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El prematuro adiós de La Máquina de Hacer Pájaros

La banda liderada por Charly García e integrada por Oscar Moro, Carlos Cutaia, Gustavo Bazterrica y José Luis Fernández incursionó en el rock progresivo y sinfónico entre 1976 y 1977, cuando la Argentina vivía tiempos difíciles y la música era todavía un refugio.

Se llamó el Festival del Amor y tuvo lugar en un Luna Park colmado para el rock como pocas veces en su historia. El 11 de noviembre de 1977, Charly García (“pianista y amigo”, lo presentaban los afiches) repasaba toda su producción musical y discográfica hasta el momento, en compañía de lo más granado de la escena local (Gieco, Mestre, Porchetto, Santaolalla y Lebón, entre otros) hasta que en un momento le llegó el turno a La Máquina de Hacer Pájaros, su reciente experiencia grupal.

“Otro de los momentos para empacharse de buena música fue La Máquina… Sin compromisos ni tensiones entre ellos, sonaron como nunca; sueltos, con un altísimo nivel técnico y con una calentura que pocas veces les vimos. ‘Shhh…’ y sobre todo ‘Boletos’ (que fue cantado por todo el estadio, e incluyó una zapada que dio lugar para buenos solos de todos sus integrantes), se encargaron de no dejar ninguna duda de la solvencia musical del grupo (donde además José Luis –Fernández– estrenaba un bajo Alembic, igual al de Stanley Clarke, y –Gustavo– Bazterrica, una Les Paul Custom de tres micrófonos”, reseña el cronista de la revista Expreso Imaginario, la maratónica velada de ¡cuatro horas! de música ininterrumpida en la que hubo de todo. Hasta una profusa silbatina para la versión de “Volver a los 17” de Violeta Parra, que sumó a Charly, Santaolalla, Mónica Campins y María Rosa Yorio.

“Hay muchas cosas que vienen bien. Necesitamos abrirnos a todas ellas para poder crecer”, aleccionó un pedagógico Charly a su público.

La Máquina…, que se completaba con el ya veterano Oscar Moro (Los Gatos), tras los parches, y el no menos histórico Carlos Cutaia (Pescado Rabioso) en teclados, había dejado de existir como tal, apenas unos pocos meses antes.

UNA HISTORIA BREVE PERO INTENSA

En rigor, los desacoples humanos y artísticos comenzaron con el alejamiento forzado de Bazterrica “por incomunicación con el resto de los integrantes”, reemplazado para algunas pocas actuaciones por “Golo” Cavoti (que hacía coros en Bubu, una agrupación sinfónica de la época, por donde pasó el futuro Suéter Miguel Zavaleta).

Sin embargo, pronto García blanqueó su propia incomodidad en continuar y les cedió el uso del nombre. Un único ensayo convenció al cuarteto restante de que no había nada que hacer, partiendo cada uno hacia otros rumbos musicales, bastante entreverados entre sí, con la excepción de Cutaia, que se sumergió en su vida de estudio.

Concluía así prematuramente la ambiciosa experiencia que había tenido presentación oficial casi exactamente un año atrás, con una serie de fechas (fueron cinco en total) en el teatro Astral, de la calle Corrientes.

Previamente, se habían fogueado tocando en La Bola Loca, un café concert propiedad del músico de tango Atilio Stampone. Para ese ciclo fundacional, el grupo (Charly, Bazterrica, Fernández y Moro) contaba con un coro compuesto por Ana María Quatraro y Héctor Dengis. Era un boceto de lo que vendría, con la incorporación posterior de Cutaia en Hammond y el desplazamiento de los coros, para asumir Charly toda la responsabilidad vocal.

Una bizarra entrevista televisiva de aquel tiempo (Canal 9) obligó al por entonces veinteañero músico “poco conocido por los medios de comunicación” a explicar que tocaba teclados (“instrumento de teclas”, le aclaraba al periodista) y que la búsqueda de La Máquina… conllevaba una “nueva música, porque todavía las canciones que estamos haciendo nosotros no se habían inventado ninguna, las creamos todas”, citando como influencias “la música clásica, algo de jazz y bastante de tango”.

El nombre del grupo estaba inspirado en una historieta del humorista Crist que se publicaba en la popular revista Hortensia y se llamaba justamente García y la Máquina de Hacer Pájaros. La sintonía no quedó ahí. Crist terminó ilustrando el sobre del trabajo debut con una memorable secuencia de cuadritos donde el propio personaje presentaba a la banda como “un pájaro músico”.

Con suficiente material, que incluía alguna canción conocida de la época de Sui Generis como “Bubulina”, dedicado a su por entonces pareja y madre de su hijo, la cantante María Rosa Yorio, ese músico “poco conocido” por los medios masivos y todavía no muy bien conceptuado en el ambiente “por ablandar el rock” con aquellas sonoridades folk para consumo adolescente, Charly y compañía se metieron a estudios para grabar lo que sería su álbum debut.

“Indudablemente, los jóvenes seguidores de Sui Generis se van a sentir defraudados por este disco, particularmente al comprobar que García toma su distancia de esa experiencia con pasos agigantados”, advierte la crítica discográfica de la tradicional revista Pelo, y concluye que “el álbum no es parejo porque el grupo recién está encontrando su personalidad. De todas maneras, lo único realmente criticable es el precio, pero el esfuerzo vale la pena”.

En perspectiva, el sonido de la banda, con la parte vocal muy relegada en la mezcla, que dificultaba bastante la comprensión de las letras, remite al rock sinfónico muy influenciado por bandas de la época como Genesis, Emerson, Lake & Palmer y Yes. No en vano, Charly ironizó que la apuesta era sonar como “un Yes del subdesarrollo”, y a menudo lo lograban.

QUÉ SE PUEDE HACER (SALVO VER PELÍCULAS)

A principios de aquel sombrío 1977, con una dictadura ejerciendo férreo control de censura sobre todas las manifestaciones artísticas, los conciertos de rock eran uno de los pocos espacios de libertad relativamente tolerados (a la par de rigurosamente controlados, sobre todo a la salida: eran comunes las razzias policiales). Para La Máquina…, nada hacía prever un abrupto final como el que sobrevendría a fin de año. En enero cruzaron el charco para dar un concierto en Punta del Este, reuniendo una buena cantidad de público para un espectáculo de ese tenor en el exclusivo balneario uruguayo.

“La Máquina ya es internacional”, se ufanó el productor Oscar López, quizá demasiado presuntuoso.

Todavía en mayo, una extensa entrevista con la plana mayor del Expreso… muestra a un Charly entusiasmado y con espíritu de grupo.

“En el long-play que estamos grabando, hay cuatro o cinco canciones que no son mías. Yo hice la letra, pero no la música. Y cuando componemos, tiramos todos para el mismo lado. Yo recorto mucho de lo que compongo para darle la onda adecuada a La Máquina… Cuando hago un tema pienso en Moro, en Gustavo, en José Luis, en Carlos. Y los demás también lo hacen. Por eso, nuestro segundo long-play va a ser definido, más homogéneo”, anticipa.

El segundo LP se llamó Películas y el arte de tapa mostraba a la banda saliendo de las puertas de un cine, como si terminaran de ver Trama macabra, la última película del celebrado director Alfred Hitchcock, maestro del suspenso.

El material se abría en varias direcciones, con aires latinos (“Hipercandombe”), orquestaciones clásicas (“No te dejes desanimar”) e intensas baladas de dolor y desengaño (“Ruta perdedora”), donde volvía a campear la lírica de Charly para captar el signo de los tiempos, como la definición que atraviesa el icónico “Qué se puede hacer, salvo ver películas”.

La presentación se llevó a cabo en el teatro Coliseo, con el vinilo todavía caliente en las disquerías (¡estamos en 1977!) pero el “gran show gran” debió esperar hasta mediados de año, esta vez en un Luna Park con un lleno total como para las grandes ocasiones, pero también arrastrando sus irresolubles problemas de sonido para amplificar conciertos de rock.

Con un estadio completamente oscuro, hace su ingreso Cutaia con una túnica a lo Drácula e interpreta una música al tono, de atmósfera sepulcral. Enseguida se le une Charly, totalmente blanco, y acometen con una versión de “Bubulina”. Tras una seguidilla de temas, con la banda sonando a pleno, el maestro de ceremonias innato que hay en García anuncia el final de la primera parte y la presentación de un grupo amigo… que es la misma Máquina…, en versión heavy, con sus integrantes adoptando distintos personajes y el propio Charly imitando a Mick Jagger. Tras el intervalo de ficción, reaparecen todos vestidos de blanco, para la segunda parte.

“El mismo Luna Park que presenció la despedida de Sui Generis es testigo ahora del definitivo despegue de La Máquina… Sui Generis ha muerto. Larga vida a La Máquina de Hacer Pájaros”, concluye el comentario del concierto publicado en el Expreso…, de ese mes de julio.

Sin embargo, a fines de septiembre y cuando el disco rankeaba en los primeros puestos de venta, Charly pegó el portazo, con la cabeza fundida de “ser Charly García, de tener que pensar en el grupo, los reportajes, la imagen, el sonido del grupo. Llegó un punto en que eso no me dio más satisfacciones”, declaró.

Poco antes, en el último show de una seguidilla, el grupo había vuelto los equipos hacia el escenario y tocado libremente durante un par de horas, prescindiendo del orden de los temas. “Salió una música increíble”, recordó, con más serenidad que nostalgia, mientras aprestaba la convocatoria del Festival del Amor, que también contemplaba la grabación de un disco en vivo.

Música del alma, el disco en cuestión, recién apareció tres años después, notoriamente maquillado con versiones en estudio para paliar las deficiencias del sonido original. Cuando la trayectoria de García –y el público de rock– celebraban la madurez de Serú Girán, el proyecto gestado junto a su nuevo socio musical, David Lebón, en unas largas vacaciones en Buzios. Pero esa es otra historia.

Escrito por
Oscar Muñoz
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