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MATRIAS

Fueron las madres de la Patria. Y cuando se dice sus nombres, se dice libertad. Pelearon como soldadas de la Guerra de la Independencia desde 1810. Dejaron su vida en selvas, llanuras y montañas; en trincheras de barro y sangre; alimentaron a las tropas, curaron la soledad y las heridas de sus hombres, los propios y los ajenos, participaron en el escabroso ritual de los guerreros mientras arrastraban a sus hijos con ellas, entre la soldadesca y el barro, entre la sangre y la represión salvaje de las tropas españolas. Fueron madres, espías y amantes; heroínas en las alcobas y en las trincheras; esposas, viudas y concubinas. Tal como registró Felipe Pigna en sus trabajos indispensables, ahora el notable libro Güemes. El héroe postergado, del periodista Alejandro Tarruella –recién editado por Marea–, nos acerca también a la historia de nuestras patriotas. Porque, ¿cómo contar la vida y la obra del Martín Miguel de Güemes, el gaucho infernal, el héroe que logró mantener a raya a los sanguinarios invasores del imperio español y garantizar la integridad de nuestro territorio en el norte, sin hablar de nuestras heroínas? ¿Cómo contarla sin hablar de la mixtura revolucionaria del amor romántico y la pasión política? Carmen Puch fue esposa del “padre de los pobres”, como lo llamaban a Güemes, el comandante del ejército de héroes gauchos bautizados como “los Infernales”. Era considerada la más bella de Salta. La escritora Juana Manuela Gorriti solía decir que “era una mujer maravillosa, con todas las seducciones que puede soñar la más ardiente imaginación”. Bella y revolucionaria, era la hija dilecta de un español de fortuna que adhirió a la causa de la guerra gaucha donando casi todos sus caballos a los Infernales. Carmen resistió con sus hijos a cuestas la persecución realista en la Guerra de la Independencia en el norte. Fue fiel a su hombre y a su causa. Y se dejó morir con apenas 25 años, poco después de que Güemes fuera asesinado, el 17 de junio de 1821. La celestina de ese amor fue María Magdalena Dámasa Güemes, conocida como Macacha, la hermana del caudillo. La historia de Macacha y la de Juana Azurduy, la heroína y coronela del Alto Perú, apuntalan las hazañas de Güemes. Son esenciales porque entre 1813 y 1823, Salta estuvo en guerra permanente. Al lado del padre de los pobres estaba siempre Macacha –conocida también como la “madre de los pobres”–, coordinando tareas de espionaje y atrevidas misiones con otras patriotas. Ellas escondían en sus polleras mensajes con información sobre los españoles que hacían llegar al ejército de gauchos. La acción de Macacha y sus compañeras fue letal para los españoles. La acompañaron, entre otras, María Loreto Sánchez Peón de Frías, Celedonia Pacheco de Melo, Juana Torino, María Petrona Arias, Andrea Zenarruza de Uriondo y Toribia la Linda. María Loreto fue la creadora del destacamento conocido como “las Bomberas de Güemes”, al que se sumó Juana Azurduy a partir de 1818. La tarea de las Bomberas fue decisiva en el trazado del plan de inteligencia de Güemes. Ellas incorporaron en la red a sus hijas e hijos, criadas y criados. La historia de Juana es quizá la más conocida porque fue una estrecha colaboradora de Güemes y por su coraje fue investida con el grado de teniente coronel de una división explícita llamada “Decididos del Perú”, con derecho al uso de uniforme, según un decreto firmado por el director supremo Pueyrredón el 13 de agosto de 1816 y que hizo efectivo el general Belgrano, quien la homenajeó al entregarle su sable, que lo había acompañado en Salta y Tucumán y durante el heroico Éxodo Jujeño. En 1816, Juana y su esposo, Manuel Ascencio Padilla, tenían a seis mil indios bajo sus órdenes. Sitiaron por segunda vez la ciudad de Chuquisaca. Los realistas lograron poner fin al cerco, y en Tinteros, Padilla encontró la muerte. La cabeza de Padilla fue exhibida en la plaza pública durante meses. El 15 de mayo de 1817, al frente de cientos de cholos, Juana la recuperó. Luego, intentó reorganizar la tropa sin recursos y, acosada por el enemigo, sin colaboración de los porteños, fue a Salta a combatir junto a las tropas de Güemes, con quien estuvo tres años hasta que fue asesinado. La historia que aquí se cuenta es apenas un esbozo fugaz. Pero como mostraron Eva Perón, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y los miles de mujeres que lucharon por la igualdad y la justicia a lo largo de dos siglos, sabemos que ellas fueron las continuadoras de aquellas Matrias. Y que siguieron pariendo a la Argentina.

Escrito por
Maria Seoane
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