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Caras y Caretas

           

Lo que Néstor nos dejó

Durante la gestión de Kirchner y luego, cuando acompañó a Cristina en su primer gobierno, se impulsaron leyes que transformaron la vida de las personas de una manera determinante.

Cuando en la noche del 27 de abril de 2003 se confirmaron los resultados de las elecciones presidenciales, persistió el desánimo generalizado que era la marca de identidad de la sociedad argentina, al menos desde la década del 90. El precario triunfo de la fórmula Menem-Romero por escasos dos puntos aseguraba a la dupla Néstor Kirchner-Daniel Scioli una amplia victoria para la segunda vuelta, prevista para mayo.

Sin embargo, la eventual derrota de Menem no parecía a su vez el fin de la excluyente era neoliberal. El ascenso de ese oscuro gobernador de la provincia de Santa Cruz, la “marioneta” de Duhalde, se asemejaba a un capítulo más de la eterna novela local titulada “Hay que cambiar algo para que no cambie nada”. No hubo ningún presagio que anticipara que se avecinaba uno de esos vendavales que, como en 1810 y como en 1945, cambian de una vez y para siempre la historia argentina.

En efecto, la irrupción de Néstor Kirchner en la vida política nacional, como en su momento lo fue la de Evita, fue uno de esos rayos fugaces que parten en dos a la política y cuya luz perdura por décadas iluminando ideales, vidas y sueños colectivos.

En poco más de un lustro, primero en su rol de presidente y luego acompañando la gestión de su esposa, Cristina Fernández, sobrevendrían hechos épicos y transformadores. Por primera vez, un presidente en ejercicio pedía perdón en nombre del Estado por el terrorismo de la dictadura militar; iba a la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada y bajaba los cuadros de los dictadores luciferinos mientras le decía a una tropa encabronada formada en el patio que no le tenía miedo. En pocos años, se derogaban las leyes de Punto Final y Obediencia Debida con las consecuentes multiplicaciones de los rezagados juicios a los responsables del terrorismo estatal. De manera inédita y perdurable, cada nieta/o recuperado se volvió fiesta nacional y un número que hablaba de nuestra buena suerte. Más de una decena de universidades eran creadas en el conurbano bonaerense para que los sectores populares largo tiempo relegados supieran que los estudios superiores también eran un derecho para ellos.

Y aún faltaban muchas plazas celebratorias: la plaza de la Ley de Medios, la plaza de la Asignación Universal por Hijo, la de la noche helada en que se sancionó la Ley de Matrimonio Igualitario, entre tantas otras. Mientras tanto, la Argentina fue una fiesta. Porque el rasgo distintivo de Néstor Kirchner fue introducir la alegría en la militancia. Tal como dijo Horacio González, Kirchner practicaba la política con la misma felicidad de un niño jugando en la playa. Y eso fue así, hasta la plaza del adiós, con miles de cartas y mensajes conmovedores elevados al cielo que agradecían esos años de expansión de derechos. Y como el peronismo se juega en esas cartas, en experiencias colectivas e individuales más nunca solipsistas, en las próximas líneas me voy a permitir la digresión de un recuerdo personal.

NÉSTOR VIVE (EN CADA ORGÍA ORGANIZADA)

Diario personal: 27 de octubre de 2010, noche. Vuelvo caminando desde Avenida de Mayo por el solo goce sadomasoquista que brinda a veces llegar al límite de la extenuación luego de dos días de sueño intermitente. Sigo canturreando el cántico que aún resuena en forma de eco en mis oídos como a veces se pega un jingle absurdo o la canción de moda más estúpida: “¡Andate, Cobos, la puta que te parió!”.

Bajo las escaleras en la estación Facultad de Medicina. Aunque son casi las nueve de la noche de un día feriado, el subte es un hervidero de gente. Me pregunto si es porque es gratis. Me meto a último momento justo en el vagón del tren antes de que cierre la puerta automática porque siento que me va a hacer bien descansar sobre la masa de gente, dejarme llevar por el vaivén, recordar el
calor reciente de la multitud.

La mayoría de las veces, contemplar una belleza me devuelve la alegría. No espero hoy ese consuelo. Siento el cuerpo ajeno, sin capacidad de placer carnal o de deseo. Sin embargo, es un acto reflejo. Mis ojos se clavan en una nunca morena, de cabellos rubios cortos. Deduzco que quizá fueron las largas horas en la plaza bajo el sol las que explican el bronceado brillante que contrasta con su piel blanca. Ojalá, pienso, venga de allí.

Pero estoy en otra. Los pensamientos van y vienen, confusos, locos, hijos del agotamiento. Pienso en cómo cambió mi vida desde 2003. Pienso en el discurso cuando asumió y la sensación de que, por primera vez, el discurso de un presidente se correspondía con mis sueños. Pienso que mis sueños se cumplieron más allá de lo esperado. Poder vivir de la escritura, de la investigación. Saber que mis sueños se enmarcaban y cobraban sentido en un proyecto político más amplio que incluía cada vez a una mayor cantidad de personas. Pienso en la foto de ellos, abrazados y felices, pegada en los carteles de toda la ciudad, y la asocio con esa otra foto, la de Evita llorando su cáncer en los brazos de su marido. Pienso, finalmente, en la Ley de Matrimonio Igualitario. Me duele el cuerpo y siento el peso de mis ojeras.

Un torbellino de gente que sube y baja en la estación Pueyrredón lo acerca, nos acerca. ¿El otro torbellino será hoy pulpo rugiente y mañana cordero? ¿O será el comienzo de un día que rescata, que deja semilla? Siento su mano rozándome sutilmente la pierna y creo que es casualidad. Se posa en mi mano, vuelve a la pierna. Apoya su cuerpo contra el mío y ya no hay dudas. Su mano desciende a mi bragueta. Mi cuerpo reacciona mecánicamente tal vez porque desde la noticia fatídica no tuve ni atisbos de relaciones sexuales. Para la estación del Alto Palermo tengo su mano bajando y subiendo, suave y feroz dentro de mi slip, al que accedió magistralmente abriendo con manos expertas el cierre del jean. Yo solo veo su nuca mientras le acaricio tímidamente, casi de compromiso, las nalgas. De soslayo, mirando hacia abajo y hacia un costado veo que con gesto firme el joven dorado tomó la mano de otro pibe y la metió dentro de sus propios pantalones mientras él seguía jugueteando dentro de los míos. De repente, el vagón del subte se había convertido en una fiesta peronista que hubiera sido la pesadilla de Perón. Después de unos deliciosos y breves minutos, parado detrás de él contemplo el mensaje que me escribe en la pantalla de su BlackBerry: “Lamentablemente me tengo que bajar en la otra estación”.

Baja en Plaza Italia y se da vuelta, confiado en su juventud y su belleza, de que yo lo había seguido. Lo hice con desgano, pensando que sería bueno que las cosas terminaran allí. Sin embargo, lo seguí, cambiamos unas palabras amables dentro de la estación y los teléfonos. Jorge. Cuando nos separamos me sonrió de una manera fresca, encantadora. Me acordé, entonces, de la cantidad de jóvenes que había en la Plaza. Alguna vez Pasolini dijo que para la revolución solo contábamos con la fuerza de los muchachos. Recordé también la Evita de Perlongher, la que baja de los cielos a entregar lotes de marihuana a los pobres y chongos a los putos. Entonces empiezo a entender. El peronismo, a veces, es así: da lo que pedimos, sin metáforas. Cumple. Como las mujeres que le pedían a Evita máquinas de coser. Pero los muertos siempre regresan más radicalizados que cuando estaban vivos.

Bajé en la estación Ministro Carranza. Ya necesitaba un poco de aire en la cara y recibí con alivio la brisa bienhechora. Mis ojos brillaban con un dejo de esperanza porque a esta altura y de repente fue fácil comprenderlo todo. Entonces miré al cielo, a la luna tonta y redonda y le dije: “Gracias, Néstor”.


Escrito por
Adrián Melo
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