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Después de 200 años de ignorarlos, el censo pregunta por los afrodescendientes

Invisibilizada por la historia y “blanqueada” por la estadística desde fines del siglo XIX, la población afrodescendiente está contemplada en el censo por primera vez. La comunidad en la Argentina sería de alrededor de un millón y medio de personas.

Por primera vez, después de dos siglos de deliberado “blanqueamiento” estadístico de la población, el censo nacional incluye una pregunta sobre el origen afrodescendiente. Si bien en el censo de 2010 se incluyó una primera consulta, no era obligatoria y estuvo orientada a algunos barrios de determinados conglomerados urbanos. A pesar de la modestia de las pretensiones, casi 150.000 personas –entre nacidos aquí y en el extranjero– respondieron que consideraron que entre sus ancestros se encontraba alguien de origen africano.

Esta vez, la pregunta permitirá saber con precisión cuántos argentinos se reconocen como parte de esa raíz étnica, y también algunas de sus condiciones de vida.

La comunidad afrodescendiente en la Argentina está compuesta por argentinos cuyos antepasados llegaron de África hace siglos, inmigrantes latinoamericanos del mismo origen e inmigrantes africanos recientes. La presencia de negros en el Cono Sur puede rastrearse a partir del siglo XVI, de cuando datan los primeros registros. Entre 1720 y principios de 1800 entraron esclavos africanos, legal e ilegalmente, al puerto de Buenos Aires, traídos por la Compañía de Guinea. Alrededor de 70.000 personas llegaron a Buenos Aires o a Montevideo en los barcos de los traficantes. Es una cifra significativa si se la compara con la cantidad total de habitantes. Sus descendientes, sin embargo, fueron invisibilizados, como si se hubieran esfumado a fines del siglo XIX.

Negros y negras de la colonia

En los primeros libros de lectura, cargaban su cesta de “empanaditas calientes” o vendían velas o acompañaban amorosamente a “la niña” –blanca o aceitunada pero nunca negra– en su caminata hacia la iglesia. Pulcros, serviciales y abrigados. Los esclavitos porteños.

Como la esclavitud molestaba la conciencia cívica, era habitual que se hiciera un distingo entre el destino de la negritud en el Río de la Plata –”eran como de la familia”– y las crueldades de la América del Norte y las tribulaciones del bondadoso Tío Sam.

Lo que quedaba claro es que los negros y las negras estaban integrados, como trabajadores esclavos, a la vida de la Gran Aldea. Y que en 1806 y 1807 formaron en el Regimiento de Pardos y Morenos, valiente defensor de la ciudad ante las Invasiones Inglesas.

La Asamblea del Año XIII “les dio la libertad”, se repetía en la escuela. Y todos los pechos se inflamaban de orgullo. En realidad, la Asamblea del Año XIII solo dio la libertad a los esclavos que, fugados de Brasil o la Banda Oriental, pisaran suelo argentino y a los hijos de esclavos que nacieran –”libertad de vientres”– después de 31 de enero de 1813.

Los negros se sumaron a los ejércitos libertadores, y también algunas mujeres negras. Al punto que el general Manuel Belgrano le confirió el grado de capitana a la afroargentina María Remedios del Valle, por su arrojo y valor en el campo de batalla. La capitana peleó en la campaña del Alto Perú (1810-1914) y allí perdió a su marido y sus dos hijos.

María Remedios del Valle, capitana de la Independencia argentina.

El gobierno de Buenos Aires se resistió a reconocer sus méritos, y cuando regresó, enferma y sola, la “madre de la patria” se convirtió en mendiga para sobrevivir. Un grupo de militares memoriosos obligó a que, al fin, se le pagara la pensión correspondiente.

El historiador Felipe Pigna destaca que “en 1870, cuando se empieza a reescribir la historia en torno a la inmigración, piensan que no es muy coherente tener una madre de la patria negra, cuando se promovía una inmigración blanca, y empezaron a ignorarla y a correrla de la historia, y así la hicieron desaparecer”.
María Remedios del Valle falleció un 8 de noviembre y en su honor esa fecha es el Día Nacional de los Afroargentinos y la Cultura Afro.

Los negros fueron enrolados en la ignominiosa guerra con el Paraguay. Y también reclutados como soldados de la línea de fortines y en la Campaña al Desierto, como prueba el Martín Fierro. El gaucho, no contento con decirle “vaca” a la negra que entra al baile, le dice al negro: “A los blancos hizo Dios,/ a los mulatos San Pedro,/ a los negros hizo el diablo/ para tizón del infierno”.

A fines del siglo XIX, los afrodescendientes comenzarán a ser borrados del mapa nacional con explicaciones diversas. “Murieron en las campañas militares de la Independencia, donde se los usó de carne de cañón.” “A muchos los mató la epidemia de cólera y después la de fiebre amarilla porque vivían hacinados en los barrios del sur.”

Si bien esos fueron factores importantes en la disminución de la población negra del país, particularmente la masculina, también jugó un rol clave el mestizaje, que explica por qué hasta hoy muchos argentinos no saben que en su árbol genealógico hay una persona que hace siglos fue traída a la fuerza desde África. Y que el persistente blanqueamiento nacional los borró de las estadísticas y de la historia. Muchos argentinos llegaron de los barcos, es verdad, pero algunos de esos barcos estaban cargados de esclavos.

Las estadísticas

Los censos coloniales, como el del virrey Juan José de Vértiz de 1778, contaron a la población africana y a sus descendientes de la ciudad de Buenos Aires y de “la campaña” bonaerense.

El censo de 1778 registra que más del 30 por ciento de la población de Santiago del Estero, Catamarca, Salta, Córdoba, Tucumán y Buenos Aires estaba compuesta por africanos y descendientes de africanos. En algunas zonas, directamente eran mayoría.

Hacia 1869 y 1895, los censos nacionales ya dejan explícita la ambición de un país blanco y europeo. De una Argentina nutrida por una inmigración que ayudara al “blanqueamiento” por vía de la mezcla. El censo abandonó las preguntas sobre el origen étnico y se centró en las nacionalidades. Los originarios y los negros dejaron de ser registrados.

El operativo permitió que el censo de 1895 afirmara tajantemente: “La cuestión de las razas, tan importante en los Estados Unidos, no existe pues en la República Argentina, donde no tardará en quedar su población unificada por completo formando una nueva y hermosa raza blanca producto de todas las naciones europeas fecundadas en el suelo americano”.

Quien piense que esta preferencia racista es cosa del pasado, puede buscar el artículo 25 de la Constitución de la Nación argentina, que dice: “El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes”.

Así las cosas, durante el siglo XX, el Estado nacional –y la historiografía basada en esos datos– habló solo de inmigrantes y nacionales. La invisibilidad estadística colaboró con la invisibilidad histórica. Y el intento de borramiento de una cultura y de su rica tradición. Como escribió el poeta cubano Nicolás Guillén, quedó eliminada la pregunta de si en los ancestros “golpea un negro el parche duro de roncos atabales”.

El informe que produjo en 2010 el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), en ocasión del censo realizado ese año, señala que “la construcción de la idea del progresivo ’emblanquecimiento’ de la sociedad argentina comienza en el último cuarto del siglo XIX con el aluvión migratorio de europeos, con predominancia de oriundos de Italia y España. Con esta influencia se inicia la construcción de un proyecto nacional cuyo correlato es una visión de la historia que relega al pasado a tipos sociales relacionados con el origen africano. De allí que se reconozca la existencia de afrodescendientes en la época colonial, como se ve en los libros de texto y en las dramatizaciones de fiestas patrias, mientras que a partir de la organización nacional, estas figuras se diluyen completamente y desaparecen del escenario de la historia”.

Ese borramiento instaló la difundida y persistente idea de que “en la Argentina no hay negros”. Y que los que hay “son todos inmigrantes”.

Nada de eso es verdad: en 2010 se registraron 62.642 hogares con por lo menos un afrodescendiente, lo que representa un 0,5 por ciento del total de hogares en el país. Casi 160.000 personas. La mayoría –casi cuatro de cada diez– vive en la provincia de Buenos Aires, y el 13 por ciento en la ciudad. Le siguen Entre Ríos (7,7%), Santa Fe (6,8%) y Córdoba (6,2%). Eso explica la vigencia de la potente herencia cultural de la negritud que se expresa en el lenguaje, en la gastronomía, en la música. Esa huella en el origen nada la puede borrar.

Las organizaciones de la comunidad estiman, sin embargo, que en el país viven por lo menos un millón y medio de argentinos e inmigrantes de origen afro. El censo ofrecerá una primera respuesta.

Escrito por
Olga Viglieca
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