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Infinito y enigmático

Ilustración: Ricardo Ajler
Ilustración: Ricardo Ajler

El universo poético y musical de Luis Alberto Spinetta trasciende el tiempo e invita a ser redescubierto en forma permanente. A continuación, una aproximación a algunos de sus discos y canciones que dejaron huella.

La obra discográfica de Luis Alberto Spinetta contiene multitudes. Desde lo poético y lo filosófico, desde el influjo musical, los discos aparecen atravesados por los Beatles, Astor Piazzolla, Led Zeppelin, Van Gogh, Artaud, Castaneda, Borges, Basho, Foucault, Gino Vannelli. Los nombres propios de solistas, bandas, escritores y pensadores son plataformas de despegue, prismas por donde descompuso colores propios. Spinetta es el Aleph del rock argentino, el sitio donde convergen todos los estilos: el pop, la trova acústica, el sonido de power trío, el jazz rock, la psicodelia, la fusión. Ya en su irrupción a los 18 años, al frente de Almendra, procesó en el angelado debut discográfico desde los arreglos vocales del Grupo Vocal Argentino hasta el “She’s Leaving Home” beatle sentado en el umbral de su casa de la calle Arribeños. Fue una catapulta: del barrio a la construcción de una cosmogonía universal. Ya no dejaría de otear más allá de cualquier límite y dinamitar los puentes que él mismo construía. Su desesperada necesidad de futuro era como esos espejismos ruteros –“lago de forma mía”– que se desmaterializan a medida que se avanza. La curiosidad fue una forma de la experimentación; la vanguardia, un plan estético.

Cumplió la consigna del “mañana es mejor” postulada en el disco Artaud, de 1973, sin temor a caer en cierto fundamentalismo. Durante décadas, por caso, se negó a cantar “Muchacha (ojos de papel)” porque le parecía una concesión al pasado. Uno de sus discos póstumos, Ya no mires atrás, profundizó esa idea ya desde el título, en las antípodas del cliché nostálgico del tango que mamó de chico en la voz de su padre.

Hoy está canonizado y la industria del entretenimiento le rinde pleitesía. Se percibe cierto cinismo en ese tardío reconocimiento. Hay que recordar que Spinetta fue un artista popular pero no masivo, destratado por las discográficas. Su temperamento indómito, forjado en convicciones ideológicas y estéticas, conspiró contra la difusión de su obra y la ampliación de audiencias. Spinetta no tuvo público: tuvo apóstoles. A los 23 años, tiempos en que se alejaba de una tóxica temporada en el infierno con Pescado Rabioso –“¡No tengo más dios!” gritaba–, escribió espejado en Artaud el manifiesto “Rock: música dura, la suicidada por la sociedad”, en el que denunciaba a los mercaderes del rock. El disco que presentaba lo mostraba en un precoz esplendor artístico, con gestos radicales: la tapa deforme del vinilo, la larga suite de “Cantata de puentes amarillos”, la audacia semántica de “Por”. Sin pretenderlo, se ubicó en el centro del rock argentino y ahí quedó. Fue el modelo de una ética a contrapelo. En esa época se encontró en Pippo con Charly García, que arrasaba con Sui Generis, y le dijo, paternal: “Tenés talento. Cuidate de los vampiros: te van a querer chupar la sangre”. Charly salía del secundario; él regresaba de las drogas duras.

REVOLUCIÓN PERMANENTE

Spinetta fue un mutante. Difícil mensurar qué época de su revolución permanente ostentó más matices. Sus décadas del 70 y 80 fueron brillantes. El cenit cancionístico de los tres discos de Invisible, en su combinación de rock con aires de jazz y tango, parecería insuperable. Pero durante los proteicos años 80 tuvo una seguidilla de discos increíbles que se puede sintetizar en el nervio acústico de Kamikaze (1982), la luminosidad “democrática” de Bajo Belgrano (1983) y Madre en años luz (1984), el tecno de Privé (1986) y el alto nivel de las canciones de la trilogía de Téster de violencia (1988), Don Lucero (1989) y, ya en 1991, Pelusón of milk. En este paseo por las altas cumbres no deberían faltar el jazzero A 18’ del sol (1977), Alma de diamante (1980) y Los niños que escriben en el cielo (1981), con Spinetta Jade; el disco con Fito Páez La la la (1986); Los ojos (1999), con los Socios del Desierto, y perlas de sus últimos años, como Pan (2005).

¿Qué es lo que une “Iniciado del alba” (Pescado 2) con “Siempre en la pared” (Téster de violencia)? ¿Qué “200 años” (El jardín de los presentes) con “Ganges” (Pelusón of milk)? Una poética, claramente. Una terquedad. Una respiración. Hay una cuerda tensada entre la contemplación tanguera de “Todos estos años de gente” o “Canción de Bajo Belgrano”, la metafísica de “Sexo” o “¿No ves que ya no somos chiquitos?” y el zen de “La montaña” o “Flecha zen”. Esa mirada, esas indagaciones en clave poética, configura la médula de una obra que se multiplica en muchas dimensiones. Como escribió inspirado en Castaneda, Spinetta fue un guerrero que no detuvo jamás su marcha, y en esa marcha se dedicó a abrir ventanas: las de Van Gogh, las de Basho, las del nonsense, las del surrealismo. Podría haber sido un artista solemne y hasta pretencioso, pero lo salvó un exquisito sentido del humor. Sabía lo que representaba, sonreía amargamente ante la consideración de artista de culto, se corría de la derecha y de la izquierda y reía con Luis Almirante Brown, la parodia de Capusotto. “No quiero ser la mosca blanca del rock nacional, ni el Borges, ni un coño de todo eso. Luis es Luis y mejor que no venda tantos discos, así no me agarra el bobero y me rapta para siempre”, dijo una vez.

EL ORIGEN

Volvamos al origen, donde suele estar todo. Siendo el principal cantante y compositor de una banda de barrio que iba a grabar para una multinacional, no sólo se plantó con la ilustración de tapa (la RCA quería una foto de los cuatro, a la manera de los Beatles, y ellos el dibujo del mítico payaso triste), sino que convocó a Rodolfo Alchourron para los arreglos de cuerdas y a Rodolfo Mederos para que tocara el bandoneón. Esa arrogancia es puro compromiso con el arte. Uno de los temas, en tiempos del “yeah yeah yeah” y de poesía social, empezaba con un castizo “tú”: “Figúrate que pierdes la cabeza/ Sales a la calle/sin embargo el mundo sigue bajo el sol”. El verso es de una síntesis brutal. Se lo puede escuchar como un remedo fantástico del gardeliano “sus ojos se cerraron/ y el mundo siguió andando”. Pero en ese hombre sin cabeza se advierte una precoz intención, la verdadera búsqueda de la estrella: la realidad como frontera de la percepción, como vuelo rasante. Como Bowie, como los dadaístas, Spinetta necesitó perforar el sentido común y crear otras realidades. Fito Páez contó que durante la grabación de La la la, Spinetta le aconsejaba: “Deformá. Deformá todo lo que puedas”. Así quedó “Gricel”.

En 2001 dio una charla en el Centro de Estudios Avanzados de Música Contemporánea. Dijo, entre otras cosas: “Me encanta poder hablar de lo sagrado que tiene el sonido. De esa arcilla con la que, si se tiene la visión del cielo, se puede elaborar el cielo”.

Spinetta tuvo la visión del cielo y lo elaboró. Con sonidos sagrados y palabras. Así es su obra: infinita y enigmática como un cielo.

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Mariano Del Mazo
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