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María Zambrano, poeta del pensamiento

Una de las primeras filósofas españolas, supo combinar la poesía con la razón y así imprimió un estilo único. Nacida en Málaga, debió exiliarse con su familia durante el franquismo, para volver a su patria recién en 1984. A treinta años de su muerte, recordamos a la autora de Claros del bosque y El sueño creador.

En filosofía no se piensa más que con metáforas, escribió el pensador marxista Louis Althusser. Sin embargo, no fue él quien se abocó a esta práctica con soltura y belleza sino una autora de lengua castellana, que murió hace exactos treinta años en Madrid: la malagueña María Zambrano. Fue inquietud de esta intelectual brillante meditar e inquirir acerca del valor de la palabra como conductora del pensamiento, como recreadora de sueños, como suscitadora de imprevistos. Lo posible y lo imposible en una gama de opuestos aquietando la voluntad de las ideas ante el despliegue oceánico y arremetedor de lo poético. Su pluma ha dejado una obra (Claros del bosque, De la aurora, El sueño creador, Notas de un método, Delirio y destino) en la que la oquedad del pensamiento batalla codo a codo con la luminosidad del lenguaje que vibra en su desorden y estremece por su imprevisible e incómodo despertar. “¿Qué raíz tienen en nosotros pensamiento y poesía? No queremos de momento definirlas, sino hallar la necesidad, la extrema necesidad que vienen a colmar las dos formas de la palabra.” En algún lugar, Zambrano actuó como mediadora entre ambas disciplinas volcándose, en ocasiones, más amorosa y vehementemente hacia la poesía a la hora de escribir. “Desde que el pensamiento consumó su ‘toma de poder’, la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía.”

En su ensayo Filosofía y poesía, narra el derrotero de ambas disciplinas en Occidente describiendo los momentos de encuentro y, sobre todo, los del desencuentro, que son los más. Sin embargo, se empeña en unirlos en el amor más profundo que, acaso sin saberlo, será ella misma a través de su propia obra. Innumerables fragmentos filosóficos podrían leerse como música calibrando pensamiento: “Condenada la aurora a permanecer en su noche, se reitera. Avanza con cada aparición de sus luces múltiples, se derrama y llora, se recoge y vuelve, quiere volver en sí, a ese ‘en sí’ que no tiene. Todo lo que ella da es transitorio y se detiene, es un transitar, que no llega a un trascender, pues que nunca llega al trascenderse infinitud ofrecida y negada. Más allá del día no va la aurora. Si se hace ceniza, renace; si se apaga, vuelve a encenderse. Y su llama nunca ha ardido enteramente, lo que sería arder incesantemente a no arder ya. Quizá mejor esto último, no arder; pura llama entonces sería o ¿qué? Algo, pues, no debe consumirse. No le ha sido concedida la fecundación. Las tinieblas, las altas tinieblas del sentido, vuelven a hacerla suya sin poder retenerla.”

¿Poesía o filosofía? Podría decirse que ambas imbricadas en un mismo devenir con el afán de articular el lenguaje del pensamiento con la experiencia. “Pues que hay algo que se nos aparece así, a simple vista, y es que poesía y filosofía, miradas cada una en su mayor pureza, se unen destacándose entre todas las demás creaciones por la palabra; entre ellas existe una esencial, íntima y viva unidad. Unidad que llega a ser una especial identidad entre la persona viviente y su creación.”

Por momentos parecería que la poesía superara a la filosofía. El alma a la razón. Sin embargo, precisamente lo más atractivo y singular de Zambrano es su heterodoxia y la naturalidad con la que aborda la escritura filosófica, que exige claridad y método, con un lenguaje poético –desamparado y disperso– alcanzando momentos deslumbrantes. “La poesía exige menos y ofrece más que el pensamiento; su esencia es su propia generosidad.”

RAZÓN POÉTICA

Hace exactamente un siglo, María Zambrano tenía 17 años y empezaba sus estudios de Filosofía en la Universidad Central de Madrid. Se trasladaba cada día desde Segovia, donde residía junto a sus padres y hermana. En 1924 decidió instalarse en Madrid. Desde entonces, su vida intelectual mantuvo una intensidad arrolladora. Hay que tener en cuenta que la filosofía ha sido siempre una disciplina cooptada por varones. Pocas fueron las mujeres que lograron hacerse espacio y trascender con marca propia y decisiva, con obra irreverente. Zambrano es una de ellas, junto a la alemana Hannah Arendt y la francesa Simone Weil. Las tres nacidas en la primera década del siglo XX. Las tres amenazadas en sus propias tierras. Las tres arrojadas al exilio. Zambrano, la más longeva. La más poeta. La que más acercó la palabra a los sueños y la invención del lenguaje al pensamiento.

Si bien ha sido una discípula férrea e indiscutible de José Ortega y Gasset, fundador de Revista de Occidente, donde Zambrano publicó sus primeros escritos, fue la obra de Antonio Machado la que despertó en la autora malagueña esa necesidad de ensamble entre poesía y razón. Y desde donde nace el concepto que la acompaña hasta hoy como una marca de estilo: la razón poética. Dice Juan de Mairena, heterónimo de Machado: “Todo poeta supone una metafísica; acaso cada poema debiera tener la suya –implícita–, claro está –nunca explícita–, y el poeta tiene el deber de exponerla por separado, en conceptos claros. La posibilidad de hacerlo distingue al verdadero poeta del mero señorito que compone versos”. A propósito de esta cita, Zambrano argumenta su pasión y su hallazgo: “Es esta relación entre pensamiento filosófico y poesía uno de los motivos más hondos para clasificar a un poeta, si la tal clasificación existiera. Un motivo hondo, moral, salta a la vista en el caso de Machado. Y es el sentimiento de responsabilidad. Machado hombre acepta lo que dice Machado poeta y pretende en último término darnos las razones de su poesía, es decir, que el poeta humildemente (…) somete a justificación su poesía, no la siente manar de esas regiones suprahumanas que unas veces se han llamado musas, otras inspiración, otras subconciencia, designando siempre, al poner su origen tan alto o tan bajo, mas nunca en la conciencia, que la poesía no es cosa de la que se pueda responder; que ello es cosa de misterio, cosa de fe, milagrosa revelación humana en que no interviene el dios, pero sí lo que cerca del hombre sea más divino, esto es, más irresponsable.”

EXILIOS

Una rebeldía intrínseca e “irresponsable” destina la escritura de Zambrano al exilio de sí misma: habitará la zona del pensamiento siempre yéndose hacia otra parte, subvirtiendo los esquemas y las formas esperadas. Acaso cuando advierte que Séneca más que un filósofo es un “meditador sin sistema”, Zambrano excusa un proceder que también la convoca: un pensamiento que tiene algo de musical, como acordes que acallan y suavizan, a diferencia de otras filosofías que activan la razón evitando el descanso. “No es un pensador de los que piensan para conocer –decía sobre el autor nacido en Córdoba en el siglo I d. C.–, embalados en una investigación dialéctica. Es propiamente un mediador, un mediador, por lo pronto, entre la vida y el pensamiento, entre ese alto ‘logos’ establecido por la filosofía griega como principio de todas las cosas, y la vida humilde y menesterosa.”

Ese exilio de su escritura –ese desvío de una escritura arisca a una escritura que canta– irá en paralelo con su destierro: en 1939, desde una España devastada por la Guerra Civil y encaminada ya hacia la fatalidad del franquismo que persistirá treinta y seis años, María Zambrano y su marido, el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, escapan en masa rumbo a Francia. Así lo describe en sus notas autobiográficas: “No otra cosa es lo que sucede. Por los pasos del Pirineo, como sangre mandada a empujones por un corazón espantado, la multitud llega interminable. Tiene color de tierra, color de monte derrotado de encina rota a hachazos; es el mismo suelo que arrancado de sus cimientos echa a andar; es la materia de España, su sustancia, su fondo último, lo que llega, lo que avanza, lo que espera, en esta terrible mañana gris vacía de Dios, por la larga carretera hasta Le Perthus (…) A medida que nos acercábamos a la frontera, la calma se iba extendiendo como unos óleos de aceite por los rostros, templaba las voces y daba voz a los enmudecidos”.

De ahí en más, vivirá en México, Cuba, Puerto Rico, Suiza e Italia. Recién en 1984 regresará a su patria. Aunque, según declaró en sus escritos, del exilio no se puede volver. “No puedo volver porque no me he ido nunca; yo he llevado a España conmigo.”

Escrito por
María Malusardi
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