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Las calles nuevamente

Ilustración: Héctor Menez
Ilustración: Héctor Méndez

El comienzo del fin del gobierno de Piñera, y con él de la era neoliberal en Chile, fueron los estallidos de octubre de 2019, que dejaron de manifiesto la necesidad de abordar la cuestión social, la pluralidad y la diversidad desde una perspectiva inclusiva.

“Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,/ Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan/ Y nos construyen, los más locos que sus madres,/ los más borrachos/ Que sus padres y más delincuentes que sus hijos/ Y más devorados por amores calcinantes./ Que les dejen su sitio en el infierno, y basta” (Fernando Retamar).

Otro octubre rojo. Días fulminantes, días de largas jornadas de revueltas estudiantiles que fueron aglomerando a sectores populares y sectores de las clases medias. Días que se convirtieron en meses de cambios políticos importantísimos. Imágenes que recorrieron el mundo e hicieron que una revuelta a la que se le quiso restar valor haya configurado otro Chile. Una fuerza descomunal de hombres y mujeres que colmaron las plazas, en busca de un cambio radical y con la finalidad de acabar con el modelo neoliberal, herencia pinochetista. Significativamente, le dieron lugar al acontecimiento más importante de los últimos treinta años en Chile. El 6 de octubre de 2019 entró en vigor un aumento, como tantos otros, en las tarifas del transporte público (el cuarto en menos de dos años). El sistema de transporte más caro de América latina y el Caribe. Esa noche, el ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, sugirió “madrugar para aprovechar las rebajas por horas no pico”, lo que dio lugar a la ira colectiva.

Las primeras manifestaciones se organizaron y viralizaron por redes sociales, impulsadas por estudiantes de sectores medios y de las escuelas más importantes de la ciudad, que se encontraban en otro conflicto por la aplicación de la ley Aula Segura, impulsada por Sebastián Piñera, que establece adoctrinamiento, control y expulsión directa por mala conducta. En ese contexto, Renovación Nacional, el partido oficialista, presentó un proyecto para aplicar sanciones penales a quienes evadan el transporte público. Para rematarla, se presentó en un canal de televisión el consultor Clemente Pérez, que subestimó la protesta social: “Cabros, esto no prendió. No se han ganado el apoyo de la población, la gente está en otra, el chileno es más civilizado. Sólo he visto rechazo”. Mientras tanto, el país estallaba en pedazos y el corsé chileno “no son 30 pesos, son 30 años” se hizo bandera. El sistema más elogiado por las derechas latinoamericanas estaba llegando a su fin.

CAOS CONTRA TERROR

Barricadas, estaciones de trenes derrumbadas, colectivos en llamas, una central eléctrica destruida, un país en la penumbra de la noche más oscura que no se dará por vencido. Ante este escenario de incandescente rebelión, el presidente Piñera redobla su intervención. Los militares con sus tanquetas en las calles de las ciudades de Chile reprimen sin piedad. De una semana a otra, el mandatario que decía vivir en un “oasis latinoamericano” declara el estado de emergencia. La plaza Italia y el río Mapocho vuelven a marcar la diferencia entre los de arriba y el bajo pueblo. Las medidas de contingencia no resuelven el conflicto; lo potencian. Lo que parecía ser una “weá” adolescente se ha convertido en el punto de partida de un cambio histórico. Los días pasan y la violencia no cesa: heridos, mujeres violadas, mutilaciones y muertos son el resultado de las medidas desesperadas del presidente por acallar al pueblo. La noche del 18 de octubre fue el estallido de la rabia contenida durante años.

La presión del bajo pueblo hace retomar un proyecto de Asamblea Constituyente, resultado de las manifestaciones de 2011, del cual no se había vuelto a revisar el expediente. La Constitución, que fue redactada en 1980 bajo el régimen de Augusto Pinochet (1973-1990), fue impuesta ilegítimamente, contra el pueblo, desde su origen. Sobre todo, generando desconfianza a las decisiones de la ciudadanía. Fue creada bajo mecanismos autoritarios y con exigua participación de los partidos políticos. Una Constitución plagada de enclaves autoritarios que impidieron introducirle modificaciones. Uno de los puntos que llevaron al estallido social es que la Constitución consagra un “Estado subsidiario”, lo que significa que no provee directamente las prestaciones de salud, educación o seguridad social, sino que estas provisiones quedan en manos privadas.

En abril de 2020 se firmó un acuerdo para redactar una nueva constitución política mediante un mecanismo democrático

RITO DE SORORIDAD

El estallido no dejó por fuera al movimiento de mujeres. Un colectivo interdisciplinario de casi treinta mujeres presentó una performance en las calles, “Un violador en tu camino”, que no tardó en incorporarse a los grandes movimientos de mujeres y disidencias del mundo. En varios idiomas se cantó “es el juez, el patriarcado, que nos juzga por nacer. Es nuestro inmenso castigo la violencia que nos ve (…) El violador eres tú”, les dicen en la cara a las fuerzas represivas. Había comenzado otro tiempo de desobediencia, de furia y de organización colectiva tras décadas de invisibilización. Urge salir a las calles. Miles de mujeres se suman de manera espontánea y solidaria, haciendo ollas populares, atendiendo heridos, etcétera. Estas revueltas nos han dejado en claro que todavía los pueblos tienen sus potencialidades, que se encarnan en hechos sociales para construir desde los márgenes nuevas cartografías. Chile vive un tiempo de transformación en manos de Gabriel Boric, hoy presidente, que también fue uno de los jóvenes de las revueltas y de los reclamos por cambiar la Constitución de 1980. La presencia de mujeres en las calles, asambleas y colectivos políticos logró que tengan mayor presencia en la política y en la sociedad. Movimientos históricos que tomaron mayor visibilidad tras el estallido social. Es vital la incidencia de los movimientos feministas en la construcción de la Asamblea Constituyente, encargada de redactar la Constitución nueva de forma paritaria. Una Constitución antipatriarcal con perspectiva de género, plurinacional y que reconozca a los pueblos indígenas. Al flamante presidente le espera un gran desafío: devolverle a su pueblo lo que le han negado durante muchos años y derrumbar una tradición fascista y neoliberal para construir nuevas subjetividades de abajo hacia arriba. Los pueblos vuelven, ya no como figurantes, sino como protagonistas de su propia historia.

Escrito por
Silvina Pachelo
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