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Caras y Caretas

           

El evangelio según Carlitos

Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe nació el 7 de octubre de 1930. Era descendiente de Pascual Echagüe, uno de los héroes de la Vuelta de Obligado. Estudió en el Nacional de Buenos Aires y cursó tres años de Derecho, pero descubrió que su vocación estaba en el sacerdocio. A comienzos de la década de 1960 se vivían los tiempos del Concilio Vaticano II, inaugurado por Juan XXIII en 1962 y clausurado por Pablo VI en 1965, y la Iglesia parecía finalmente optar por los pobres.

A fines de 1967 viajó a Bolivia para pedir la liberación de Régis Debray y Ciro Bustos, detenidos por su participación en la guerrilla del Che, y a reclamarle al presidente Barrientos la entrega del cadáver de Guevara para repatriarlo. De allí viajó a París a estudiar comunicación social y teología pastoral, allá por 1968, justo cuando a mayo se le ocurrió volverse rojo y negro y escribir en las paredes “Dios ha muerto”. Carlos no pensaba lo mismo, pero lo entusiasmaba la rebeldía de aquellos jóvenes que se habían hartado de tanta hipocresía. Fue en aquella ciudad y en aquellos días de barricada que se incorporó al flamante Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que lo tendría como a uno de sus principales referentes.

Cuando volvió, la patria lo esperaba convulsionada, Córdoba estallaba y la dictadura de Onganía, autodenominada “Revolución Argentina”, se caía a pedazos. Mugica se instaló en la villa para siempre, aunque seguía viviendo en su buhardilla en la casa de sus padres en la calle Gelly y Obes. Carlos no se callaba. Denunciaba a los hipócritas, a los mercaderes del templo. Sabía que tenía enemigos muy poderosos y veía cómo un día aparecía la guardería destruida, y otro día robaban la proveeduría y otro día mataban a algún pibe de la parroquia y le ponían una bomba en su casa. Defendió a su compañero, el padre Carbone, detenido por el caso Aramburu; despidió los restos de los montoneros Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus, abatidos en William Morris, y asistió al velatorio de los fusilados de Trelew, velados en la sede del Partido Justicialista. Pero a medida que Perón se acercaba a la Argentina, advertía que había que abandonar la lucha armada y dedicarse a la construcción política dentro del nuevo gobierno elegido por el pueblo para no quedar aislados.

Discutió fuerte con la izquierda peronista cuando aceptó un cargo honorario en el Ministerio de Bienestar Social de López Rega, en el que los que no lo conocían bien veían un acercamiento al Brujo y los que trabajaban con él sabían que era un intento de impulsar la construcción de un masivo plan de viviendas para los millones de sin techo de todo el país. López Rega solo quería el prestigio de Mugica y generarle conflictos y ahondar la brecha que lo separaba de sus históricos compañeros. Sin obtener más que ingratitudes, renunció a los pocos meses.

Una tarde de mayo, un comando de la Triple A, al mando de Rodolfo Eduardo Almirón, mató a Carlos. Diez años después, un tal Juan Carlos Juncos –ex custodio del Brujo– confesó ante el juez Eduardo Hernández Agramonte haber participado en el operativo para asesinar a Mugica por orden directa de José López Rega. En la declaración, Juncos manifiesta que el Brujo le había entregado diez millones de pesos ley 18.188 (unos 10.000 dólares de entonces) para terminar con Mugica, porque “este curita lo estaba molestando políticamente”. El 11 de mayo de 1974, miles de personas acompañaron el cortejo; entre tantas lágrimas e indignación pudo verse por última vez, muy emocionado, a don Arturo Jauretche. Mientras tanto, en la villa, las María Eva empezaban a ensayar su oficio de madres cuidando a las decenas de Carlitos que buscaban su lugar bajo el sol escuchando los acordes de la murga “Los guardianes de Mugica”.

Escrito por
Felipe Pigna
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