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Nancy, con las aspirantes

Ilustración: Ricardo Ajler
Ilustración: Ricardo Ajler

Tenía apenas 17 años y hacía solo un mes había comenzado su instrucción en Enfermería y debía sanar todo tipo de heridas de guerra. Como vio cosas sospechosas en el reparto de mercaderías, la expulsaron de manera “deshonrosa”.

“Quiero cambiar el rumbo, quiero aparecer como alguien que estuvo y que hizo historia desde la enfermería y no solo por el abuso o el maltrato recibido, que no es menos serio ni menos importante; pero la mujer en Marina, en esa época, hizo un camino”, suplica frente a la cámara Nancy Susana Stancato, en un corto sobre el rol invisibilizado de las mujeres en Malvinas, dirigido por Gretel Suárez.

Su acercamiento a la fuerza es un camino repetido. En medio del gobierno militar, la economía en su casa sufría momentos terribles y difícilmente reparables. Desde su oriunda ciudad de La Plata vio una publicidad de la Armada que invitaba a terminar los estudios secundarios y comenzar la carrera de Enfermería. Sintió una mezcla de atracción y esperanza en un contexto adverso y, en 1981, ingresó.

Nunca imaginó lo que afrontaría un año después, a sus 17 años. Tanto Nancy, de la segunda camada, como un pequeño grupo de aspirantes de las promociones 80, 81 y 82 fueron designadas en el Hospital Naval Puerto Belgrano para recibir a los heridos de guerra que llegaban de Malvinas. A pesar de ser menores de edad y no estar recibidas, debieron responder y atender a los soldados bajo las órdenes de enfermeras profesionales civiles. En el caso de Nancy, hacía apenas un mes había comenzado con las prácticas de la profesión.

Las aspirantes eran quienes tenían el menor rango, nadie estaba por debajo de ellas en la escala jerárquica. Y eso, en las fuerzas, es casi peligroso. “Nos bailaban mal”, cuenta Stancato, haciendo referencia a los imperativos de realizar distintos ejercicios de forma repetida hasta el cansancio, como salto rana, cuerpo tierra o carrera mar. Esa denigración era apenas el inicio. Luego, y sobre todo con la vuelta de la democracia, llegarían las graves denuncias por violencia física y abusos sexuales.

Al entrar al Hospital Naval Puerto Belgrano había una sala de guardia, que se utilizaba como espacio de clasificación. Allí entraban los heridos y se analizaba a qué sector del hospital serían trasladados por las enfermeras: traumatología, cirugía, quemaduras, etcétera. Lo que más vio Nancy fueron los denominados “pie de trinchera”, provocados por el congelamiento y por las dificultades de vestimenta y calzado. A veces, también, por torturas.

Stancato tiene un recuerdo imborrable que cada vez que puede lo narra minuciosamente, entre lágrimas, frente a la prensa: llega al hospital un chico (ella llama así a muchos heridos de guerra) y una vez acostado en la camilla él le pide que le tape los pies porque tenía frío. Nancy simuló el movimiento de meter la sábana debajo del colchón para tranquilizarlo; aunque la realidad era que el soldado había perdido sus pies. Fuera de la sala donde se encontraba, el teniente le dice a Nancy que deben informarle al soldado de su amputación. Ingresan los dos y el teniente le dice al herido: “Tengo dos noticias para darte, una es que te vamos a regalar un televisor color, y la otra es que no tenés piernas”.

Las aspirantes no tenían ningún tipo de contención más que ellas mismas. Lloraban y se abrazaban mientras lavaban el uniforme después de cada guardia. Nancy comenzó a temerle a la oscuridad, a los ruidos fuertes. Veía arribar combatientes deshidratados, extremadamente delgados. Algunos llegaban a tal degradación “que parecían animales”, cuenta en el documental Las aspirantes.

Con 16, 17 y 18 años debieron enfrentar la soledad, los miedos, el temor de un contexto bélico y, además, la mirada del hombre militar que veía “invadido” su espacio de pertenencia, una cuota extra que las enfermeras civiles no debieron sufrir. Nadie con cargos medios ni altos quería ahí la presencia de las aspirantes. Era un espacio de “ellos”.

Para Nancy Susana Stancato y el puñado de aspirantes que la acompañó en el Hospital Naval Puerto Belgrano, la guerra no finalizó el 14 de junio. Ellas siguieron en funciones hasta mediados de diciembre de 1982, cuando el último de los soldados fue dado de alta.

Para las aspirantes, la posguerra consistió, como ocurrió con otras veteranas que cumplieron funciones en zonas continentales, en una lucha constante por el reconocimiento, por demostrar que “estuvieron ahí”. La Armada lo negaba. La Armada, pero no los veteranos, ya que muchos de ellos habían pasado por las salas de Puerto Belgrano.

NINGUNA DESHONROSA

Stancato formó parte de las fuerzas hasta principios de 1983. Allí le dan la baja, aunque en más de un registro figure que ella la solicitó. Esta metodología fue moneda corriente con las mujeres que se desempeñaron en el conflicto Malvinas.

¿El motivo de la baja? Uno difundido y otro real: el primero, asegura que fue consecuencia de haber encontrado a Nancy sacando yerba y azúcar del cuartel para utilizar los sábados y domingos; el segundo (y real), que fue la sanción por haberla acusado de “traición a la Patria”.

En plena guerra, Nancy había observado que de varios containers se bajaba ropa, alimentos, golosinas y cigarrillos. Preguntó por qué esas donaciones no estaban en las islas Malvinas y le respondieron que no eran necesarias. Indignada, por haber visto en primera persona el grado de desnutrición de los combatientes, lo comentó dentro del alojamiento. La llamaron desde la Dirección para informarle que cometió un acto de “traición a la Patria” y que evaluarían su fusilamiento.

Por varios días se dejó correr el argumento del “robo” de yerba y azúcar. Una vez que tomó fuerza esa hipótesis la llamaron para informarle que no la fusilarían, pero que le habían dado la baja deshonrosa. No sin antes recomendarle que hiciera silencio sobre lo visto y lo hecho durante los meses del conflicto en el sur, porque sabían dónde vivían sus padres.

Nancy nunca volvió a hablar de Malvinas, hasta hace pocos años.

Escrito por
Damian Fresolone
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