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Rubén Hidalgo, un talento que brilla desde el sur

Bandoneonista y autor de más de doscientos chamamés y tangos, nació en Entre Ríos y desde hace 45 años vive en Bariloche. En 2020 editó su primer disco y hoy, a los 84, sigue tocando como ayer y como siempre.

Los perros ladran cuando estaciono el auto en esta calle angosta de tierra sin vereda, mientras empieza a caer el sol de un viernes de otoño en el barrio La Alborada de Bariloche. De un lado, las casas todas iguales de un plan público de viviendas inauguradas hace cuarenta años. Del otro, dos o tres peldaños abajo, como atrincherada, la casa de Rubén Hidalgo. Dentro Hidalgo me indicará subir a un altillo con ventanal al lago Nahuel Huapi y, más allá, las cumbres blancas de la cordillera.

Sobre una mesa pequeña hay papeles sueltos, recortes de diarios, fotos, pentagramas con alguna de sus doscientas obras registradas. Una producción copiosa escrita a lo largo de kilómetros y kilómetros desde Entre Ríos, la provincia donde nació, hasta Bariloche, la ciudad donde vive. Juglar y trovador, eso es Hidalgo. Creador e intérprete.

De la pared cuelgan reconocimientos, un diploma de ciudadano ilustre y la foto en blanco y negro de una mujer y un hombre uniformado con chaqueta y sombrero con visera. Hidalgo saca de una valija un bandoneón negro, lo recuesta sobre el lienzo rojo de sus muslos, distiende el fuelle, mueve los dedos como tentáculos y balancea el torso con la melodía. Este bandoneón lo acompaña desde los 14 años, tiene 84.

Rubén Narciso Hidalgo es el anteúltimo de seis hermanos. Nació en Concordia el 16 octubre de 1937, en una casa al lado de las vías del tren. Su padre, camarero de ferrocarril, le regaló este bandoneón alemán comprado de segunda mano en Buenos Aires a un compañero ferroviario que revendía en Entre Ríos.

Lo más cercano a un maestro fue Agapito Hernández, músico que le enseñó cómo apretar los sesenta y seis botones del instrumento. El resto lo aprendió solo. Y su promotor –nunca así convenido– fue Santos Amado Maggi, un vecino que al marchar a Buenos Aires, donde tocaría con Francisco Canaro y Mariano Mores, encontró en Hidalgo un reemplazante para los bailes populares a cielo abierto de Concordia.

Empezó a viajar a pueblos y ciudades aledaños y después más lejos. Visitará zonas rurales y urbanas de Santa Fe, Corrientes y Misiones, sur de Paraguay y Asunción, Uruguay, Río de Janeiro, tocará en programas de radio y televisión, hará chamamé, zambas y gatos, polcas, chamarritas y rancheras, paso doble, milonga y tango en un proceso serpentino de exploración musical.

“Cuando llega a Buenos Aires no se encuentra escribiendo tango, se encuentra con músicos de tango. Él recién escribirá tango en Bariloche, porque aquí descubre que es lo que tiene que hacer”, me dice Silvana Grill, coreógrafa que reside en Bariloche hace algunos años.

A la derecha, Hidalgo con su bandoneón. Foto. Pablo Bassi

Grill es directora de la compañía de tango escénico Del Otro Lado, trabaja con obras originales, de autores vivos, contemporáneas. En 2020, plena pandemia, fue curadora del disco Pasión y música, que puede escucharse en Spotify. Con arreglos de músicos de otras provincias, Hidalgo reúne allí diez temas propios: “El correntino” y “El río Limay”, tango y chamamé.

“Lo que me gusta de Rubén es el don de artista popular que va traduciendo con sencillez en una partitura lo que ve en el camino”, dice Silvana Grill. “Hidalgo logra expresarse en todo ese recorrido, cambia su vocabulario, descifra, graba discos, hace música sin haber estudiado y sin más herramientas que un bandoneón.”

En Buenos Aires trabajará con el guitarrista paraguayo Demetrio Ortiz y con la orquesta del paraguayo Virgilio Centurión, con Raúl Barboza y con María Ofelia. Tocará en el centro de residentes paraguayos de avenida Independencia y en el Monumental de Palermo, en el Teatro Verdi y en Mi Ranchito de Isla Maciel, en el Salón Princesa, en cantinas, en cabarets.

De profesión, artista

Rubén Hidalgo viste camisa, pantalón pinzado, campera y borcegos. Vive en este barrio en las alturas de la ciudad junto a su tercera pareja, chilena. Tiene dos hijas, una vive con ellos y la otra en Concordia. Llegó a Bariloche en 1977 junto a su segunda mujer, paraguaya, invitado por un patrón –dice– a trabajar en un café concert.

Desde Bariloche empieza a viajar por trabajo a Neuquén y a otras ciudades del valle. “Pero esos viajes no me rendían, porque el hotel y el transporte tenía que pagarlos yo”, dice en un tono despojado de acentos regionales. “Así que me quedé acá, incursioné en la música con unos residentes entrerrianos que éramos plaga. Cada tanto salía algún festival en clubes y hoteles.”

Trabajó mediodía y noche por quince años en un emblemático hotel céntrico, y tocó en muchos más que ahora menciona. En uno conoció a Juan Taglialegna, pianista de Río Cuarto al que se ligó artísticamente durante 35 años hasta su muerte y con quien formó Bariloche Tango Trío, la agrupación que hoy integra con Juanjo Miraglia y Hernán Lugano.

“El del músico es un ambiente jodido”, dice como epifanía de un rencor. “Todos te abrazan, pero a la hora de tocar un tema mío nadie lo toca.”

En 1992, a punto de cerrar el hotel donde trabajaba, Hidalgo llamó a Santos Maggi, el vecino bandoneonista que le abrió las puertas a los primeros escenarios en Concordia, de gira por Japón, y le pidió si podía generar un contacto para tocar allá. La propuesta fluyó e Hidalgo viajará por cuatro meses a un restorán abierto de martes a domingo por la noche.

“Un 25 de mayo homenajeamos a Atahualpa Yupanqui en un templo budista. La adoración que tienen los japoneses por Atahualpa y Piazzolla es muy grande. Se reunieron 150 personas a hablar de él y después terminamos al pie del monte Fuji comiendo choripán asado por el jardinero de la embajada argentina”, relata.

En Japón Hidalgo también hará de extra para la televisión y escribirá la música de catorce letras de Constante Aguer, autor de “Kilómetro 11”, considerado el himno chamamecero.

–¿Qué lo inspira al escribir?

–Nada en particular, se me mete un tema en la cabeza y arranco, hilvanando notas que queden más o menos bien. Lo más difícil de todo es ponerle nombre. Hice algunas letras, pero no es lo mío.

En 1998 grabará junto a músicos albañiles doce temas en Canto para ti. En 2013 grabó A don Ciriaco y en 2016 Nuestro tango, ambos con el Bariloche Tango Trío, Hugo Rivas y Julio Pane, que puede escucharse en Spotify.

Hidalgo con el Bariloche Tango Trío. Foto: Facundo Pardo

Una noche más

La comunidad paraguaya en Bariloche y alrededores alcanza las mil personas. Horas antes de la fecha patria que conmemora su independencia, los residentes organizan una fiesta en un gimnasio municipal cerca de la casa de Rubén Hidalgo, invitado junto con el Bariloche Tango Trío, aunque el protagonismo será de Sofía Mereles, “la princesita del arpa”, una chica de 13 años de gira por primera vez en la Patagonia.

Hay aplausos y risas, sapucai, hay escarapelas albicelestes y azules, blancas y rojas, hay paisanos vestidos a la tradición.

A mi lado, Hidalgo, de corbata y pulóver en ve, me confiesa que nunca se sintió artista y que nunca hizo el dinero que podría haber hecho.

Se sube al escenario, recuesta su bandoneón sobre el lienzo rojo de sus muslos, distiende el fuelle, mueve los dedos como tentáculos y balancea el torso con la melodía. Suenan “Por una cabeza”, “Milonga sentimental”, “La cumparsita” y todo lo que el público le pide.

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Pablo Bassi
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