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Caras y Caretas

           

Descolonizar la mirada

La investigadora venezolana Esther Pineda G habla sobre los estereotipos de belleza, la cultura femicida y las influencias del colonialismo en la mirada sobre el cuerpo de las mujeres.

Esther Pineda G es socióloga, magíster scientiarum en Estudios de la Mujer, doctora y posdoctora en Ciencias Sociales egresada de la Universidad Central de Venezuela, investigadora y escritora en materia de derechos de las mujeres y discriminación racial, autora de los libros Machismo y vindicación. La mujer en el pensamiento sociofilosófico (2017), Cultura femicida. El riesgo de ser mujer en América latina (2019), Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer (2020), Morir por ser mujer. Femicidio y feminicidio en América latina (2021), El racismo y la brutalidad policial en los Estados Unidos. Del Jim Crow a Donald Trump (2022) y Ser afrodescendiente en América latina. Racismo, estigma y vida cotidiana (2023), publicados por Prometeo. Como poeta es autora de Resentida (2020) y Cuando me rompo escribo poesía (2022), editados por Sudestada.

–Se sabe que la vista llega antes o se anticipa a las palabras. ¿Cómo armaste tu libro Bellas para morir? ¿Cómo se fueron construyendo los estereotipos de belleza?

Bellas para morir surge de una necesidad de comprender los estereotipos de belleza, cómo se construyen, cómo se instalan en los imaginarios, pero sobre todo, por qué nos afectan tanto y a tantas mujeres a lo largo de nuestra vida. Se fueron sumando varios elementos: mi malestar propio producto de haber vivido violencia estética de carácter racista desde la infancia; la identificación de ese malestar con la imagen y corporalidad también en otras mujeres conocidas y desconocidas, aunque por distintos motivos, no solo raciales, sino también por el peso, la edad, la corporalidad en general; crecer en una sociedad como la venezolana donde la belleza es vista como un valor y la modificación corporal una exigencia ineludible; ver y leer nota tras nota de prensa en la que se reseñaba la muerte de mujeres por la realización de cirugías estéticas o inyección de biopolímeros. Todo esto me llevó a querer encontrar explicaciones que trascendieran lo individual y a hurgar desde una perspectiva sociológica en esos aspectos estructurales, y que me han permitido evidenciar que los estereotipos de belleza han estado presentes en las diferentes etapas del proceso histórico social, que van cambiando de acuerdo con distintas coyunturas políticas, económicas, artísticas y organizativas de la sociedad, y que se profundizaron en el siglo XX gracias a los medios de comunicación que permitieron difundir masivamente estos ideales de belleza en articulación con una industria de la belleza que a través de la industria cosmética, farmacológica y quirúrgica durante décadas les han vendido a las mujeres esas supuestas soluciones a las inseguridades, inconformidades y aspiraciones corporales creadas y masificadas a través de los medios de comunicación.

–¿Qué influencias tiene el proceso colonial en la construcción de la mirada sobre el cuerpo de las mujeres?

–Los ideales de belleza son previos al proceso colonial, ya existían, y por tanto se construyeron y fundamentaron en la blanquitud. A lo largo de la historia lo bello fueron los cuerpos exaltados por el arte grecorromano, las ninfas del período medieval, las vírgenes, los ángeles. Lo que hizo el proceso de colonización fue profundizar esa idea de la belleza ya existente y asociada a la blanquitud, pero ahora además, en un contexto en el que se construyeron narrativas racistas que permitían perpetuar la dominación contra aquellos que fueron racializados; es así que todo lo que tuviese que ver con la negritud o lo indígena fue considerado feo, poco atractivo, primitivo, indeseable, repulsivo; concepciones que se instalaron también no solo para mantener los imaginarios de belleza en torno a la blanquitud, sino sobre todo, para evitar la vinculación sexo-afectiva de carácter interracial.

–En tu libro Cultura femicida analizás la subvaloración de la vida de las mujeres en relación con la vida de los hombres, su concepción como prescindibles, pero sobre todo, sustituibles.

–La cultura femicida es un concepto que desarrollé para visibilizar aquella estructura sociocultural en la que se subvalora la vida de las mujeres en relación con la vida de los hombres, donde se las concibe como prescindibles, pero sobre todo, como sustituibles. Una cultura femicida es aquella donde se acepta, permite, naturaliza y justifica el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres; donde se promociona, promueve e incita este tipo de crímenes, mediante su transmisión y aprendizaje a través de los distintos agentes socializadores, así como a través de su cotidianización en los distintos productos culturales desarrollados, por ejemplo en el cine, la música, la pintura, la literatura, los videojuegos, las series, la publicidad, los memes, en donde el asesinato de una mujer se vuelve algo rutinario. Ahora bien, visibilizar esto no apunta a desproveer de responsabilidad individual a los perpetradores de los femicidios, sino a dar cuenta de que para que estos crímenes ocurran hay toda una estructura social anterior y posterior, es decir, que favorece su ocurrencia, y posterior a su comisión, los justifica y revictimiza a las víctimas. Por ello el abordaje y erradicación de los femicidios requiere la atención de la violencia puntual, individual, particular; pero sobre todo, requiere que sea vista y abordada de forma estructural, solo así es posible prevenirla.

–Dentro de la  historia del pensamiento filosófico, las mujeres fueron invisibilizadas o interpretadas con muchas limitaciones. En tu libro Machismo y vindicación lo analizás muy bien. ¿Qué continuidades ves en el presente?

–En el pensamiento religioso, filosófico y científico durante décadas se divulgaron y reprodujeron narrativas en las que se insistía en que las mujeres eran objetos, y que eran inferiores y propiedad de los hombres. Estos mensajes, además, no eran cuestionados, porque se suponía que al provenir de dios, la filosofía y la ciencia, eran nociones legítimas, incuestionables. Fue el feminismo el que vino a confrontar estas ideas, a cuestionarlas, a desafiarlas; sin embargo, este pensamiento está profundamente arraigado en nuestras sociedades, esa idea de que las mujeres son objetos, inferiores y propiedad de los hombres es laque sigue habilitando la desigualdad, la discriminación y la violencia contra las mujeres. En la actualidad esas narrativas estereotipantes, estigmatizantes y confinatorias de las mujeres son expresadas, difundidas, masificadas principalmente por parte de líderes políticos a nivel mundial y de las diversas tendencias políticas, quienes desde su alcance y liderazgo contribuyen a reforzar las ideas sexistas sobre las mujeres.

–Al leer tus libros se percibe que el objeto de estudio de tu obra es un recorrido por tu diario personal. ¿Es así? ¿Cómo fue tu proceso de investigación?

–En realidad no, si bien mi condición de mujer, negra y latinoamericana, aunada a la vivencia del sexismo, el racismo y la violencia estética han sido el punto de partida motivacional para interesarme y preocuparme por estas problemáticas, mi obra no tiene un carácter biográfico ni experiencial; en estos años de carrera me he esforzado en producir una obra que trascienda lo individual, mi experiencia personal; por eso siempre insisto en aclarar que mi trabajo es sociológico, que a mí no me interesa hablar de mi vida o mi experiencia sino que apunto a problematizar sobre determinados fenómenos sociales, encontrar sus causas estructurales, los procesos mediante los cuales se realiza, se sostiene, se reproduce, se masifica, cómo nos afecta colectivamente y cómo podemos también colectivamente transformarlo; intento siempre alejarme de interpretaciones individualistas, que lamentablemente son las que proliferan en la actualidad y que no es casual, en un contexto en el que nos quieren convencer de que todo lo que nos ocurre es por culpa exclusivamente nuestra, lo cual desprovee de responsabilidad, compromiso e involucramiento a la sociedad, pero sobre todo, al Estado y a los agentes socializadores como la familia, la escuela, los medios de comunicación, las redes sociales, entre otros.

Escrito por
Silvina Pachelo
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