El poeta y músico mendocino Bernardo Palombo se mudó en 1969 a Nueva York: tenía 21 años. Trabajó como profesor de idiomas y amplió su visión cultural latinoamericanista con múltiples inmigrantes. Diez años más tarde, en 1979, fundó el Taller Latino Americano, un espacio de arte y educación popular sin fines de lucro que brindó talleres, conciertos, exposiciones y conferencias sin barreras. Con El Taller, ¿cuántas vidas vivió y compartió Bernardo Palombo desde Nueva York?
“Doy gracias al Taller Latino Americano, esta casa argentina de cultura creada en Nueva York por el gran Bernardo Palombo, quien murió a fines de febrero de este año”, dice Leo Genovese, el pianista de jazz y compositor santafesino de mayor proyección internacional desde Nueva York. Como a él, Palombo recibió y difundió a incontables artistas en ese espacio esencial para la cultura argentina y continental en Nueva York.
Sobre todo, se trata de un proyecto que busca persistir, como deseaba Bernardo Palombo, quien falleció el 26 de febrero, a los 75 años. Se lo recordó en los periódicos en español en Nueva York, también en Telesur, y amigos mendocinos atesoraron el legado de Palombo siempre junto al Taller Latino Americano: allí llegaron a presentarse Mercedes Sosa, Philip Glass, David Byrne, León Gieco, Atahualpa Yupanqui, Grupo Aymara, Pete Seeger, Luis Días y Larry Harlow, entre otros.
Por su labor sostenida junto a la experiencia migrante, el Taller Latino Americano recibió el Premio al Educador Independiente de Teachers College, de la Columbia University. También nucleó conciertos y talleres sobre cultura latinoamericana para el Museo de Historia Natural de Nueva York y otras instituciones. Sin descuidar su labor pedagógica, cultural –y política– desde el Taller Latino Americano, Palombo también fue un amplio referente musical.
El legado de un grande
Nació el 13 de mayo de 1948 y, ya a los 17 años, en Mendoza, imbuido de los principios del Movimiento del Nuevo Cancionero, había compuesto “Vendimiador”, una canción que le grabó el grupo Los Trovadores. También dejó perlas como “Te digo hermano”, “Defensa de la metáfora”, “Canción del inmigrante”, “Por Violeta” e “Imágenes latinas” –entre más de cien–, y Mercedes Sosa eternizó su “Canción por el fusil y la flor” en un concierto en La Habana, Cuba, en 1974.
“Cuando no sirve la canción porque en la mesa falta el pan, no sé si darte el corazón, mi voz, la flor o algún fusil. El hombre es tiempo que se va, temiendo dura un poco más, mas solo vive si se da en una flor o en un fusil”, entona la Negra Sosa, acompañada por el guitarrista Pepete Bértiz, en la grabación de esa canción que tiene letra de Palombo y música de Damián Sánchez. El pan, el fusil y la flor: el hambre de creación y el arte en la revolución. En ello creía Palombo, que proyectó su ideal latinoamericanista desde El Taller. O, por su título en inglés: The Latin America Workshop.
En sus primeros años en Nueva York, Palombo fue profesor en New School, Sarah Lawrence, Yeshiva University y las Naciones Unidas. Años después, a la par del Taller Latino Americano, hizo trabajos para el cine y la TV, como el documental Powaqqatsi (1988), de George Lucas y Francis Ford Coppola; la película Americas in Transition (1981) y Plaza Sésamo. Siempre con sus canciones bajo el brazo, que también grabaron el mismísimo Philip Glass, Los Guaraguao, Conjunto Libre, César Isella y Lucecita Benítez, entre muchos más.
Como sus obras, el Taller Latino Americano también dejó huellas en la comunidad latina, a través del dictado de clases de español para miles de neoyorquinos en escuelas públicas, y sostuvo una labor pedagógica para los niños (los hijos de los latinos en Nueva York). ¿Cómo dimensionarlo? “El legado de Bernardo es demasiado grande”, cuenta, vía Zoom, Jennifer Pliego, su viuda y directora de proyectos especiales en el Taller Latino Americano. “Él tenía un talento inmenso en música, en arte, en composición, en poesía, pero fue clave en juntar gente, grupos y comunidades. El Taller fue su proyecto más grande.”
En los últimos años, sabe Jennifer Pliego, “hubo un nuevo interés en su música y muchas personas grabaron sus canciones en la Argentina y en Estados Unidos”. Antes de su muerte se editaron dos discos integrales, Madrigal canta a Palombo, y S.A.S. canta Palombo: ambos grupos recorren la paleta de canciones del mendocino, con diversas rítmicas latinoamericanas y coautorías, imbuidas por el mismo espíritu de canto popular y migración sin fronteras.

Homenajes, evocaciones y grandes desafíos
“En octubre de este año habrá un homenaje a Bernardo Palombo en Mendoza, por parte de Damián Sánchez y del cantor Pocho Sosa –adelanta Jennifer Pliego–. Creo que él se hubiera sentido bien por ello. Bernardo dejó de tener una carrera musical para hacer algo muy humanístico. El Taller Latino Americano ha sido un acto creativo y también un caos creativo, porque todos los días él tenía una idea nueva y muchos proyectos geniales en su cabeza. Esperamos continuar con su vivo ejemplo.”
Junto a Jennifer Pliego está, vía Zoom, la colombiana Alexandra Castano, managing director del Taller Latino Americano. “Bernardo animaba la unión colectiva. Todos trabajamos en grupo y hablamos al mismo tiempo, como lo hacemos los latinos –sonríe–. Así integramos el arte en nuestras clases. Uno aprendía una cosa nueva de Bernardo todos los días.”
¿Qué fascina a Castano de la obra musical y letrística de Palombo? “Lo que él hacía era una poesía que conectaba gente y culturas –analiza–. Si bien era famoso en Nueva York, Bernardo era una persona muy humilde. Él nunca decía ‘yo hago esto o lo otro’. Tú lo ibas descubriendo en sus melodías y en sus letras.” Así, su obra se conformó “de canciones de amor, de protesta, de revolución, de unión de los del mundo, de las culturas, las etnias y las personas. Bernardo era un artista sin límites”.
Sin él al frente, El Taller Latino Americano enfrenta grandes desafíos por venir. “Estamos tratando de resolverlos –proyecta Jennifer Pliego–. Yo viví con Bernardo durante veintitrés años y lo ayudé a hacer correr el taller por mucho tiempo. Espero que desde nuestro grupo y equipo tengamos la visión abierta de poder continuar. El Taller es muchas cosas a la vez y siempre está cambiando.”
Más de una vez, en entrevistas, Bernardo Palombo dio un sentido popular y de abajo a la idea del “sueño americano” de los inmigrantes. Jennifer Pliego piensa en ello y dice: “Para Bernardo se trataba del sueño de ser libres. Creo que él solo sintió que la gente debería tener la oportunidad de vivir de la forma que quisiera vivir y pudiera vivir, en Nueva York. Es tan simple, ¿verdad? Pero no existe una sola manera”.
El Taller Latino Americano también fue una expansión de esa reinterpretación popular y latina del “American dream“. “Todos vienen a Nueva York por una razón distinta –amplía Pliego–. Todos venimos aquí porque queremos vivir de una manera diferente. Y porque necesitamos sobrevivir, especialmente en Nueva York. La propia historia de la ciudad es una historia de inmigrantes. Bernardo lo sabía muy bien. Él mismo construyó a partir del desarraigo en Nueva York.”
