Compromiso, sensibilidad, lucha y martirio son los cuatro conceptos que más se repiten cuando se consulta por la figura de quien entregó –literalmente– su vida por los más desprotegidos. Con un camino que comienza en el seno de una familia acomodada de Barrio Norte, continúa con un viaje trascendental a Roma, una carrera de Derecho abandonada por el inicio del seminario sacerdotal y un final abrupto en manos de la Triple A, el padre Carlos Mugica se transformó en ícono y estandarte de la identidad villera.
Diversos referentes, desde distintos campos, admiran y valoran el trabajo llevado adelante por el cura desde aquella capilla Cristo Obrero en el barrio de Retiro. Natalia Zaracho, desde la militancia barrial; Gabriel Mariotto, desde la dirigencia política, y los padres Paco Olveira y Toto de Vedia, desde la misión sacerdotal, recuerdan sus primeros acercamientos a la figura de Mugica, analizan el compromiso de su obra y enumeran las huellas que dejó por la transformación de los sectores más vulnerables.
POLÍTICA Y HERRAMIENTAS
Gabriel Mariotto, político, docente y exvice gobernador de la provincia de Buenos Aires, recuerda que su primer acercamiento a la figura de Mugica fue cuando tenía ocho años: “Estaba con mis viejos, en la cama, mirando un programa de televisión, y cuando aparece Mugica mi mamá le dijo a mi papá: ‘Pero, Juan, a este hombre lo van a matar’. Fue en 1972, dos años antes de su asesinato”. Luego, durante la década de 1990, y ya frente a una cátedra en la Facultad de Ciencias Sociales, Mariotto analizó la vida y obra del cura para realizar un documental.
“Creo que su figura es similar a la de Walsh, por sus inicios y sus finales. A Carlos el 16 de septiembre de 1955 lo encuentra brindando con champagne la caída del general Perón en pleno barrio de Recoleta. Pero después va a un conventillo en la calle Catamarca y ve una pintada en una pared que dice ‘Sin Perón no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos’. Ese grafiti lo impactó como un cross en su mandíbula. Ahí se produjo su transformación: entre la contradicción de la angustia de las clases populares y la expresión orgiástica de su familia en las calles aristocráticas”, relata Mariotto.
Según describe el dirigente político, es en ese momento que Mugica comienza su opción por el pueblo y por el evangelio, se convierte en un militante peronista de base comprometido hasta su último día y termina de consolidar su figura de mártir al defender con coherencia la posición de “estar dispuesto a morir, pero no a matar”.
Por su parte, Natalia Zaracho, diputada nacional y trabajadora de la economía popular, recuerda que quien promovió su atracción por el padre Mugica fue el militante político y social de la década de 1970 Alfredo “Mantecol” Ayala. “Él lo tenía siempre muy presente en sus conversaciones, así que me puse a leer e investigar sobre su vida. Me atrajo desde un primer momento porque entendió que el peronismo y la Iglesia tenían que estar junto a quienes más sufrían, bien cerca de los y las últimas”, comenta.
“Mugica denunció toda su vida las injusticias sociales y retomó cada vez que pudo la cuestión del derecho a una vivienda digna, que es uno de los problemas que continuamos teniendo en la actualidad. Eligió una vida con y para los pobres y lo mataron porque no solo denunciaba lo que ocurría, sino que se organizaba para transformarlo”, sostiene la diputada nacida en Villa Fiorito.
Por último, para Mariotto es central analizar la utilización política y mediática que sufrió Mugica una vez asesinado: “Hay algo terrible sobre su muerte que es la operación política que continúa hasta el día de hoy. Los medios del sistema pusieron y siguen poniendo en duda cómo fue asesinado el padre. La operación de la Triple A, ejecutándolo y tirándole el cadáver a Montoneros, es clásica de la falsificación de la historia argentina. Pasaron cincuenta años y esa falsificación sigue insistiendo en perpetuarse en la opinión pública”.
OBRA Y SACERDOCIO
Una de las cualidades distintivas del padre Mugica fue tener, antes que un compromiso con su misión, una entrega y responsabilidad íntegra hacia la conformación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) durante la década del 60, con los fines de articular una visión renovadora de la Iglesia. Esa característica de líder, pero con la mira siempre en el trabajo colectivo, es subrayada por quienes hoy continúan su obra.
El padre Francisco “Paco” Olveira, del Grupo de Curas en la Opción por los Pobres, recuerda que, tras su llegada a la Argentina, a sus 23 años, los curas de la pastoral de villas y asentamientos de La Matanza encendieron el fuego de Mugica en su persona y, desde entonces, se interesó por estudiarlo.
“Fue un cura que nunca se cortó solo. Sin duda, era la figura más pública del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, pero dentro del equipo actuaba como uno más”, sostiene Paco, y añade: “Ese movimiento que conformó fue determinante: hablaba de liberación o dependencia, sostenía que los pueblos pobres y los pobres de los pueblos tenían que unirse para transformar estructuralmente la realidad, pensaba en la socialización de los medios de producción y ejecutaba un compromiso muy claro con la transformación política”.
Como todos, Paco también remarca el encargo de Mugica con los más postergados y su trabajo en el territorio: “Su compromiso máximo fue en las villas. Él eligió estar al lado de esos hermanos para organizarlos, y ese profundo compromiso fue el que le terminó sacando la vida”. Francisco Olveira, que actualmente trabaja en el barrio Libertad del partido de Merlo, recuerda cuando Mugica aceptó ser asesor ad honorem del Ministerio de Bienestar Social y allí tuvo una disputa con José López Rega: Carlos y la comunidad villera sostenían que las viviendas debían ser construidas de forma cooperativa, mientras
que López Rega pugnaba para que se realizaran a través de una empresa.
“Ese enfrentamiento fue la última gota que rebalsó el vaso para sacarle la vida. Por eso la gente de la villa sabe que Carlos literalmente dio la vida por ellos. Mugica fue un sacerdote, obvio, pero un sacerdocio político, cultural y con los pies en la tierra. Fue un pastor que, fuera de todo simbolismo, se jugó por sus ovejas”, sostiene Francisco Olveira.
En la parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé, en la Villa 21-24 de Barracas, está el padre Lorenzo “Toto” de Vedia. Su primer acercamiento a la figura de Mugica lo recuerda por comentarios de sus hermanos mayores y de su padre. Luego, en 1984, al ingresar al seminario, fueron sus compañeros quienes comenzaron a introducirlo en su persona, para posteriormente involucrarse de lleno con la vida de Carlos al decidir que su sacerdocio sería entre los más humildes.
“Lo describiría como un sacerdote con un corazón muy grande que lo llevó a vivir su misión junto a los más pobres y a vincularse con un mundo que trascendía lo eclesiástico. Tenía una gran sensibilidad, articulaba con los secto res de la cultura, del deporte, de la política, fiel a aquello de que nada de lo humano le podía ser ajeno”, sostiene el referente del Equipo de Sacerdotes de Villas y Barrios Populares.
En la misma dirección que el padre Paco, De Vedia refuerza aquella cualidad de Mugica por configurarse como un líder natural, pero centralizando el trabajo en una obra colectiva y no individual: “Tuvo una trascendencia muy grande, su figura fue central y logró una pre sencia mediática que ayudó mucho al movimiento, pero él siempre quiso mostrar que no era ‘la obra del padre Mugica’ sino el resultado de todo un equipo fundado en las villas. Era Mugica, pero también era Rodolfo Ricciardelli, Jorge Vernazza, Daniel de la Sierra y tantos otros compañeros”.
EL LEGADO
La transversalidad de la identidad generada por Carlos Mugica hace que hoy la continuidad de su obra sea abordada desde distintas áreas. Tanto en la militancia villera como en la organización política partidaria y desde el sacerdocio, la huella, marca e influencia que impregnó continúa hoy, a cincuenta años de su desaparición física, más vigente que nunca.
Gabriel Mariotto, referente de la agrupación que lleva el nombre del cura, sostiene: “Tenía una ejemplaridad de compromiso, de militancia y de concentración de fuerzas en términos de definir el rumbo increíble. Ha sido tan coherente con su lucha que seguir la figura del padre te enmarca en un deber ser que sortea posiciones tácticas o coyunturales. Todo lo encarás a vida o muerte”.
Por su parte, el padre Paco relata: “Siempre me llegó al alma esa oración suya que dice ‘Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no. Perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo’. Esa sensibilidad es la que todos los días le pido a Carlos no perder. Porque cuando vivís en un asentamiento ves tanta miseria cotidiana que corrés el riesgo de naturalizar esa vida inmerecida de nuestros hermanos”.
El padre Toto, por último, afirma: “Mugica nos dejó una huella en el apasionamiento de la misión, en la apertura al prójimo y, por supuesto, en ese sentir de estar junto a la gente humilde. Trabajó para el pueblo y para la Iglesia, pero en el sentido más profundo de la palabra, la Iglesia como la amplificadora de la obra de Jesús. Nunca trabajó para sí mismo. Por eso, nosotros humildemente intentamos continuar su obra con el trabajo de la Iglesia en las villas y con el compromiso social en cada barrio vulnerable”.
