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Caras y Caretas

           

Todos seremos pacientes

Contra la deshumanización de la práctica médica, la neuróloga Anna DeForest narra, en su novela Historia de la enfermedad actual, la experiencia de una subjetividad atribulada en un contexto de cinismo.

Que en cierta medida los médicos deban objetivar a sus pacientes para no caer en los conflictos que trae aparejada la identificación plena no solo es cosa sabida, sino necesaria. Que un médico, o un puñado de ellos, por otra parte, se desternillen de risa por una serie de chistes o bufonadas, que discutan sobre el precio de tal o cual mercancía exhibida en una vidriera sobre la palidez muda de un cadáver es, sencillamente, otro cantar. De algún modo, contra esa clase de deshumanización escribe la neuróloga Anna DeForest Historia de la enfermedad actual, su primera novela, que publica por estos rincones la editorial Fiordo.

Anna DeForest, autora de la novela Historia de la enfermedad actual.

La de DeForest, sostiene la propia autora, es la “generación arruinada”: así como los baby boomers fueron educados al calor de los simulacros escolares por el terror a la bomba atómica, ella –y los suyos– padecieron los entrenamientos preventivos a la pavura que desataron casos como los de la masacre de Columbine. Ese temor generacional se imbrica al privado: su madre, una alcohólica con rasgos suicidas, desatiende sus funciones; su padre violento, otro tanto, denigra a su ex esposa y manipula a sus hijos. La infancia, problemática, deja secuelas en la narradora, que tiene constantes pesadillas con la muerte. Y resulta un problema, no solo personal, sino profesional: un médico no puede tener –no puede dejar traslucir– miedo. Entre otras cosas, Historia de la enfermedad actual es eso: una médica diciendo, vociferando: “Tengo miedo”.

Organizada en capítulos vinculados con problemáticas médico-hospitalarias, la novela traza un recorrido, algo arbitrario, por la dolorosa experiencia de la narradora y sus cuitas con la profesión, con la insensibilidad de sus colegas, con la discriminación (enquistada sobre todo en los pacientes negros) y, claro, con su atribulada historia personal, sofocada por abusos de distintos tipos a manos de diversos padrastros. En su período como residente, la narradora recuerda: “No había ninguna emoción duradera, ningún cierre. Todo el trabajo consistía en anotaciones, sin narración”. De eso, justamente, de organizar una narración –la de su propia identidad como mujer médica–, se trata en gran medida esta Historia de la enfermedad actual: de cómo contar la experiencia de una subjetividad atribulada en un contexto de sufrimiento, caos y cinismo. “Somos responsables, como mínimo –sostiene la autora–, de las historias que nos contamos a nosotros mismos”.

La enfermedad y el miedo a la enfermedad, al cuerpo enfermo; las psiquis conflictuadas que llevan a los suicidios o a sus intentos fallidos; la depresión y sus bemoles, han sido, desde siempre, materia de jugosa literatura. En la actualidad una serie de libros de publicación más o menos reciente (desde Fármaco, de Almudena Sánchez, pasando por S-3. Una memoria, de Bette Howland, a Ciencias de la vida, de Joy Sorman) despuntan cómo casos en que la enfermedad, la internación, la demanda obsesiva ante el discurso médico cobran un estatuto literario por el trabajo sobre la lengua, la perspectiva y la organicidad del conjunto. La de DeForest se percibe, ante todo, y por más que se presente como una novela, como la transcripción de una experiencia, valiente sin duda, pero que deja tras de sí, fundamentalmente, un recordatorio de corte vital, antes que literario; saludable, antes que artístico: disfrutemos del tiempo (sano) que nos quede, porque pacientes, tarde o temprano, seremos todos. Sepamos escuchar nuestro drama, y el de nuestro prójimo.

En el capítulo “Familia de origen”, la narradora cuenta los abusos que sufrió, junto a sus hermanos, de parte de dos padrastros. “Cuando empecé a escribir, lo que escribí fue eso –asegura–. Grotesco, dijeron mis compañeros; prohibitivamente oscuro. El hecho de que haya pasado no lo vuelve relevante, me dijo alguien alguna vez. Pero no es cierto; ahora lo sé. Es de lo más relevante justamente porque pasó, si una aprende a contarlo bien.” Con una experiencia traumática o una vida tejida de cicatrices pueden garabatearse hojas y hojas, pueden escribirse, incluso, libros, volúmenes extensísimos; aunque es sabido: con sufrir, o con estar cerca de los que sufren, no basta para hacer literatura.

Escrito por
Tomás Villegas
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