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Caras y Caretas

           

El fin de una utopía

Cuando los militares quisieron clausurar los baños de Roberto Plate en la muestra Experiencias 68, los artistas participantes sacaron sus obras a la calle y las quemaron. Fue el comienzo del fin del Di Tella.

En mayo de 1968 algo pasaba en Florida 936, espacio conocido como la Manzana Loca. Experiencias 68 nucleaba a un colectivo de artistas de la vanguardia de esa época. El director del Centro de Artes Visuales –más conocido como el CAV– del Instituto Di Tella, Jorge Romero Brest, lo explicó así: “Fueron convocados un grupo de doce artistas jóvenes que coincidían en el espíritu destructor de la obra artística tradicional. Convocamos a los contempladores a relacionar imagen y concepto. Y a comprobar que, pese a las diferencias entre estas experiencias y lo que tradicionalmente se ha llamado obra de arte, la relación persiste. Que si la obra de arte, como cosa, tiende a desaparecer, según lo vengo sosteniendo desde hace años no desaparecerá el arte, el cual solamente cambiará de aspecto”.

Antes de las Experiencias (cuya primera edición fue en 1967, y la última en 1969), este evento consistía en un premio que le otorgaba una suma de dinero a quien lo ganase y una estadía en el extranjero. El colectivo de artistas solicitó repartir el monto entre quienes participaran para costear la muestra; así nació esta muestra.

La del 68 contó con trece obras. El espacio era grande, los y las artistas fueron tomando diversos rincones para montar sus obras. Roberto Plate eligió el centro, allí montó dos puertas con sus respectivos marcos, ambas color blanco. Las manijas, doradas, y en el mismo tono, dos siluetas. Una de mujer, otra de varón. Del otro lado de la puerta no había sanitarios: entonces, la gente que asistió hizo lo otro que se hace cuando se encuentra con un baño público. Dejar una frase escrita. Según Plate, el propósito de la obra era “representar un baño en el cual los actos placenteros de descarga físicos sean reemplazados por actos de descarga emocional”. ¡Vaya si logró cumplirlo! Alguien, en algún momento, escribió “Onganía” y una palabrota.

Frágil autoestima la de aquel presidente de facto que mandó primero a verificar el hecho y luego a clausurar el baño. Oficiales de la comisaría 15 se acercaron y colocaron en los baños unas bandas de censura para impedir su entrada. De todos modos, la policía estaba acostumbrada a asistir al Di Tella. El montajista Jorge Nocera contó que a partir de 1965 era normal que hubiera razzias policiales.

Como muestra de solidaridad con Plate, el resto de los artistas decidieron entonces retirar sus obras a la calle y las prendieron fuego. La decisión fue espontánea y hubo una sola obra que no pudo salir a la calle, la de Alfredo Rodríguez Arias. El Retrato de Freud era enorme y no tenían la llave para abrir las puertas del CAV; el resto de las obras formaron una montaña y se perdieron en las cenizas. Según pudo saber Rodríguez Arias, su Freud terminó siendo el techo del gallinero de un trabajador del Di Tella.

Además del retiro de obras, el colectivo de artistas redactó un comunicado: “Esta es la tercera vez que en menos de un año la policía suplanta las armas de la crítica por la crítica de las armas, atribuyéndose un papel que no le corresponde: el de ejercer la censura estética. Por lo visto no solo tratan de imponer su punto de vista en la moda y los gustos, con absurdos cortes de pelo y detenciones arbitrarias de artistas y jóvenes en general, sino que lo hacen también con la obra de esos artistas. Pero los artistas e intelectuales no han sido los únicos perseguidos: la represión también se dirige contra el movimiento obrero y estudiantil; una vez logrado esto, pretende acallar toda conciencia libre en nuestro país”.

EXPERIENCIAS 69

Hubo una edición de la muestra el año siguiente del escándalo, aunque muchos artistas, dada la creciente conflictividad social, habían abandonado permanentemente el arte para dedicarse más completamente a la política. La muestra se dividió en dos ediciones (I y II), una dedicada al arte visual y la otra a la arquitectura. El artista Eduardo Vigo la describió así en una reseña publicada en la revista Ritmo: “En 1969 se conjuga a ‘calma’. Un hecho nuevo, porque no se usa la vía ‘material-lúdica’ de la participación, sino que esta toma formas de acción a nivel de pensamiento. Las encuestas que la mayoría de los trabajos proponen obligan a pensar cada situación. El espectador es activado por interrogatorios constantes. La contemplación ha sido descartada y si aparece no tiene razón de ser”.

Romero Brest dijo sobre la propuesta: “Hubo como nota común la presentación de situaciones creadas para que el participante se comunicara consigo mismo y con los otros”.

Por ejemplo, la obra presentada por Grupo Frontera (Mercedes Esteves, Inés Gross y Adolfo Bronowski) consistía en una cabina de grabación donde se le hacía una pregunta al participante y se filmaba la respuesta. Al salir, el o la participante veía su respuesta junto a la de otras personas en distintos aparatos de tele. Sin la participación o interacción del público, la obra no podía constituirse como tal.

En mayo de 1970, Florida 936 cerró sus puertas. La situación presupuestaria era insostenible y fue imposible seguir financiando la expresión e investigación artística. Pero además de la falta de dinero, había tensiones internas y externas que excedían a las lógicas represivas de la época: “Era el epicentro de una Argentina industrializada que miraba al futuro dentro de un contexto neoliberal. Y eso se trasladaba al arte, pero para nada esnob ni extranjerizante. Ese problema lo tenían los reaccionarios, que querían seguir con el cuadrito y rechazaban nuestra modernidad. Y, claro, estaban furiosos porque estábamos trayendo una cosa nueva, más contemporánea. La academia estaba en contra nuestra y también la izquierda. Estar en contra nuestra era estar en contra de algo progresista”, dijo David Lamelas en el libro El Di Tella. Historia íntima de un fenómeno cultural, de Fernando García.

Según reflexiona García en su libro, el Di Tella fue especial e irrepetible porque hoy no es posible “imaginar una resurrección industrial de la Argentina y más aún, que una fortuna semejante eligiera asumir los riesgos de tal aventura con total libertad y desprejuicio”.

Escrito por
Marina Amabile
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