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Treinta y nueve charlas y más de cien motivos que valen la pena

Ilustración: Andrés Alvez
Ilustración: Andrés Alvez

Durante 39 audiciones, Enrique Santos Discépolo le habló a Mordisquito en un debate político tan actual podemos encontrarlos discutiendo en una esquina cualquiera.

A partir del 11 de julio de 1951 y durante 39 noches, la voz áspera de Discepolín llegó a miles de hogares a partir de las 20.30, constituyéndose para los opositores al primer peronismo en “el propagandista mimado de la dictadura”. En rigor, fueron treinta y siete charlas. A pedido de Raúl Apold, y cuando faltaban pocos días para las elecciones donde triunfaría la fórmula Perón-Quijano, agregó dos audiciones donde nombró a Perón y Evita por primera vez en todo el ciclo.

En la historia de la radiofonía argentina, periodismo y cultura nacional son menciones que arrastran tradiciones de larga data, amalgaman prácticas pensadas desde discursos particulares e intersectan universos de ideas donde las experiencias externas entran en diálogo polémico con las marcas de lo local. Pero también resulta cierto que, en el actual contexto atravesado por los rigores de la globalización, la transnacionalización y los procesos de alta concentración multimediática, periodismo y cultura nacional son términos de abordajes insoslayables que han ingresado en un espacio de inquietantes interrogantes acerca del presente y su posible devenir. Esta historia habla de un pasado que nos instala en los inicios de la década de 1950. Su objeto de indagaciones lo constituye una serie de charlas radiofónicas presentadas por Enrique Santos Discépolo (1901- 1951), el insoslayable letrista de tangos cuya notoriedad entre los apasionados por la música de Buenos Aires y el teatro le permitió captar la atención de una nueva y más vasta franja de audiencia. Más urbano que Homero Manzi, menos interesado en el universo del malevaje o en las heridas producidas por el amor frustrado, la poética de Discepolín principalmente se ocupó del desencanto, de las ilusiones perdidas de la pequeña burguesía porteña; en fin, de los idealismos que habían sido arrasados por la fatal realidad de la Década Infame. Para muchos estudiosos de la canción popular, su composición más universal fue “Cambalache”, que Sofía Bozán estrenó en el teatro Maipo durante la temporada de 1935. Para el poeta Leónidas Lamborghini, “Cambalache” es “el verdadero Himno Nacional argentino”.

¿A MÍ ME LA VAS A CONTAR?

Pienso y digo lo que pienso estuvo en antena hasta las vísperas de las elecciones presidenciales del 11 de noviembre de aquel año. De esas audiciones de no más de cinco minutos se conservan algunas grabaciones originales y, por lo menos, se destacan dos ediciones en formato de libro: una con el título ¿A mí me la vas a contar? (Rosario, Editorial Fundación Ross, 1985) y, la otra, Mordisquito, ¡a mí no me la vas a contar! (Buenos Aires, Realidad Política, 1986). En ambos textos, sus compiladores –Norberto Galasso y Jorge Torres Roggero– recogen la frase de cierre de cada programa, ya sea en su forma afirmativa o negativa.

Esos guiones surgen como el resultado de los lineamientos expresados por la Subsecretaría de Información Pública, que determinaba una cuota de contenidos de raíz nacional en las grillas de programación. En tal sentido, el sistema radiofónico funcionaba como una tribuna social, política y cultural del gobierno peronista. Indudablemente, la radio era el medio de masas por antonomasia y su gestión era ejercida a través de LRA Radio del Estado, o por administradores cercanos al poder político que conducían LR1 Radio El Mundo, LR3 Radio Belgrano y LR4 Radio Splendid y sus respectivas cadenas: La Azul y Blanca de Emisoras Argentinas, La Primera Cadena Argentina de Broadcasting y La Red Argentina de Emisoras Splendid. La participación de Discepolín y su palabra de verdad incontrastable admite una doble lectura: por un lado, fue la respuesta efectiva a un pedido del propio gobierno, pero, a su vez, representa la decisión voluntaria de un grupo generacional, de clase e incluso individual, de militar activamente en la consolidación de una nueva hegemonía.

A la luz de estos datos referenciales –y otros que sitúan y explican los mecanismos de producción y decodificación de una pieza comunicacional–, esos textos exudan estrategias enunciativas, argumentativas y expresivas que se imbrican para manufacturar estos mensajes en tanto procesos de semiosis sígnica. Asimismo, esos breves monólogos dialogizados o soliloquios a un interlocutor llamado Mordisquito –ese contrera implacable erigido en el modelo de los antiperonistas de la clase media de entonces– gestan la escritura del acontecimiento en su proceso de constitución con el rumor como elemento integrante.

En Pienso y digo lo que pienso, entonces, se despliegan algunas señales heterogéneas como los módulos perfectos de un complejo rompecabezas para armar. Allí está, por ejemplo, la refutación como un singular tipo de argumentación que responde a un repertorio de anteriores objeciones y cuyo objetivo final es erosionar las razones del adversario. O la oposición entre el pasado cruzado de fracasos, abyección y promesas incumplidas y un presente dinámico, luminoso, desbordante de realizaciones. Pero también se advierte el dispositivo antagónico entre el hecho y el rumor, donde el narrador se propone desmentir los rumores porque se sostienen en calumnias y mentiras y no en la contundencia de los hechos.

Con la obstinada paciencia del orfebre, Discépolo construye la palabra radiofónica que registra una historia auditiva y nos remite al concepto de radiofonicidad elaborado por el esteta alemán Rudolf Arnheim. Y así diagrama un relato coloquial y original, alejado tanto del coyuntural comentario editorial como del previsible boletín informativo, recogiendo tradiciones inscriptas en las fábulas del melodrama cinematográfico y del radioteatro, donde el lenguaje articula emoción y expresividad. En ese sentido, Discepolín opera como el sagaz y atento cronista comprometido con lo popular, al contextualizar el carácter polifónico del acontecimiento que está ocurriendo en ese urgente tiempo presente que se quiere prolongar para concretar la utopía de una nueva Argentina.

Escrito por
Oscar Bosetti
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