parte, descubrí casi al mismo tiempo a Borges y a Marechal; ambos se convirtieron de inmediato en referentes dentro del polifónico mapa literario argentino que me fui construyendo, más allá de las posiciones divergentes en el campo político que cada uno asumió en su madurez. No así en sus años de vanguardia, cuando los dos eran íntimos amigos y “jóvenes intelectuales yrigoyenistas”, como lo escenifico en una de mis novelas, Las libres del sur, donde ambos actúan como personajes.
–Su obra trascendió también las fronteras políticas argentinas.
–Me parece que esa carga de negación y de simplificación conceptual hoy se diluye, que la figura de Borges como creador sobrevuela nuestras grietas. Por otra parte, también es conocida y difundida su condena de los hechos aberrantes perpetrados por la última dictadura después de un apoyo o aceptación inicial.
