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THE BUENOS AIRES’S PUIG

En varias de las novelas del autor villeguense se reconocen diversos lugares de la geografía porteña. Como en una parábola, el escritor en el exilio y sus personajes van desdibujando los recuerdos de aquel topos de ensueños y miserias.

General Villegas. Buenos Aires. La vida monótona y aburrida de un pueblo de la Pampa seca lleva a que el joven que rehúsa la fatalidad de su origen se invente una realidad paralela en la pantalla del cine, fuera del pueblo, primero, en Buenos Aires después. Sin embargo, la escena de su escritura no reconoce una localización geográfica, su deseo está en otro lado. En las “banalidades” del discurso de una tía e incluso de su madre. Así, se hace escritor, y aunque finalmente resida fuera del país, su literatura sigue siendo profundamente argentina. Buenos Aires circula como un espacio donde situar el relato, y a lo largo de los textos puede seguirse un devenir que culmina en una cierta borgiana educación del olvido.

En La traición de Rita Hayworth (1968), su primera novela, la ciudad se fragmenta en las “banalidades” por las que discurren las voces, la irradiación del Teatro Colón, el “teatro de noche” en la fantasía infantil del Toto, la magia de “las confiterías del centro” o el epicentro de la moda que refleja el espíritu de la metrópolis europea (el catálogo de Gath y Chaves o Harrods)

La ciudad lejana es también la referencia mítica desde la que alguien partió para probar suerte, o a la inversa, “escaparse a Buenos Aires” puede ser el sintagma del anonimato que la pequeña aldea no permite.

Como al revés de la trama, Boquitas pintadas (1969) invierte la perspectiva: la ciudad que brillaba desde el exterior se ensombrece desde el interior. Esto se condensa en la pregunta que se hace Nené, la protagonista: “¿Qué gané con venirme a Buenos Aires?”. Si Buenos Aires en la luna de miel era el descubrimiento del soñado cine Ópera, la maravilla de ver a Mecha Ortiz en el teatro Smart o la aventura del teatro de revistas, al casamiento y el establecimiento en la capital les sigue el tedio de la rutina de una mujer de clase media, ama de casa, encerrada con dos hijos en un departamento de algún barrio porteño. La fantasía de los restaurantes fastuosos se resume en las compras en la feria, “puesto por puesto”, porque es más barato.

The Buenos Aires Affair (1973) es un “relato nocturnal” donde Buenos Aires aparece, como Nueva York, de noche y en interiores. El exterior dibuja una ciudad a la que la creciente urbanización ha transformado paulatinamente en “una prisión de cemento, tráfico y vanidad”. Vanidad que no alude ahora al “teatro de noche” del Toto o a las luces de los cines de la calle Corrientes de los 40 y 50. Esa vanidad alude ahora al comienzo de cierto “esnobismo intelectual” cuya coreografía de fondo se ubica entre los 60 y los 70 e incluye la eclosión del discurso del psicoanálisis, la creciente politización y la incipiente represión: un crescendo paranoide. Precisamente, El beso de la mujer araña (México, 1974) se ubica entre la emergencia de la realidad política y un cierto relato del exilio, situando a Buenos Aires como un texto de despedida que va abandonando la identidad civil y política para optar por la patria como la lengua. Buenos Aires se cifra, como la carta cifrada que recibe Valentín, el militante, donde “el cine Monumental es la casa de uno de nosotros y el Hotel Plaza una esquina en el barrio de Boedo”.

LA CIUDAD QUE SE DESVANECE

La geografía de la ciudad se va borrando progresivamente en tanto sólo aparece como el lugar del recuerdo o de lo que ya no está, o pronto va a dejar de estar. “¿Cómo estará la noche afuera?”, le pregunta Molina a Valentín. “Debe estar nublado, con nubes muy bajas a lo mejor, de esas que reflejan la luz del alumbrado de las calles…”

Desde esta perspectiva, en la secuencia final en la vida de Molina –bajo la ficción del informe de inteligencia–, el narrador recorre con su personaje los barrios y los lugares significativos de su historia. “Las calles de los buenos aires aunque estén plagadas de las patrullas de la tiranía, a ellos les parecerían libres y soleadas.” Cada uno de esos lugares de la memoria están todavía presentes pero ya perdidos, vaciados, como dice Barthes, de esa tensión que supone la residencia. El beso aparece entonces como el testimonio del doloroso desanclaje del narrador de su historia en Buenos Aires, y del relato enfáticamente autobiográfico (Puig alguna vez dijo: “Yo soy Molina”).

Esta expatriación, a medias voluntaria –en Pubis angelical (1979) nadie es propiamente un exiliado–, tramita en el plano del lenguaje la posición subjetiva en camino de transculturarse en la equivalencia entre dos formas de la misma lengua (México-Buenos Aires), y arma la mirada desde afuera, ya no nostálgica o deslumbrada mirando a Buenos Aires desde la provincia, sino de quien la mira desde otra escena. Hace entrar la gran ciudad a través del diario viejo con que se envuelven los frascos que recibe la protagonista. Y le permite al autor una suerte de “hazaña didáctica”: la de mostrar Buenos Aires –casi como una guía turística– a los lectores de otras partes del mundo, como el lugar de una elite culta que se deleita con innumerables conciertos y óperas a la altura de cualquier metrópoli en el mundo, y cuyos gustos participan de cierta vanguardia intelectual de los años 70.

Sin embargo, no deja de aparecer la ambivalencia frente a esa patria que se decide dejar. Dice Pozzi: “¿No te das cuenta que era una maravilla única? En un país subdesarrollado y perdido en el fondo del hemisferio sur”. Con la distancia, la ciudad se vuelve paradójicamente más real, y se instala como tierra de la memoria.

En cambio, en Maldición eterna a quien lea estas páginas, Buenos Aires brilla por su ausencia, pierde cada vez más su condición de topos geográfico, redoblado en la perplejidad del protagonista introducida por el recurso de la afasia. En una verosímil simetría, Puig escribe el libro en inglés y luego lo traduce, como intentando reconocer su lengua en otro idioma. Como si mediante “la maldición” el narrador lograra desprenderse de la ciudad como fantasma, la suprimiera como nostalgia y la instalara como subjetividad, hasta llegar a ser un residuo, una inutilidad, un “buen aire”. Cuando la noche tropical caiga sobre Río y cierre definitivamente el ciclo novelístico de Puig, la ciudad, ya sin anverso ni reverso, retornará en la evocación de ese bar de Talcahuano y Tucumán que mira a plaza Lavalle, con la levedad del recuerdo, en ese ejercicio impostergable que para Puig fue la escritura.

Este trabajo fue escrito en 1997 para el libro El Buenos Aires de los escritores, sin publicar.

Escrito por
Beatriz Castillo
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