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Borges, peronismo y los senderos que se bifurcan

A 35 años de su muerte, analizamos el recorrido y algunas de las obsesiones del creador de El Aleph. A qué tradiciones literarias y políticas de la Argentina adscribió y cuáles interpeló con fervor.

En el tiempo real, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas opta por una y elimina y pierde las otras. En los comienzos de la década del ‘30, Jorge Luis Borges coincidió con Arturo Jauretche en la poesía, especialmente en la admiración que compartían por la gauchesca, pero también en la adhesión política al líder popular derrocado: Hipólito Yrigoyen. Jauretche, que participó en 1933 en una revuelta radical contra el régimen de Agustín P. Justo, escribió en la cárcel Paso de los libres, un libro de poemas en clave gauchesca sobre aquellos sucesos, que el joven Borges leyó y pidió prologarlo: “La tradición, que para muchos es una traba, ha sido un instrumento venturoso para Jauretche. Le ha permitido realizar obra viva, obra que el tiempo cuidará de no preterir, obra que merecerá -yo lo creo- la amistad de las guitarras y de los hombres”.

Además del yrigoyenismo manifiesto, la relación entre Borges y FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) se articulaba a través de zonas de interés marcadas por el uso coloquial de la lengua, con un énfasis puesto en lo rioplatense, y la recuperación de la figura de Evaristo Carriego: es decir militaba en un nacionalismo popular de izquierda antiimperialista.  Ese es el Borges “que podría haber sido peronista”, en tanto un núcleo importante de FORJA se sumó, posteriormente, al peronismo; pero no lo fue porque optó por otro camino que consistió en revisar su posicionamiento literario y político. Entonces renunció a las mitologías colectivas y frente a la irrupción del peronismo en la vida política nacional procedió a poner en juego “una glosa” de Martín Fierro en el relato “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)” para fraguar una especie de “biografía” de Cruz o una variación literaria del poema de José Hernández, que publicó por primera vez en la revista Sur, en 1944, y que luego incorporaría en la edición de El Aleph (1949).

Borges leyó críticamente el poema de Hernández contra la lectura canónica de Lugones, que establecía que ese poema sería para los argentinos lo que la epopeya homérica fue para los griegos. No se puede comprimir la historia de un país en la figura de un gaucho del siglo XIX. Fierro no es el héroe nacional en la óptica borgeana; Borges eligió posicionarse en el pliegue del poema de Hernández para tomar la perspectiva de Cruz y al hacerlo, al desplazarlo del margen al centro, sugería que Cruz merecía más atención que el canonizado Fierro. El desertor, el apátrida, revive en los cuentos de Borges, a contrapelo del sujeto colectivo del peronismo. La burla estremecedora emerge en “La fiesta del monstruo”, escrito en 1947 conjuntamente con Adolfo Bioy Casares, un texto que para Ricardo Piglia es una traducción y reescritura de “El Matadero”, de Esteban Echeverría, cuento publicado en 1871 y escrito entre 1838 y 1840, con un epígrafe tomado de Hilario Ascasubi en su poema “La Refalosa”, en el cual se narra el degüello de un unitario por un federal.

Ilustración de Borges aparecida en Caras y Caretas.

La narración en primera persona de este relato –que se publicaría por primera vez el 30 de septiembre de 1955 en el semanario uruguayo Marcha— es una parodia del decir y el hacer del pueblo peronista en un día fundacional: el 17 de octubre de 1945. El simulacro de oralidad del relato se logra a través del vocativo “Nelly”; el narrador le está contando la historia a esa mujer. La tensión se alcanza cuando matan a un judío que se negó a reverenciar la figura del líder; muerte que es un remedo de la ejecución del unitario en “El Matadero”.  La violencia, en ambos textos, se concentra en un solo lado de la ecuación, el de la “barbarie”, que mata al representante de la “civilización” porque exhibe la voluntad individual de no participar de actos masivos liderados por un caudillo o un líder popular.  En la representación de lo popular en Borges, no hay sujeto colectivo; sus cuchilleros se rigen por una ética individual y actúan a título personal.

“Borges vio de una vez el peronismo y nunca revisó su visión”, escribió un tal V.Sanroman en la revista Contorno, seudónimo que sería de Ismael Viñas. Si la cultura y la tradición son cambiantes y están en transformación continua, como lo ha demostrado el Borges con su obra, quizá el modesto reproche que se le pueda hacer a 35 años de su muerte es que no haya revisado ni reescrito, desde la literatura, otra versión del peronismo.

Escrito por
Silvina Friera
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