América latina no se asocia con el concepto de democracia. Sobre todo, en el siglo XX, la imagen de la región era la de unas naciones inestables que pendulaban entre un gobierno legítimamente electo en las urnas y una dictadura feroz. En parte fue así. En 1978, por ejemplo, había solo tres países que no eran dictaduras (tenían gobiernos estrechamente aliados a Estados Unidos): Colombia, Venezuela y Costa Rica.
Hubo incluso dinastías, como la de los Somoza, que reinaron 43 años en Nicaragua. Anastasio Somoza García asumió en 1936, lo sucedió su hijo mayor, Luis Somoza Debayle, y luego el menor, Anastasio Somoza Debayle. El 19 de julio de 1979, los combatientes del Frente Sandinista para la Liberación Nacional entraron en Managua en medio de un abrumador apoyo popular y el último dictador del clan huyó a Miami.
El mundo atravesaba un período extraordinariamente inusual: el poder se había concentrado en solo dos países, con ideologías totalmente antagónicas, que disputaban la hegemonía global: Estados Unidos y su sistema capitalista y la Unión Soviética, referente del comunismo. En ese marco, tener un total dominio de la región para controlarla y dirigirla era vital para Washington. Era tan importante que creó, en Panamá, un centro de formación para que nuestros militares se convirtieran en tiranos: la Escuela de las Américas. A su estilo, mientras de la boca para afuera reivindicaba “el mundo libre” y la legítima dad de la elección popular, hacia el interior del continente sembraba dictaduras sangrientas con la excusa de que nuestros gobiernos eran débiles y acechaba el comunismo.
Como explica el politólogo francés Alain Rouquié en su exhaustivo estudio sobre nuestras dictaduras: “Entre 1962 y 1966 hubo nueve golpes de Estado en América latina (dos en Argentina). Ni João Goulart (Brasil), ni Juan Bosch (República Dominicana), ni Arturo Illia tenían intenciones revolucionarias, ni de cambiar el orden social, ni de acabar con la democracia, sino de avanzar. Los golpes de Estado buscaban limitar las libertades; evitar las formaciones políticas-culturales que no regalaran los recursos, que desarrollaran la industria o que impulsaran la igualdad social”.
“La mayoría de las veces, el comunismo fantaseado –continúa Rouquié en su libro A la sombra de las dictaduras– expresa que (…) para los poderosos las urnas son peligrosas porque así pierden el control”. “Las elecciones pluralistas abiertas representan un riesgo, una amenaza a los intereses” tanto de las élites locales como las del imperio. Salvo dos casos, todas las dictaduras fueron asesinas y respondieron sumisamente a los dictados de EE.UU. Fueron la excepción el general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), en Perú, un gobierno de izquierda nacionalista que, entre otras medidas, restableció relaciones con Cuba y la URSS, nacionalizó los recursos e implementó la reforma agraria, y el general Omar Torrijos (1968-1978), en Panamá, que logró recuperar el canal (donde se encontraba la mencionada Escuela de las Américas). Torrijos falleció en 1981 en un atentado que parecía un accidente aéreo y Velasco, en 1977, de una súbita enfermedad.
LA NORMALIDAD POLÍTICA
Cada dictadura tuvo sus características y sus tiempos. En todos los golpes de Estado estaba el sello de EE.UU., aunque todos los gobiernos estadounidenses dijeron defender “el principio de no injerencia”. El primer golpe de la CIA en la región fue en 1954 contra el presidente Jacobo Árbenz de Guatemala. Árbenz había cometido tres pecados: legalizar el Partido Comunista, planificar una reforma agraria y expropiar –compensando con una indemnización hasta el último centavo– las tierras improductivas de la poderosa empresa norteamericana United Fruit Company.
Pero el hecho que resultó verdaderamente insoportable para el deep state norteamericano fue el triunfo, en 1970, de Salvador Allende, candidato de la coalición de centroizquierda Unidad Popular y su virtual vía chilena al socialismo. El golpe del 11 de septiembre de 1973 propiciado por el general Augusto Pinochet fue brutal. Desde allí no solo se organizó (junto con otros dictadores regionales a través del Plan Cóndor) el exterminio de opositores y militantes sudamericanos, sino que Chile fue usado como campo experimental para la economía neoliberal que, años después, con la caída de la URSS, inundaría a todo el planeta.
En la década de los 70, además de la dictadura argentina, convivieron con Pinochet los generales: Ernesto Geisel en Brasil, Juan María Bordaberry en Uruguay, Alfredo Stroessner en Paraguay, Hugo Banzer en Bolivia, Francisco Morales (sucesor de Velasco Alvarado) en Perú. Hasta la caída de la Unión Soviética (1991) la normalidad política en nuestra región fue la falta de democracia. Con el fin de la Guerra Fría y la convicción estadounidense de que su hegemonía duraría cien años, EE.UU. pergeñó el llamado Consenso de Washington, que involucraba la imposición de la libertad de mercado en su fase neoliberal y de la democracia liberal, es decir, el fin de las dictaduras militares.
Después de tantas décadas traumáticas, llevó mucho tiempo a los gobiernos latinoamericanos posdictatoriales –como el de Raúl Alfonsín– conseguir una democracia de calidad. Por otra parte, el imperio, a través de la manipulación mediática y la propaganda, logró instalar una nueva “cualidad” de la democracia: la alternancia de partidos en el poder. De esta manera el imperio y los poderes locales se garantizaron que ninguna presidencia nacional y popular se prolongara más de dos mandatos y que fuera prácticamente imposible introducir cambios estructurales profundos que pudieran afectar a los poderosos.
En las primeras décadas del siglo XXI, América latina logró elegir democráticamente presidentas y presidentes que defendían la soberanía de nuestros países e implementaban cambios importantes en beneficio de las mayorías populares. Paralelamente el imperio rediseñó sus estrategias e imprimió una nueva dinámica de dominación a través de la deuda financiera, de las guerras híbridas, de la persecución judicial (lawfare), de los golpes blandos y las revoluciones de colores.
En esta tercera década del siglo, con la indiscutible pérdida de liderazgo mundial de EE.UU. y el avance pacífico de China, conviven en la región gobiernos progresistas (Brasil, México, Colombia, Nicaragua, Uruguay, Cuba y todavía Venezuela) con otros como el de la Argentina que adoptan las violentas posturas de la extrema derecha y se arrodillan con obsecuencia ante Estados Unidos. Los tiempos históricos se han acelerado y la región está nuevamente en disputa.
