No es fácil ser isleño. Taciturno, casi ermitaño, de pocas palabras, no es amante de ir seguido al “continente” y prefiere pasar los días en su paraíso personal. La vida en las islas es demasiado sacrificada. Acostumbrado a lidiar con los mosquitos, las sudestadas y las crecidas del río. Si tiene suerte, una lancha con motor será su medio de locomoción. Sino a remar. Experto timonel y hábil para amarrar su embarcación. Probablemente amante de la pesca y, seguro, un gran trabajador.
Esta descripción podría caberle a cualquier isleño pero muchas de estas características engloban la vida de Nicolás Canestra, Nicolín, el habitante más longevo y que más años pasó en la isla Martín García. Llegó junto a su padre, procedente de Italia, en agosto de 1868. Es factible que conozca a casi todos los que están enterrados en el pintoresco cementerio de la isla inaugurado en tiempos de Juan Manuel de Rosas. Los Canestra trabajaron en las canteras de piedra que, años después, se transformaron en hermosos lagos que embellecen el lugar. En la edición No 1.925 de Caras y Caretas, del 24 de agosto de 1935, el redactor Raúl Goldstein (que en 1945 escribiría La isla de Martín García, presidio del Río de la Plata) se topó con Nicolín en la isla y le pareció un personaje tan increíble que le dedico dos páginas de nuestra revista. Así lo describió: “Dos bastones y un andar lento de dos piernas que marcaron senda en la ruta tantas veces recorrida. La cascada pared de un rancho de adobe, rejuvenecido en cubretechos de cinc, o la rugosa corteza de un tronco, bañado de sol que amarillea, le sirve de apoyo y es fin y principio de otra etapa de su paseo. Es viejo, orillando los noventa años, el buen Nicolín, el archivo viviente de Martín García, la isla de las cosas raras (…) Siempre que el cielo combina con la hermosura singular de la isla, sale el viejo a pasear sus años por las calles de naranjos, soleadas y alegres. Antes, poco hace de esto, iba con su esposa, una viejecita menuda y tranquila como él; iban siempre juntos, dos vidas fundidas en recuerdos”. Desde que ella no está, Nicolín esconde aún más su cocoliche y ya casi no habla, tal vez también por su comisura desdentada. Tras su paso los vecinos lo saludan y él responde con un gesto. Sin embargo, “unos metros más allá, donde el sol, tibio y acariciador, filtrándose entre las naranjas de color subido que agobian a los árboles, puso una sonrisa en su boca desdentada; da vuelta y vuelve a nuestro lado”, cuenta Goldstein. –A mí el general Roca me dio un peso…
Y de golpe se lanza a relatar: “Eh… vino dos veces… la prima voltimucha fiesta. Inauguraba esto cuartele. Eh… la segunda fue en cuarentena… estuvo cuarantadía aquí… Venía da Europa… había la peste y… ma… pero yo he conocido presidentes”. Una foto lo atestigua. En la edición No 1.806 de nuestra revista, del 13 de mayo de 1933, puede verse una foto de Nicolín caminando por la isla tomada por el mismísimo ex presidente de la Nación Marcelo T. de Alvear. Esta toma refleja en algo la importancia de Nicolín en la isla. La nota se titulaba: “Cómo vivía el ex presidente Alvear en la isla Martín García”. En ella no solo aparecen el viejo Nicolín y Alvear sino familiares e importantes figuras del radicalismo, como Regina Pacini (esposa de Alvear), Adolfo Güemes (gobernador de Salta durante la presidencia de Alvear y que después fuera trasladado a la cárcel de Tierra del Fuego), Francisca Güemes de Allende y la señora Güemes de Ayerza.
MITOS Y LEYENDAS
En la charla con Goldstein, Nicolín habló sobre algunos de los mitos que rodeaban la historia de Martín García, como el del burro fantasma que solía asustar a los pobladores:
–Eh… eh… era un burro, grandote y chúcaro, todo blanco, que asustaba a los centinelas…
– Pero, ¿era cierto?
–Ma, claro que sí… De noche se venía dispacito, dispacito y pegaba un grito…
–¿Nada más?
–Ma, ¿come nada más? No, no era cosa buena. Lo muchacho se asustaban cuando se le aparecía el fantasma. Alguno tirabanl’arma y corrían…
–Algunos, ¿y los demás?
–Se desmayaban. Hubo que buscarlo y fusilarlo, como a la yegua…
Nicolín se la dejó picando y Goldstein no dudo en repreguntar:
–¿Qué yegua?
–Ah, ¿usté non sabe? Uh… fatantianni… tanti. Lo preso se escapaban, masin saber cómo… uno… do… tre… mucho… Había una yegua que tenía la costumbre de irse de Punta Cañón a la costa uruguaya a nado… dopo, volvía. Se la sospechó… y, mire cómo son la cosa. Lo preso se agarraban a la cola y cruzaban el río.
–¿Y la mataron por eso?
–Le levantaron sumario y se la condenó a muerte. Goldstein aseguró que la historia era muy popular en la isla, y hasta fuera de ella, pero que, por más que lo buscó, nunca pudo encontrar el sumario de condena a muerte del pobre animal.
Nicolín ya habló demasiado para sus costumbres. Prefiere perder su mirada ante la inmensidad del Río de la Plata. Con su pluma exquisita, narra nuestro cronista: “Una pausa que aprovechan sus ojos para profundizar la mirada en la inmensidad del río, como si de allí extrajera los recuerdos (…) La isla es muy bonita, tanto, que nadie que haya vivido un tiempo en ella quiere alejarse ya de allí, y no solo en el viejo se nota igual sentimiento, sino en todos los habitantes, tanto civiles como militares”.
Llega la noche y para el viejo y sus bastones es hora de meterse en su modesta casa centenaria de adobe, “combados los techos por los años, como la espalda de su dueño”. Antes de irse, el cronista lanza su pregunta de despedida:
–¿No quiere venirse a Buenos Aires, Nicolín?
–No. ¿A qué? La isla e linda… la vieca está acá… y soy vieco… muy vieco.
