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Caras y Caretas

           

La crisis del petróleo

En 1973, mientras en la Argentina se ponía en marcha el Pacto Social, los países de la OPEP dispusieron un aumento del crudo como respuesta a la guerra de Yom Kipur. Las consecuencias fueron globales, y en parte explican el fracaso del acuerdo
doméstico entre trabajadores y empresarios.

El acuerdo de precios y salarios del tercer gobierno peronista encontró al mundo con una de las mayores crisis del capitalismo contemporáneo, una de cuyas consecuencias fue la estampida inflacionaria global.

En 1973, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), creada once años antes para defender los intereses de las naciones con más reservas de ese recurso clave, decidió un sorpresivo incremento del precio del barril y se desató un descontrol mundial de las variables económicas.

El aumento fue la represalia del mundo árabe a la ayuda que Occidente, en especial Estados Unidos, le dio a Israel en la guerra de Yom Kipur. En octubre, Egipto y Siria habían intentado derrotar a los israelíes en el eterno conflicto de Medio Oriente, esta vez para recuperar tierras perdidas en la Guerra de los Seis Días, de 1967, y las cosas salieron al revés. Con Arabia Saudita al frente, los socios de la OPEP, donde los países musulmanes eran y siguen siendo mayoría, subieron el precio del crudo 300 por ciento, en una escalada progresiva que arrancó el 16 de octubre y siguió unos meses más.

El cartel OPEP, palabra que empezó a ser odiada por los automovilistas del mundo industrializado, intentó negociar con Shell, Exxon y otras multinacionales privadas. También hubo cruce de visitas entre Washington y Riad, la capital saudita. Se pactó que el combustible para la flota naval estadounidense no tuviera restricciones. Pero no hubo acuerdo sobre los precios domésticos. Estados Unidos y Europa eran los principales importadores de petróleo y sufrieron las consecuencias, un verdadero shock: inflación y recesión, mezcla que se dio en llamar “estanflación”, palabra que inundó los titulares de la prensa y fue aprendida entonces por las mayorías.

En verdad, ya desde 1971 la economía occidental andaba a los tumbos, luego de los “25 años dorados” del capitalismo de posguerra.

En agosto de aquel año, el presidente estadounidense Richard Nixon había roto lo pactado en Bretton Woods en 1945 y sacó al dólar del respaldo en el patrón oro, liberando su cotización y, de hecho, imponiéndolo como moneda hegemónica mundial. Lo hizo, sobre todo, para desatar la emisión monetaria y el presupuesto para financiar el gasto militar de la guerra contra Vietnam, que al cabo igual perdió.

Por otro lado, ya desde fines de los años 60 la tasa de ganancia de las grandes empresas transnacionales estaba en baja y eso fue motivando la búsqueda de un modelo de acumulación diferente al esquema estatal mercado-internista y keynesiano, que tan productivo había sido al capitalismo de esas décadas. Ello daría lugar, con el tiempo, al auge del monetarismo y de las políticas desreguladoras de, por ejemplo, Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Helmut Kohl o, en América latina, impuestas violentamente, de las dictaduras de Augusto Pinochet o Jorge Rafael Videla.

Por eso, para muchos historiadores económicos, ese conjunto de cosas fue la verdadera razón de la crisis, y el estallido de los precios del petróleo, una consecuencia de los desajustes.

UNA CRISIS DEL CAPITALISMO

Lo cierto es que las cotizaciones del crudo y sus derivados se dispararon en todo el mundo, en especial en el norte. Los europeos más viejos recuerdan mucho esos días en que sus bolsillos debieron ajustarse como no pasaba desde antes de las guerras. La entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE, un embrión de lo que hoy es la Unión Europea) estaba integrada solo por nueve países: Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Dinamarca e Irlanda. Sus economías colapsaron. Varias de ellas registraron inflación de dos dígitos. Quizás el índice más alto haya sido el de Gran Bretaña, 27 por ciento anual, peor incluso que en las guerras del siglo XX. Y en Estados Unidos pasó otro tanto. La izquierda mundial soñó que el capitalismo terminaba, como también se había ilusionado en 1929 con la caída de la Bolsa de Nueva York y sus efectos mundiales. No ocurrió.

Los gobiernos occidentales fijaron un tope al precio de la energía y las naftas, hubo racionamiento en las estaciones de servicio y el achicamiento económico llevó al desempleo.

En términos de la actividad económica, en el caso del PBI de Estados Unidos, cayó casi 7 por ciento entre el último trimestre de 1973 y el primero de 1975. El de Japón se contrajo por primera vez desde Hiroshima y Nagasaki, en el mismo lapso.

Entretanto, ya liberado de su convertibilidad al oro, el dólar fue devaluándose y, como eso devenía en menores precios para los países de la OPEP cuando vendían el petróleo, estos siguieron elevando el valor del crudo para no perder.

Otra consecuencia fue que la CEE empezó a preparar el Sistema Monetario Europeo (SME) para estabilizar sus divisas ante la desaparición del patrón oro. Y un efecto más, la coyuntura dio marco al comienzo de energías alternativas el petróleo, para bajar la dependencia. Países Bajos, por ejemplo, limitó la velocidad en las autopistas para bajar el consumo. El gobierno estadounidense y otros llamaron a la población a calefaccionarse menos. Y en Alemania, la policía comenzó a usar bicicletas, cuyas ventas aumentaron más de 60 por ciento en 1973. La era del crudo barato había acabado. Comenzaba otro ciclo económico y productivo.

PETRODÓLARES

Además de subir el precio del barril, la OPEP dispuso recortar su producción, una suerte de embargo como otra forma de castigar a Occidente.

Las ganancias de sus miembros pasaron de 23 mil millones de dólares/año antes de la crisis a 140 mil millones en 1977. Eran los llamados “petrodólares”, que irían a tener otra consecuencia más: su reciclaje a los grandes bancos de Estados Unidos y Europa, y de estos hacia países del sur, que en muchos casos fueron forzados –dictaduras mediante– a tomarlos como deuda. Sí: fue uno de los orígenes de la deuda externa argentina en el período de Videla y Martínez de Hoz, irresuelta desde entonces hasta hoy.

Por todo esto, el acuerdo tripartido de 1973 durante el gobierno peronista no tenía muchas chances de durar demasiado. Aquí, el “shock petrolero” se sintió mucho, como en todo Occidente. En la primera mitad de 1974, las importaciones argentinas subieron 40 por ciento en dólares. Y encima Europa, por su propia crisis, suspendió sus compras de carnes, afectando a las exportaciones argentinas que tenían en ese mercado casi 60 por ciento del total embarcado al mundo. La balanza comercial quedó malherida.

Muerto Perón entonces, con el Rodrigazo y su estallido de precios y tarifas como fin de la experiencia del Pacto Social en 1975, y finalmente con el golpe cívico-militar de 1976 que le siguió, otra historia se abría camino.

Escrito por
Néstor Restivo
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