“Norita eterna”, dice el cartel blanco con letras negras que alguien colgó en las rejas de la pirámide de Plaza de Mayo. Habían pasado apenas unas horas de la noticia sobre la muerte de Nora Cortiñas y la gente seguía llegando a esa ronda de jueves que fue homenaje y despedida. Norita eterna. Construyó ella misma esa eternidad a fuerza de estar siempre, en todas partes. Porque si en algo coinciden las descripciones sobre Nora es que siempre estuvo. En cada lucha, en cada reclamo por una causa justa. Norita siempre en todas partes. Norita eterna.
“A mí me gustaría simplemente que me recordaran y dijeran ‘¿Te acordás de Nora? Uy, venía a todos lados'”, la citó el portal feminista Latfem. Y su deseo ya puede darse por cumplido. En los movimientos de mujeres y disidencias, en las marchas por el derecho al aborto, en los reclamos contra despidos o para gritar por la aparición con vida de Jorge Julio López o Santiago Maldonado. Hasta en partidos de fútbol militante en los que se animó a patear. “¿Te acordás de Nora? Uy, venía a todos lados”.
Su cuerpo dijo basta a los 94 años, después de una intervención quirúrgica por una hernia en el Hospital de Morón. Con ese cuerpo de envase pequeño y contenido gigante, Nora Irma Morales de Cortiñas dejó su huella en la historia como una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. Desde ese espacio buscó, hasta el último día, memoria, verdad y justicia. Por la sociedad toda y por su hijo, Gustavo, detenido-desaparecido por la última dictadura cívico-militar desde el 24 de abril de 1977.
Sin respuestas
Norita nació el 22 de marzo de 1930. En una familia trabajadora de origen catalán. Disfrutó su niñez, “con Reyes Magos y todas esas cosas sencillas”, según contó. Encontró el amor de muy joven. Apenas había alcanzado la mayoría de edad cuando Carlos Cortiñas, seis años mayor, le propuso casamiento. En 1952 tuvieron a Carlos Gustavo –a quien llamaban por su segundo nombre– y en 1955, a Marcelo Horacio.
El pensamiento peronista ya formaba parte de la familia, pero la militancia llegó con la adolescencia de los chicos. Gustavo se sumó a la Juventud Peronista (JP) y compartió el trabajo en territorio en la Villa 31 con el sacerdote Carlos Mugica. Cuando el accionar de la Triple A empezó a oscurecer el panorama, Norita trató de que su hijo se alejara para resguardarse. Él eligió seguir. Con la misma convicción y perseverancia que tendría luego su mamá para buscarlo.
Sin experiencia militante, salió a la calle en plena dictadura para saber qué había pasado con ese hijo que le habían arrancado. Pidió ayuda en la Catedral de Morón, se acercó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos.
En esa búsqueda, llegó en mayo de 1977 a la Plaza de Mayo y comenzó a caminar en ronda con otras madres, en una historia que continúa. “La palabra ‘desaparecido’ no estaba en nuestro vocabulario en ese momento. Uno no podía pensar que no lo iba a ver más al hijo. En el año 77 cada madre empezó a buscar y caminar. Y yo me encontré con las Madres en Plaza de Mayo. Este sistema diabólico que es la desaparición de personas es el crimen de crímenes. Quiero respuestas, pero pronto, quedan pocos años para las Madres”, dijo alguna vez. Se fue sin esas respuestas sobre su hijo.
Hasta un club de fútbol
Tras la circulación de mucha información falsa, la confirmación de la muerte de Norita comenzó a inundar de mensajes de homenaje, tristeza y despedida las redes sociales y conversaciones de Whatsapp. Y la Plaza de Mayo, como no podía ser de otra manera.
“Eterna luchadora por los derechos humanos y por la democracia en nuestro país”, la definió la expresidenta Cristina Fernández. “Una madre que recorrió los verbos irreverentes, que le puso el cuerpo a la organización de las Madres en pleno genocidio, que incomodó en democracia por las deudas con el pueblo, que luchó siempre con una sonrisa”, la describió la Red Nacional de H.I.J.O.S.
Las evidencias y archivos que dan cuenta de esa militancia alegre y por todas partes abundan. Pero quizás uno de los datos más lindos para recordarla en su versión eterna sea que un club de fútbol femenino lleva su nombre: el Norita Fútbol Club.
El periodista Ezequiel Fernández Moores contó que fue Ayelén Pujol –integrante del equipo y autora de ¡Qué jugadora!, libro sobre la historia del fútbol femenino argentino– quien se lo informó en 2017. “¡Pero si todavía no me morí!”, reaccionó Norita. Terminó aceptando ese homenaje en vida con un asado para las futbolistas en su casa de Castelar.
Vuela, pañuelito blanco
Además de la sonrisa firme, la garra. En la historia de Norita hay hitos que dan cuenta de su valentía. Como la de todas esas madres que empezaron a caminar en ronda cuando la policía las obligó a circular. Como cuando viajó a Santa Teresita tras enterarse de que habían aparecido cadáveres en la costa, en 1978. Como cuando se metió en la Mansión Seré, centro clandestino de detención, tortura y extermino que funcionaba en su zona, Morón. Quería saber si allí había personas secuestradas, como se decía. Tratar de detectar si entre los gritos reconocía el de su hijo.
Ahí donde funcionó ese centro clandestino operado por la Fuerza Aérea Argentina se construyó un espacio de memoria. Allí, en el mismo lugar en el que se animó a meterse entre represores para buscar a su hijo, es despedida Norita Cortiñas.
Entre mensajes infinitos para decir hasta siempre, hay uno que da cuenta del legado. “Gracias por el amor, por la lucha y por todo lo que sembraste. Seguirás acá en cada pañuelo”, le escribió la banda infantil Canticuénticos. El tema que escribieron para Norita y las Madres hoy se canta en las escuelas: “Vuela, pañuelito blanco. Vuela, que no te olvidamos”.
Vuela Norita, vuela que no te olvidamos.
