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Caras y Caretas

           

Los lugares en el mundo de Cortázar

El reconocido escritor tejió profundas relaciones con diversas metrópolis, localidades y pueblos. A continuación, algunas de las que más lo marcaron.

El olvidado pueblo bonaerense y la Ruedu Sommerard se aliaban sin violencia.” Burzaco y París, Oliveira y la Maga. Rayuela. En Julio Cortázar, las ciudades se entrelazan, son terrenos fértiles para perderse o descubrir nuevas preguntas. Del campo a la muchedumbre, de las callecitas que siempre guardan secretos a las autopistas.

Los cafés de Avenida de Mayo, Lavalle y sus tipas de ramas rojizas, la “fealdad con encanto” de la plaza Miserere. A pesar de que no nació ni murió en la Argentina (“Mi nacimiento en Bruselas fue un producto del turismo y la diplomacia”), su obra está plagada de lugares nacionales que recorrió: Chivilcoy en “La otra orilla”; el caserón de Flores en “Cartas de mamá”; el Banfield de “Deshoras” y de “Los venenos”; el Palermo de “Final del juego”; los bailes de carnaval en el Luna Park de “Las puertas del cielo”. Ciudades que él habitó. Y que lo habitaron.

Si bien llegó a declarar que Buenos Aires lo asfixió, luego tuvo una mirada más contemplativa. Con el tiempo, Buenos Aires se convirtió en un refugio de la memoria: “Miro ahora mi ciudad con la mirada del que viaja en la plataforma de un tranvía, retrocediendo mientras avanza (…) Me vuelven los tiempos de estudiante, los bares automáticos de Constitución, la calle Corrientes de las primeras escapadas temerosas de los años ‘30. Son las rabonas de Plaza Italia con un sol caliente de libertad y pocas monedas, de penumbra alucinatoria del Pasaje Güemes, el aprendizaje del billar y la hombría de los cafés
del Once, las vueltas por San Telmo entre la noche y el alba, un tiempo de cigarrillos rubios y tranvía 86, Villa Urquiza y la Plaza Irlanda, donde un breve otoño fui feliz con alguien que murió temprano”.

EN EUROPA

Cortázar es también, y en gran medida, Europa. “En algún momento dijo que París era un poco la mujer de su vida. Era un verdadero flâneur. La ciudad en él no funciona como un fondo de escenario sino como un organismo vivo. En mis indagaciones he podido constatar cómo se da una relación real entre los imaginarios de sus cuentos y de Rayuela (especialmente) y la propia cartografía parisina. He realizado el recorrido de Johnny Carter (personaje de “El perseguidor”) desde el café Les Deux Magots hasta que se sienta con Bruno (su biógrafo en el relato) en el pretil del Sena, y puedo afirmar que hay una causalidad rigurosa. A París la recorre en todos sus sentidos. Una buena amiga suya me comentó en cierta ocasión que no solo caminaba las calles sino que también rodeaba cada cuadra para que no se le escapara nada.”

Quien habla con Caras y Caretas desde España es Miguel Herráez, autor del libro Dos ciudades en Julio Cortázar. ¿Qué buscaba Cortázar en las ciudades? Responde Herráez: “En su deambular, se busca a sí mismo. Lleva a cabo una introspección, un autoescrutinio feroz. Avanza hacia sí mismo en esa exploración
callejera de cafés (el Old Navy en el bulevar Saint-Germain), galerías cubiertas (la Vivienne), el Canal de San Martín, los cines, la sala Pleyel, pretende embeberse de cultura”.

LA PROVINCIA

Buenos Aires. La Europa mediterránea. El tercer eje es la llanura bonaerense. En la Argentina habitó Buenos Aires y Mendoza, pero fue en las localidades del interior de la provincia de Buenos Aires donde se impregnó de aspectos estructurales que marcarían parte de su escritura: el valor de las relaciones, las anécdotas y chismes pueblerinos, la amistad, la aparición de situaciones surrealistas o extravagantes.

En Banfield vive su infancia y juventud. A los 9 años escribe allí poemas y su primera novela. “Bánfield (tilde en la a) era para un niño un paraíso, porque mi jardín daba a otro jardín. Era mi reino”, la definió. En “Deshoras” recordó “sus calles de tierra y la estación del Ferrocarril Sud” y “el halo vertiginoso de los insectos voladores en torno al farol”.

Su casa estaba en Rodríguez Peña 587. Fue demolida. Hoy una placa lo recuerda. A tres cuadras se encuentra la Escuela Primaria 10, entonces llamada “Julio Roca”, donde fue alumno. Hoy lleva otro nombre: “Julio Cortázar”. Actualmente se puede ir a Banfield y hacer el “Camino Cortázar”, poblado de murales, música y literatura.

Chivilcoy (“todas las aguas” en araucano), 160 kilómetros al oeste de CABA, lo recibió en la década del 30. En una carta a María de las Mercedes Arias, en diciembre de 1939, le advertía: “Yo tengo un miedo que no sé si usted ha sentido alguna vez: el miedo a convertirse en pueblero”. Con el correr de los años su visión fue mucho más benévola.

El periodista e historiador local Gaspar Astarita (fallecido en 2003) retrata sus años como docente en la Chivilcoy de 1939-1944, con dos Cortázar: uno encerrado en su habitación, repiqueteando su máquina de escribir con insistencia, “atildado” y “retraído”. Y otro interesado en dialogar con la gente y activo conferencista literario. Fueron épocas de romances con mujeres y de personajes para él entrañables que luego rescataría, como el “piantado” don Francisco Musitani, un “cronopio” que se vestía de verde y que se llenó de dinero vendiendo fonógrafos. Según Astarita, cuando se fue de Chivilcoy, Cortázar llevaba los originales de Bestiario. También se dice que “Casa tomada” lo escribió en la pensión Varzilio de esta ciudad, que el 22 de octubre cumplirá 180 años.

En Bolívar ejerció como profesor. En enero de 1961, desde París, le respondió una tarjeta a Adolfo Cancio, Jorge Andrés Bonati, al gordo Muzio y a Portela, sus amigos de aquel pueblo: “La contesto, Adolfo, en la misma vieja máquina en la que tanto me oíste teclear desde tu pieza en ‘la Vizcaína’”, en referencia al hotel donde se albergaba.

“Pronto harán diez años que vivo en Francia, y aunque voy a Buenos Aires cada dos o tres años, la Argentina empieza a borrarse un poco –acotaba–, como la imagen de un muerto muy querido. Y al mismo tiempo se afina, se perfecciona, y entonces solo me van quedando las cosas hermosas que viví allá; primero de niño, después con ustedes en aquel Bolívar de anchas plazas y sobremesas inolvidables.”

Escrito por
Gustavo Sarmiento
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