“Querido Gato: Siempre me he honrado con tu amistad. Mucho más ahora que ha pasado tanta agua bajo el puente. Ahora, repito, solo me queda pedirle a Dios que te dé tranquilidad y a mí que no me desampare. Algo hemos hecho para merecerlo. Te abraza, Pichuco. 19 de junio de 1967”.
Un mimo postrero en cuatro oraciones. Ya eran grandes los dos. Troilo y Piazzolla se amaron, se admiraron, se malentendieron un rato y volvieron al abrazo. No fueron pares: Pichuco arropó a Astor en los primeros fogonazos del carrerón que le conocemos.
Piazzolla había pasado años de infancia en Nueva York y, en 1938, de vuelta en Mar del Plata, aprovechó el paso del director Miguel Caló por la ciudad y fue tras él. Caló entendió ese entusiasmo y le dio el consejo decisivo: debía irse a Buenos Aires. Y Piazzolla voló.
Las golondrinas tienen por costumbre irse. Astor, hijo único y adorado, voló. Lloraron todos. Nonino le dio doscientos pesos y le pidió que regresara cuando se terminaran. Eso no pasó.
Piazzolla voló sentado sobre el estuche del bandoneón que habría de cambiarle la vida y cambiarnos la música. Se instaló en una pensión triste que se llamaba Alegría. Buenos Aires lo recibió con Buenos Aires, que además tenía adentro a Troilo.
Astor empezó a ir al café Germinal con devoción: ahí estaba Pichuco. Años después le escribió una carta imaginaria a Gardel: “Mi bandoneón y yo nos vamos a Buenos Aires y debuto con Aníbal Troilo. ¿Sabés quién era Troilo? Él era vos tocando el bandoneón”.
En el Germinal, Piazzolla le confesó al violinista Hugo Baralis que conocía todo el repertorio y quería entrar en la orquesta. La fila estaba completa, pero un día Toto Rodríguez se enfermó. Llegó la prueba y ahí fue Troilo: “¿Así que vos sos el pibe que conoce todo mi repertorio? Subí y tocá”. Pichuco, contento y firme, dictó sentencia: “Pibe, nosotros actuamos con pilcha azul. Ya lo sabés. Mañana va a ser con público”. Era diciembre de 1939. Astor tenía dieciocho años.
Cuando Nonino supo que su hijo trabajaba con Troilo, viajó para conocerlo. Comieron tallarines en la casa de Pichuco y, al despedirse, lagrimeó: “Cuídelo bien a mi pibe; tiene dieciocho años, usted sabe lo que es la noche, el cabaret”. Troilo prometió hacerse cargo. Apenas Nonino se fue, Astor invitó a su protector a jugar al pase inglés en Avellaneda. “Gato, vos sos el diablo en persona. Que Dios te salve”, le dijo Pichuco. Regresaron al amanecer, secos los dos.
Piazzolla pasó cinco años en aquella orquesta. Troilo lo bautizó “Gato” –porque iba y venía, inquieto–, le cedió solos y terminó convirtiéndolo en primer bandoneón y arreglador. Astor estudiaba con Alberto Ginastera y probaba en la orquesta cuanto aprendía. “El Gordo era mi chanchito de Indias”. Pichuco le advertía que eso no se podía bailar. “De mil notas que escribía, el Gordo me borraba seiscientas”.
La pelea musical convivía con la confianza. Troilo le encargó “Azabache” y la orquesta ganó un concurso de Radio El Mundo. En “Inspiración”, Astor metió un largo pasaje de violonchelo: algunos bailarines se quedaron escuchando; otros se fueron. Troilo temía que convirtiera su típica en una sinfónica. Piazzolla empujaba todo hacia un lugar que aún no existía. Fischerman y Gilbert escribieron: “Troilo borraba y dictaba los preceptos de la corrección tanguística, pero al mismo tiempo aprobaba y valoraba”.
También soportaba sus travesuras. Una noche, en el Tibidabo, Astor escondió un petardo en el baño para que explotara con el cabaret lleno. El estallido llegó cuando la orquesta ya estaba en escena. Troilo lo miró con cara asesina, pero siguió tocando “como un duque”. “Todavía no me explico cómo no me mató”, recordaba Astor.
EL HASTA PRONTO
1944: Piazzolla da vueltas en la cama en una madrugada de ojos al techo. Piensa que le dirá a Pichuco: “Chau, no va más”. Otra vez, ansias de cielos lejanos. Pucha: dejar a Troilo. Astor tenía veintitrés años y quería su propia orquesta. “Me fui porque quería ser yo mismo”. Para convertirse en Piazzolla tenía que abandonar al hombre que le había dado un lugar, aun cuando una parte de Troilo viajara ya para siempre dentro de su bandoneón.
Muchos lo vivieron como una traición; doña Felisa, la madre de Troilo, lo llamó desagradecido. Los mozos del Palermo Palace, las chicas del Tibidabo y hasta Troilo no entendieron su decisión. El tiempo acomodó la pelea sin borrar las diferencias.
“La única verdad es que yo quería tocar mi música, estaba harto de que me tachara los arreglos y de la vida del cabaret. Pero el enojo se nos pasó rápido. Me quería mucho y yo a él. Cuando formé mi propia orquesta vino a desearme suerte. El Gordo fue hincha del Quinteto”.
Troilo grabó obra de Astor antes que nadie: “Para lucirse”, “Prepárense”, “Triunfal”, “Lo que vendrá”… Juntos escribieron “Contrabajeando”. Piazzolla grabó “María”, “Sur”, “Romance de barrio”, “Responso”. Hubo osadía y generosidad en Pichuco, y un abrazo persistente de Astor hacia aquel tipo de las manos como patios.
En 1967 Ferrer y Piazzolla escribieron juntos “El Gordo triste”, un homenaje en vida a Pichuco: “Por su pinta poeta de gorrión con gomina” es el verso que inaugura la maravilla.
En 1970 Astor y el Gordo volvieron a encontrarse para grabar, solos, “El motivo” y “Volver”. Solo dos bandoneones conversando después de tanta agua bajo el puente.
Troilo murió el 19 de mayo de 1975. Piazzolla estaba en Roma y recibió la noticia “como un mazazo”. Del dolor nació la Suite troileana: “Bandoneón”, “Zita” (la compañera), “Whisky” y “Escolaso”.
Horacio Ferrer deslumbra: “El tango canta con su bandoneón, aquel pájaro wagneriano que extravió el pasaje de regreso porque presintió que en Buenos Aires iba a nacer Pichuco”.
Al fin y al cabo, los juntó ese pájaro raro, que también acostumbra volar.
Zita le regaló a Piazzolla uno de los bandoneones del Gordo.
Y Astor lo tocó como una reliquia, suavemente, porque aquel instrumento no respondía a la fuerza y parecía quejarse si lo apuraban.
