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Berni y el teatro

El creador rosarino no agotó su producción en la pintura y sus diversas técnicas y materiales, sino que también se dedicó al espacio escénico, una labor que, para él, tenía que realizarse desde las artes plásticas.

Antonio Berni escenógrafo es un aspecto aún poco indagado del artista. El interés de Berni por la disciplina queda expresado en la publicación de su artículo “La escenografía en nuestro teatro”, en la revista Latitud, en abril de 1945. Allí se muestra preocupado por la calidad presente y futura del teatro nacional (“Es indudable que el nivel cualitativo del teatro argentino no es muy halagüeño”, afirma) y reflexiona con agudeza sobre el rol de dirigir y el papel que cumple la escenografía en la relevancia de un espectáculo.

Berni escribe: “La escenografía es un complemento del que no puede prescindir el arte de las tablas. Es, en cierta medida, lo que mejor descubre el alcance artístico de un director de compañía (…) Una escenografía ajustada a un drama es como la ilustración de un libro adecuada al texto. Existe un formato, una planta, un lineamiento y una coloración, todo iluminado convenientemente para favorecer y exaltar los personajes del drama. Cuando no se acierta en esta conjugación, el decorado, aunque tenga valor plástico por sí mismo, disimula, molesta o contradice las otras partes de la escena. La escenografía tiende –y tiene que serlo– a una adaptación estética del espíritu del drama”.

El superobjetivo del artículo de Berni parece radicar en una advertencia a los directores y empresarios teatrales: deben aliarse a grandes artistas plásticos. Afirma: “En la escenografía, como en los pocos minutos intercalados de música o danza, el director toca un terreno de gran amplitud mental, que pone a prueba su cultura universal, erudita y calificada, sin cuyo requisito no puede llegar a desempeñar correctamente la misión de seleccionador, organizador y animador de las personalidades que deben integrar una buena escena. Para discriminar, en escenografía, la sensibilidad es tan importante como en artes plásticas. El director, si conoce la vida artística y trabajos de los plásticos del país en que actúa, está capacitado para seleccionar personalmente al pintor escenógrafo; de lo contrario, debe hacerse asesorar para esta selección o recurrir al primero que encuentre (…) La escenografía puede construirse utilizando desde los elementos más simples y humildes hasta las más costosas y palaciegas figuraciones; pero indiscutiblemente, en cada caso, concebida con la aguda sensibilidad que sólo la educación artística seria y experimentada puede resolver. Esto, que es axioma, lo ha desconocido la mayor parte de los directores de escena, compañías y empresarios. Con la escenografía se ha procedido como el buen burgués procede cuando cree poder prescindir del arquitecto para proyectar su soñada ‘hermosa’ casa”.

Berni avala sus afirmaciones en ejemplos del teatro mundial: Vsévolod Meyerhold (URSS), E. Piscator (Alemania), les Ballets Russes y La Comédie Française. En la Argentina, dice, todo depende del esfuerzo de unos pocos artistas que preservan la calidad contra las prácticas adocenadas y la falta de conciencia de la gran mayoría.

CON LOS PIES EN LAS TABLAS

En la década del 40 encontramos a Berni trabajando para el dramaturgo Juan Oscar Ponferrada y el director Orestes Caviglia: tiene a su cargo la escenografía (diseño y realización) y los “figurines” (diseño de vestuario) de El carnaval del diablo, estrenada en 1943 por la Compañía de Eva Franco y Miguel Faust Rocha en el teatro Politeama Argentino de Buenos Aires. Se conservan reproducciones de los bocetos escenográficos de Berni, así como fotografías de la puesta. Hay diferencias entre la belleza plástica de los dibujos de Berni y la realización material (un tanto tosca) en el espacio del Politeama, pero en ambas se advierte la misma concepción poética: el “costumbrismo trascendente” sustentado en un proyecto teatral nacionalista. Berni opera de acuerdo con su afirmación en el artículo de Latitud: su escenografía intenta ser “una adaptación estética del espíritu del drama”.

A partir de la década del 60, se integrará a una modernización que atraviesa todas las artes y particularmente las prácticas teatrales, que implica una ampliación performativa de la teatralidad, nuevas formas de interrelación con otras artes (la plástica, la música, el cine) y cambios en la comprensión del trabajo con el espacio escénico, término que desplaza el más restrictivo de “escenografía”. En esta nueva etapa, que se concentra en la segunda mitad de la década del 60 y debe mucho al contacto de Berni con el Centro de Artes Visuales del Instituto Torcuato Di Tella y con Jorge Romero Brest, incorporará su producción plástica a estrategias de exhibición innovadoras que incluyen teatralidad y dispositivos liminales: la instalación y la ambientación.

No se trata ya de pensar las escenografías como diseños de espacio escénico para textos dramáticos preescénicos (escritos de dramaturgos, literatura dramática), sino de escrituras escénicas en las que el texto plástico multiplica sus posibilidades lúdicas. Sobresalen sus trabajos en Help Valentino (1966, teatro La Recova), donde aporta elementos escenográficos con Edgardo Giménez, Delia Puzzovio y Carlos Squirru; París Boulevard (1966); La casa de Ramona, en La Botica del Ángel (1966); Ramona en la caverna (1967, Galería Rubbers), y El mundo de Ramona (1970), que incluye exposición, espectáculo y ambientación. En octubre de 1969, en el marco de Argentina Inter-Medios, organizado por el Centro de Arte y Comunicación (Cayc) en el teatro Ópera, con la coordinación general de Augusto Fernandes, Berni participa en “Signos-Señales-Ruidos a través de una mujer actual en pesadillas, realidad y persecución”, con la colaboración de Gregorio Dujovny, Tato Álvarez, Diana Bravo, Héctor Bustos, Eduardo Devrient, Haydée Gerardo, Graciela Luciani, Lionel Meli y Leonardo Scirica. Allí Berni presentó un cuadro de Ramona protagonizado por Graciela Luciani.

Sus trabajos escenográficos posteriores, ocasionales, menos significativos, marcan una retracción respecto del avance modernizador de los 60: Homenaje a Neruda (1974, Orbetello, Italia), De antiguas razas (espectáculo de Jaime Torres, 1978, sala Margarita Xirgu) y los bocetos para Último premio, de Eduardo Rovner (1981, teatro Payró, dirección de Néstor Romero).

Escrito por
Jorge Dubatti
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