De fachada barroca, enmarcado por un juego de cajas chinas, de textos cuajados y documentos que pasan de mano en mano –desechados por unos, recuperados por otros–, Pobres criaturas, la novela del artista escocés Alasdair Gray (1934-2019), cuya adaptación fílmica resuena hoy con la alharaca del reconocimiento crítico y neófito, propone, desde su bizantino comienzo, celebrar la clase de potencia que solo la imaginación literaria es capaz de despertar.
Se supone que estamos frente a la autobiografía del médico escocés Archibald McCandless. En el clima (y los clichés) de la novela gótico-victoriana, este buen hombre se codea con un genio exuberante y grotesco, el cirujano Godwin Baxter, que hace oídos sordos a todo convencionalismo y es él mismo –con su apariencia y prácticas ajenas al sentido y gusto común– una cachetada sonora a la pacatería victoriana del siglo XIX. De acuerdo con la historia de McCandless, la radiante Bella Baxter (alrededor de ella, de su procedencia y su futuro, gira, después de todo, este artefacto narrativo) es producto de una cirugía que solo las manos milagrosas de Godwin han sido capaces de zurcir.
Resumiendo: el cuerpo de Bella, embarazada de ocho meses, emerge sin vida en un río. El cirujano, reemplazando el cerebro original por el del nonato, logra volver a la vida a la dama, que se encaminará, a partir de ese momento, en una travesía en la que las postas del feminismo, las explotaciones del capitalismo y la irracionalidad de la guerra marcarán su vida y servirán de muestrario para las diversas formas de la injusticia y vileza humanas; las mismas que motorizan, a fin de cuentas, la historia occidental.
En clave feminista

El asunto, sea como fuere, no termina aquí. Seguida de la autobiografía de McCandless, en la habitación de servicio del libro, podría decirse, una extensa carta de Bella funciona como reverso de la patriarcal historia oficial. La voz de la mujer llega para dar su versión de los hechos, descolocar el protagonismo del esposo y, simultáneamente, el retrato que este ha pergeñado de ella, de Godwin y, en suma, de todos los caracteres y las peripecias en general.
Gray se entretiene agregando unas deliciosas ilustraciones de los personajes, un anexo de notas críticas y un par de las reseñas que suscita Una economía amorosa, el libro escrito por Bella, y del que tenemos una sumaria idea gracias a su carta. El autor apuesta, a diferencia de un amigo historiador que menciona en el prólogo, a que el texto que tenemos en las manos es histórico, y no una mera invención suya. Horadada de cualquier manera toda noción de originalidad, Gray (del mismo modo en que lo hace McCandless según Bella) entreteje su novela con ambientes y recursos que remiten, por lo menos, a Mary Shelley, a Poe, al Pigmalión de G. B. Shaw, para explorar menos los modos en que la realidad ingresa en la ficción que para, como hiciera ver Borges, discernir las formas en que la realidad opera de acuerdo con una serie de imbricados relatos que solemos llamar ficciones.
