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Telma Luzzani: “Estamos en un momento de transición muy complejo sin poder visualizar una utopía”

En su último libro, Crónicas del fin de una era. La caída de la Unión Soviética y sus consecuencias en el mundo de hoy, la periodista especializada en política internacional rememora anécdotas de sus días entre Kiev y Moscú con profundas conversaciones con intelectuales respecto de los ecos actuales de aquel desplome geopolítico del que se cumplen treinta años.

El 25 de diciembre de 1991, hace exactamente treinta años, el siglo XX llegaba a su fin, según el historiador británico Eric Hobsbawm. El desplome del imperio soviético marcaba aquel suceso bisagra entre el mundo bipolar y uno que iniciaba de forma anticipada bajo la regla de la presunta supremacía moral de los Estados Unidos. Junto con la desintegración de la Unión Soviética, “se desmoronaba el sueño de transformar al mundo en forma colectiva hasta convertirlo en un lugar más libre y más justo, con recursos suficientes para todos y donde nadie basara su buen vivir en la explotación y el ultraje a los demás”.

Así comienza el prólogo de Crónicas del fin de una era. La caída de la Unión Soviética y sus consecuencias en el mundo de hoy, publicado por el Instituto Tricontinental y la editorial Batalla de Ideas. A lo largo de sus páginas, la periodista Telma Luzzani fusiona las crónicas de aquellos días entre Kiev y Moscú, como testigo de la historia, con una serie de conversaciones de corte analítico con intelectuales de diversas nacionalidades sobre país y el mundo que asomaron.

–El libro lleva el concepto del final en su título. ¿Cómo se lo analiza luego de treinta años: fue el final definitivo para un imperio y una forma de ver el mundo o algún tipo de transición hacia otro tipo de imperio y de puja internacional?

–Creo que fue el fin de una era, pero al mismo tiempo, la apertura de un proceso de transición en el cual todavía estamos, a pesar de que han pasado treinta años. Por un lado, tenemos países como China o Cuba que, en su momento, tomaron como referencia la Revolución de 1917 y que todavía siguen vigentes, experimentando el proceso o el sistema socialista, ya no de la manera soviética sino buceando en los cambios. Pero por otro lado la caída de la Unión Soviética significó también, hace treinta años, el triunfo de un capitalismo que se expandió de manera global, se extremó y alcanzó hoy una concentración de riqueza muy preocupante y una pobreza también abrumadora. Estamos en un mundo en peligro y, al mismo tiempo, en transición. Cómo va a ser esa transición es la gran pregunta, lo que todavía no podemos responder.

Telma Luzzani presentó su libro de crónicas sobre la caída de la URSS en el Instituto Patria.

–Mientras estaba vigente la URSS como un modelo, con sus éxitos y fracasos, subsistía la idea de una alternativa. ¿Hoy se puede pensar en opciones, existe algo diferente de lo que es el capitalismo como modelo?

–A lo largo de las diversas conversaciones que componen el libro, los intelectuales con los que dialogo imaginan, de algún modo, alternativas. Por ejemplo, el historiador y periodista indio Vijay Prashad asevera que lo que no hay que hacer es pensar en modelos a replicar, ni el soviético, ni el chino, sino que cada país debe encontrar su propio modelo en el marco de ciertos valores. Por ejemplo, la equidad –no digamos ya la igualdad, pero al menos la equidad–, la protección a los más débiles, ciertos derechos como el de la salud, la educación y tener una vivienda digna que deben estar vigentes, pongámosle la etiqueta que le pongamos.

–Siguiendo esa línea, sería anacrónico entonces pensar hoy en términos de modelos estáticos, sino que más bien se trata de conceptos que se deben adaptar a cada realidad…

–No solamente ideas, ideas y prácticas. Que tienen conexión con la historia peculiar de cada una de nuestras regiones y con la historia y las posibilidades de cada una de nuestras sociedades. Si lo miramos en un nivel más específico, en unidad regional, el proceso que hizo Evo Morales en Bolivia, por caso, es muy difícil de replicar acá en la Argentina porque tiene otra composición étnica, otras necesidades y expectativas. En ese sentido, cada proceso tiene su peculiaridad, aunque pueda haber puntos en común entre concepciones.

–En el libro se habla de utopías que se derrumbaron, la utopía socialista del modelo soviético pero también la que quiso construir el capitalismo del libre mercado con sus supuestas posibilidades infinitas para todos. ¿Está mal pensar en utopías hoy, es condenarse de alguna manera a la decepción?

–No, en lo absoluto, creo que la utopía es parte de las expectativas del ser humano. Lo que pasa es que, como al horizonte, nunca lo alcanzás. Como al deseo, nunca lo alcanzás. Son esos elementos que uno tiene como meta y que hacen que uno intente u oriente su camino hacia allí, pero con la certeza de que, en realidad, no se alcanza tal cual uno lo imagina. Sí creo que hoy estamos en un momento de transición muy complejo y no es posible todavía visualizar una utopía. Existen y deben existir porque son parte de los deseos del género humano, pero hay momentos como este en el que es muy difícil visualizarlas entre tanta confusión.

–En las crónicas de aquellos días sobre cómo se debatía la caída de la URSS en la ciudad, en el mercado, todo el tiempo sobrevuela la idea de que no había otro camino, una idea que se repite en estos días. ¿Cómo fue revivir esos recuerdos al volverlos a escribir, hay puntos de contacto con el presente a nivel de los debates?

–Eso es muy interesante porque hay dos cosas que me conmovieron en cierta medida: por un lado, que estaba en germen la tensión Ucrania-Rusia y ya aparecían las discusiones, de otra manera, pero vistas hoy te das cuenta de que eso ya estaba en marcha y eso me impresiona mucho. Y lo otro es cuán permeada estaba ya la sociedad rusa respecto de los discursos y de los sentidos comunes del capitalismo neoliberal, por ejemplo, esto de la medicina amarga. Este tema de que no hay alternativa, esta frase que se resume en inglés con la sigla TINA (There is no alternative), sabemos que fueron (el presidente estadounidense Ronald) Reagan y (la primera ministra británica Margaret) Thatcher quienes impusieron esa concepción de que no había ninguna alternativa al mundo del capitalismo. Hoy como ayer, desde los sectores conservadores y de derecha siempre se busca la idea de que el mundo ya está hecho así, que debe haber pobres y ricos y nadie puede mover nada, el cambio es imposible. Y estamos los otros que pensamos lo contrario, que todo es cambiable, transformable y en la medida que uno se comprometa y accione, esos cambios se pueden hacer posibles. Hay múltiples ejemplos de eso: el más cercano corresponde a los primeros quince años en el siglo XXI con todos los cambios que hubo en América latina que ni nos esperábamos, cuando ya estábamos entregados, pensábamos que era imposible cualquier tipo de gobierno diferente en nuestra región, y aparecieron posibilidades que ni siquiera imaginábamos. Ahora sabemos que, si ponemos presión y acción, sí se puede conseguir.

Escrito por
Mariano Beldyk
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