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Caras y Caretas

           

Catalina de Erauso y la picaresca del horror

En su nueva novela, Las niñas del naranjel, Gabriela Cabezón Cámara apela a la musicalidad de su prosa para contar una historia truculenta y a la vez colorida, plagada de aventuras, situada en la América de la conquista.

A seis años de Las aventuras de la China Iron, la peripecia escritural en la que reescribió en clave feminista la gauchesca y supo empoderar a la mujer –la china– de Martín Fierro, Gabriela Cabezón Cámara retoma el interés por un personaje –histórico en esta ocasión, del siglo de Oro español– de truculento renombre: Catalina de Erauso, conocida, sobre todo, como “La Monja Alférez”, protagonista de Las niñas del naranjel, su última novela. 

Nacida biológicamente mujer en 1592 y criada en conventos y monasterios, a Catalina le espera una vida tejida de aventuras vertiginosas, traumáticas, crueles. La suya, ha dicho la autora en alguna oportunidad, es una existencia que podría inaugurar un género particular: la picaresca del horror. Decidida a conocer el mundo, a los quince años se escapa del convento en el que su tía ostenta el título de priora y cambia de roles, ropajes y nombre: se corta el cabello, se viste de hombre, se hace llamar Francisco. Su futuro inmediato (y mediato) es sangriento: por un mal habido sentido del honor, se bate a duelo a cada instante y da muerte a quienquiera le cruce una mala mirada; se engolosina con las cartas y las apuestas, pero termina convirtiéndose, por razones varias, azarosas o predestinadas, en una suerte de personalidad pública: el rey le otorga el derecho a portar su cargo militar y a vestirse como soldado y, el Papa, a utilizar el último de sus nombres escogidos: Antonio. Termina, luego, en América, el viejo nuevo mundo. Es en este momento de su vida donde Cabezón Cámara retoma al personaje para hacer de las suyas.  

Cualquiera diría que el trajinar de una vida como la de Antonio –de ribetes de espectacular ficción– bastaría para hacer de ella el corazón de la novela. Y, sin embargo, al tratarse (como se trata) de Cabezón Cámara, es el pulso de la escritura, barroca y pluvial, la que gana la pulseada por el estrellato. Parodiando la lengua castellana del siglo XVII con pronombres enclíticos y algunos (pocos) vocablos de la época, una de las voces de la novela consiste, justamente, en la escritura de una carta. Antonio, que se ha salvado de la horca, huye por la selva junto a dos niñas, una perra y dos monos. Es una de las tantas fugas de su vida, uno más (entre tantos) de los desplazamientos a los que lo ha obligado una cotidianeidad forjada de vicios, ultrajes y violencia. Aunque haya, no obstante, momentos de quietud, momentos de parate, en los que se encargue de redactar (en esa potente prosa a la que nos tiene acostumbrados Cabezón Cámara) una carta a su tía, una carta-confesión. Se lo ha prometido a su Virgen del Naranjel: si se arrepiente, si confiesa cabalmente su pecaminoso modo de vida, estarán –él, las niñas, y por qué no, los monos también, la perra– a salvo.       

Camino al andar      

Por otro lado, un narrador en tercera persona relata tanto el viaje de los protagonistas como los hechos que rodean al capitán español que los persigue. Los diálogos entre Antonio y las niñas, a su vez, instalan la disputa de cosmovisiones y sentido. En un principio, las chiquillas no dejan de ser bárbaras a los ojos de Antonio: indescriptibles e inexplicables desde cualquier conceptualización occidental. Pero, con buena muñeca, Cabezón logra una transición fluida: en su devenir, Antonio comienza a percibir y a experimentar los modos de esta otra cultura (en principio, guaraní) y de la ingobernable naturaleza. Porque si de protagonismos hablamos, la selva, “un animal hecho de muchos”, emerge, y, como la escritura misma, brota, crece, prolifera: “Aquí en la selva los animales florecen y las plantas muerden –le escribe a la tía– (…); todo acá borbotea (…); la selva borbotea llena de ojos: la vida le crece como les crece la lava a los volcanes y la lava fuera árboles y pájaros y hongos y monos y coatíes y cocos y serpientes y helechos y yacarés”.    

Cabezón se las ingenia para que escuchemos, en la musicalidad de su prosa, las penurias, las desigualdades y las discriminaciones de un mundo otro (el renacentista-barroco) como un eco no muy distante de las violencias simbólicas y físicas que acosan a las diversas minorías en nuestra colonizada actualidad. A pesar de la inclaudicable crueldad que parece acechar al corazón humano, de su sed por el sometimiento del otro, de su insaciable apetito capitalista, indolente ante el ecocidio en marcha, existen otras maneras, parece decir la autora; por lo pronto, la de las pequeñas comunidades en las que las personas, animales y naturaleza viven en un constate –salvaje pero armónico– diálogo amoroso. Y en el que el cuidado carnal, la caricia consciente, la escucha atenta, el círculo alrededor del fuego, la narración y el pan compartidos componen el nervio crucial para reeducar la vida y abandonar la supervivencia.   

Escrito por
Tomás Villegas
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