• Buscar

Caras y Caretas

           

Los últimos rugidos del león herbívoro

El 12 de octubre de 1973 Perón asumió con la consigna de pacificar el país y atraer inversiones. Atrás había quedado la primavera camporista. Desde el gabinete, López Rega aportaría terror. Fueron ocho meses y dieciocho días hasta que, el 1 de julio de 1974, lo sorprendió la muerte.

Cuesta creer que el lapso haya sido tan breve. Solo un año y un puñado de días separan el retorno definitivo de Juan Domingo Perón al país de su muerte inesperada. Suena a lugar común, pero es rigurosamente cierto: pasó de todo entre el 20 de junio de 1973, cuando el avión que trasladaba al General tuvo que aterrizar de emergencia en la base aérea de Morón –en Ezeiza se había desatado una matanza sin precedentes en la historia nacional–, y el 1 de julio del año siguiente, fecha del fallecimiento del tres veces jefe de Estado argentino.

“23 de septiembre: Perón o Perón.” A pocos días de la segunda elección presidencial de 1973, la publicidad de la revista Panorama mostraba dos rostros del candidato, idénticos y enfrentados. Y más abajo, exponía: “La suerte está echada. Pero con un interrogante: el de los sectores internos del peronismo y su capacidad de presión sobre el líder. ¿Hacia dónde se inclina la balanza?”. No pasaría demasiado tiempo en que la pulseada entre la derecha y la izquierda del partido precipitaría una lúgubre respuesta.

El histórico 62 por ciento obtenido por la fórmula compuesta por Perón y su tercera esposa, María Estela Martínez, era un cóctel de anhelos disímiles que excedían el ideario peronista tradicional. Atrás quedaba la experiencia efímera de Héctor Cámpora con el protagonismo de los sectores juveniles que soñaban con una “patria socialista”.

Solo dos días después de aquella avalancha de votos, el asesinato del secretario general de la CGT y símbolo del sindicalismo ortodoxo, José Ignacio Rucci, resquebrajó la nueva era que Perón deseaba encabezar como un“león herbívoro”–según sus ingeniosas palabras– que mantenía reuniones habituales con Ricardo Balbín, su antiguo adversario radical y frustrado compañero de fórmula, e intentaba estabilizar la economía a través del Pacto Social y el Plan Trienal, impulsados por el ministro José Ber Gelbard.

LA MELODÍA QUE ESCUCHABA EL GENERAL

“¿Qué va a pasar en el 74?”, se preguntaba el mensuario Redacción en enero. Desde la tapa, planteaba un estado de situación que, en líneas generales, estaba bien orientado: “Este año Perón tendrá que evitar la inflación, conseguir los créditos prometidos, traer los capitales anunciados, hacer las viviendas publicitadas, calmar a los universitarios, detener la violencia, conformar a los militares e impedir que se divida su movimiento en las provincias”.

Y en la nota de fondo, detallaba: “Mientras Isabelita y López Rega se preparan para heredar el poder, Perón utiliza a la CGT para frenar a la juventud y a Balbín para neutralizar a la oposición. Ese esquema, sin embargo, depende del éxito que obtenga Gelbard con el Plan Trienal y de la peligrosa aparición del fantasma inflacionario. El nuevo año se inició con una serie de grandes expectativas”.

Pero “el General pacifista” -Perón dixit– desató su furia al analizar el primer mes del año luego del copamiento de la guarnición de Azul por parte del ERP. Los discursos del Presidente, en los que abundaban alusiones a “marxistas”, “terroristas” e “infiltrados”, alentaron una escalada represiva que apuntó en particular contra los sectores de izquierda del peronismo, desde gobernadores hasta militantes. En paralelo, la Triple A, creada por el superministro López Rega, empezaba a desplegar su accionar terrorista.

Y el 1 de mayo de 1974, aquel felino vegetariano se transformó en una fiera para rugir desde el balcón de la Casa Rosada contra los “estúpidos e imberbes” de Montoneros que le cuestionaban la derechización del gobierno.

Pocas semanas después, el 12 de junio, su último discurso en público se convirtió en una despedida paternal, arrullada por “la más maravillosa música” compuesta por “la palabra del pueblo argentino”.

UNA TRIBUNA DE DOCTRINA EN TIEMPOS VIOLENTOS

Revisitar las afirmaciones que en caliente expresaban los medios gráficos durante aquel período invita a sumergirse en un contexto complejo y hasta contradictorio, no exento de sorpresas.

El Perón modelo 73 convencía al diario La Nación, que en su edición del 25 de septiembre, al día siguiente del triunfo de la fórmula justicialista, invitaba en su editorial a “mirar hacia adelante”.

“Los argentinos de hoy hemos sido protagonistas de una ruptura de los moldes tradicionales de la política”, señalaba, porque –a su criterio– “casi no había ideas contrapuestas entre los tres candidatos más representativos de la opinión pública” –Perón, Balbín y Francisco Manrique–.

Para el matutino fundado por Bartolomé Mitre, Perón era el hombre “alrededor de cuyo carisma pueden convivir en la actualidad tendencias ideológicas dispares”. Es por eso que para una “convivencia nacional” era necesario afianzar el “orden” y el “respeto a las personas”, valores alejados de las “sectas políticas y antipolíticas”.

Y subrayaba: “El país acaba de decir que quiere mirar hacia adelante. Lo ha dicho con una voz que pertenece no solo a cuantos han votado a favor de quien en definitiva se impuso, sino también a los millones de argentinos cuya opción por otros candidatos solo ha sido una variante de la voluntad de conciliación”.

Las coincidencias entre el ideario enarbolado por el Perón del posexilio y La Nación se reflejaban en el editorial publicado al día siguiente del fallecimiento del líder: “Los ocho meses del último gobierno de Perón –e incluso el discurso que pronunció al día siguiente del retorno definitivo a la Argentina– no dejan lugar a dudas en cuanto a cuál era el propósito de su acción. Esta fue comprendida no solo por los partidos participantes en las convenciones del acuerdo que se llamó La Hora del Pueblo, sino por los partidos y sectores ajenos a ese entendimiento. El objetivo político de tal acción consistía –y consiste– en el fortalecimiento de las instituciones establecidas por la Constitución sobre la cual se asienta jurídicamente la República”.

La misión que le tocaba liderar a Isabel se asentaba en las coincidencias expresadas –según el diario– por la inmensa mayoría de la sociedad, los sectores políticos y sociales e, incluso, las Fuerzas Armadas. “Hay ahora una tarea primordial: llevar adelante el arduo compromiso de afianzar las posibilidades de paz, orden y trabajo ofrecidas por nuestro ordenamiento históricamente legal”. Pero ese anhelo quedó atrapado en la descarnada realidad de aquellos tiempos violentos.

Escrito por
Germán Ferrari
Ver todos los artículos
Escrito por Germán Ferrari

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo