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“Este país fue racista y clasista”

Ilustración: Jung!
Ilustración: Jung!

La académica mapuche y activista por los derechos humanos Elisa Loncon revela su historia y analiza el pasado, presente y futuro de Chile.

“Independientemente de si gano o no, voy a hacer una campaña y será en mapudungún”. Con esa premisa, la activista por los derechos indígenas y académica de la Universidad de Santiago de Chile, Elisa Loncon, se postuló para integrar uno de los 155 escaños que conforman la Convención Constitucional. La lingüista mapuche no sólo fue electa por los ciudadanos, sino que también fue elegida, por sus pares, para ser la presidenta de la Asamblea Constituyente. Y fiel a sus convicciones, Loncon no dudó en pronunciar el tan ansiado discurso inaugural en su lengua originaria. “La fuerza de la tradición, del conocimiento de la lucha de los pueblos, hizo que ese discurso fuera inteligible en muchas partes del mundo.”

En diálogo con Caras y Caretas, la constituyente repasa la revuelta social que renovó las esperanzas en Chile, la importancia de defender la lengua mapuche y qué se siente trabajar para terminar con la herencia de Pinochet.

–A más de dos años de la revolución que se vivió en las calles de Chile, ¿qué recordás de aquel 18 de octubre y qué valor histórico tiene esa revuelta?

–La revuelta social fue un quiebre en la historia de este país. Un quiebre del modelo neoliberal y una reacción crítica frente a una democracia pactada, que había marginado a muchos sectores en Chile. También hay que comprender que esa revolución fue un proceso largo: en la Universidad de Santiago tenía estudiantes que nos trasmitían cómo aumentaba la represión en los liceos. Esa lucha estudiantil iba creciendo; peleaban por la gratuidad educativa, por la incorporación de las mujeres en colegios emblemáticos. Me conmovió ver a niños de 13, 14 años saltar el torniquete del metro: eran chicos que se enfrentaban al sistema. Y de ese día en particular recuerdo que estaba en la universidad, se cerró y tuve que caminar con otros colegas en la calle, era muy difícil llegar a las casas. Luego la gente empezó a salir y no se detuvo el proceso nunca más. Fue una decisión colectiva: tal vez una vecina no pensó que la otra vecina iba a salir, no estaba esa especulación, pero en la calle nos vimos todos.

–La protesta social derivó en la creación de la Asamblea Constituyente. ¿Cómo fue el proceso para que llegues a la Convención?

–Yo soy una académica mapuche –la primera estudiante mujer de mi comunidad rural que fue a estudiar a la universidad– y activista por los derechos humanos. Ese activismo comenzó en los 80. Allí me involucré en el proceso contra la dictadura a través del arte: hacíamos teatro en mapudungún, que era una lengua muy marginada. Al momento estábamos armando el cuarto Congreso de Lenguas Indígenas, que se suspendió, pero nos permitió hacer una asamblea para instalar en el debate los derechos de las comunidades. También hay que destacar que el ambiente de la movilización social fue proindígena: los chilenos se dieron cuenta de que nosotros éramos víctimas de montajes policiales. Por eso la única bandera que entró en el proceso reivindicativo fue la mapuche. Y cuando se dio la posibilidad de entrar, vía escaño reservado, a la Convención, al principio me negué pero después pensé: “Independientemente de que yo gane, voy a hacer una campaña y la voy a hacer en mapudungún”. Ese fue mi mayor desafío.

–Y de allí a la presidencia de la Convención.

–Éramos siete mapuches los que habíamos logrado entrar. Y en el ambiente social estaba instalado que quien dirigiera la Convención debía ser una mujer y debía ser de pueblos originarios. Nos postulamos tres mujeres indígenas y finalmente quedé yo como candidata. Conseguimos el apoyo del Frente Amplio, después el respaldo de los sectores socialistas, comunistas y del feminismo. Y en el día cuatro de la Convención, votamos en dos rondas, porque las votaciones son papales, en la primera ronda disputé la votación con otra persona de pueblos originarios y a la segunda yo pasé a ser electa, con 96 votos.

–¿Fue reivindicatorio dar el discurso inaugural en mapudungún?

–Fue muy especial. Yo vengo de una comunidad de mucha oralidad. Mi padre era la persona de la comunidad lefweluan que tiene que hacer los discursos comunitarios, es decir que se tuvo que preparar desde pequeño para llevar toda la historia de Traiguén, que es mi región. Y mi papá nos entregó mucho de esos saberes. Entonces, cuando llegó el día de dar el discurso, había preparado un texto escrito pero no lo llevé. Y la verdad es que la circunstancia que me activó la mente fue todo lo que habíamos estado trabajando: era importante hablar de este Chile diverso, de la lucha de las mujeres y de los pueblos indígenas. Eso activó mi conocimiento oral y salió el discurso. Después me sorprendí por cómo llegó mi mensaje, no sólo acá, sino en muchas partes del mundo. Fue la memoria oral, la fuerza de la tradición y del conocimiento de la lucha de los pueblos lo que hizo que se potenciara mi mensaje.

–¿La lengua es un derecho humano?

–Por supuesto que la lengua es un derecho humano fundamental. Yo soy lingüista, y la diferencia que nosotros tenemos como especie con respecto al resto de los animales es que tenemos un sistema lingüístico superior. Nuestro lenguaje es tan completo que nosotros podemos inventarnos un futuro. Pero, ¿qué pasa cuando a ti te impiden desarrollar tu propio lenguaje? Reprimen lo más profundo de tu condición humana. Por eso es que los indígenas desarrollamos mucho la vergüenza ética: nos avergonzarnos de que somos indígenas. Porque nos atacaron el lenguaje.

–¿Qué se siente estar trabajando para terminar con la Constitución de Pinochet?

–Nos exige estar alertas, con los pies bien puestos en los territorios y en el relato histórico, porque tenemos de frente el relato de la derecha. Este país fue racista y clasista. Porque la democracia a la cual retornamos después de la dictadura fue pactada con los intereses políticos y económicos del empresariado. Por eso la gente que entró vía elecciones democráticas a la Convención Constitucional no tiene nada que ver con esos pactos. Hay gente acá en el barrio alto de Santiago que siente que ellos son la voz de este pueblo, por lo tanto, nosotros tenemos que escucharlos a ellos, pero la derecha jamás ha estado en los territorios. Nosotros nos hemos dado cuenta de que con la política de centralización, las mujeres para tener su hijo tienen que salir de su lugar e ir a una ciudad, porque no tienen acceso en los lugares cercanos para dar a luz. Y lo que hemos instalado hoy en día, con la Convención, es que Chile es un Estado descentralizado, plurinacional e intercultural. Estamos siendo leales con nuestros pueblos, con nuestra historia y con los pobres de Chile, no con los ricos.

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Jeremías Batagelj
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