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OSTROV, EL ANALISTA IMPOSIBLE

Las cartas que Alejandra Pizarnik intercambió con su ex terapeuta son reveladoras de sus angustias, de sus desvelos y de las tensiones que habitaron su mente. Tienen, a la vez, valor poético y muestran los intentos del afuera por hacerla dominar sus demonios.

Leer la correspondencia entre Alejandra Pizarnik y su –a esa altura– ex psicoanalista León Ostrov (con la edición a cargo de Andrea Ostrov, Eduvim, 2012) entrega elementos fundamentales para la compresión de una poética donde vivencia personal y escritura se entrelazan en un solo pliegue, donde es arduo discriminar entre la agonía y su representación, entre la voz horrísona que late de la dificultosa conexión con el mundo y el poema. Es asombroso capturar cómo en la poeta estaba pegado, cementado, el lenguaje al cuerpo y cómo su áspera vida psíquica era, en primer plano, su poética.

El intercambio de cartas entre Alejandra Pizarnik y su ex psicoanalista y amigo León Ostrov, indudable figura paterna, se produjo entre 1960 y 1964, durante la estancia de Pizarnik en París. De aquel intercambio se hallaron veintiuna cartas de ella y apenas cinco respuestas de Ostrov. El material integra el Archivo Pizarnik de la Universidad de Princeton.

La dualidad entre la pasión por la vida y la imposibilidad de asirla es una marca dominante de la poeta. Ella no enmascara la realidad incontrastable de que todo lo que ha escrito ha fluido por sus venas. No se está aquí ante una creadora que se distancia de sí para elaborar una composición, textos como postura e impostura. Estamos ante alguien que hizo de su hoguera en el mundo su maquinaria creativa.

DESGARRAMIENTOS

Encontramos, de entrada, una línea de pavor. Hay que detenerse en esto porque todos hemos merodeado alguna vez por cierto cansancio, no de la lectura de la poeta Pizarnik, sino del mito de su vida y de su muerte. Pues hay que leer estas cartas que le ha escrito a Ostrov para darse cuenta de que no es Alejandra la que construyó ese mito: estos textos tiemblan de un desgarramiento genuino.

Andrea Ostrov lo dice en su introducción. La cito en una secuencia donde a su vez ella cita a Pizarnik: “En la búsqueda de la forma, esa lucha con el lenguaje (…) se reduplica de alguna manera en la lucha que Alejandra mantuvo con su propio cuerpo durante toda su vida: el asma, cierta tartamudez, el acné y una leve escoliosis le producían una constante incomodidad con su cuerpo. Y había dejado escrito Alejandra en sus Diarios: ‘Una mujer tiene que ser hermosa. Y yo soy fea. Esto me duele más de lo que yo creo’”. Un comentario que además fija una época.

Entre esos pares opuestos que suele atravesar toda creación que se precie, Andrea Ostrov cita algunos de los intensos lamentos pizarnikianos: “Sin embargo, en esa misma intensidad que la atraviesa reside la única garantía de consistencia”. Hay otros juegos paradojales que la introducción subraya y que en las cartas reaparecen, como en este fragmento de sus Diarios: “Dios mío (…) que no me enajene en la demencia, que no vaya adonde quiero ir desde que nací, que no me sumerja en el abismo amado”.

Es palpable cómo la aterran a Alejandra los límites del cuerpo, los límites del tiempo, los límites de la personalidad. Pero aunque también la aterraban los límites del lenguaje, con eso hizo otra cosa: caminó rumbo a la frontera y trató de perforarla. También marchó y jugó con otros muros, lo sabemos, pero este camino hacia el murallón de la palabra transitó su aventura más plena y aunque su temperamento melancólico no le permitiera acaso advertirlo, seguro que fue su camino más feliz.

Esas “visiones iluminadas de mis miserias” están en estas cartas que, como bien se dice, son también poesía pues nos encontramos con conformaciones lingüísticas y sintácticas que son parientes de su escritura consagrada. Párrafos enteros podrían escandirse para leerlos como grandes poemas.

TRANSFERENCIAS

Es inevitable, a su vez, pensar en León Ostrov como el analista imposible. Todos los analizados sabemos volver locos a los analistas con nuestro repertorio de imposibilidades. Por eso hay un momento en que el habla de la analítica se torna palmoterapia. Es posible deducir que la transferencia entre Pizarnik y León Ostrov persistiera y es posible que en las cartas –sabemos que León Ostrov fue de los mejores analistas que tuvo esta Buenos Aires, capital mundial del psiconálisis–haya abdicado de la interpretación para dar ánimo y consuelo. Le escribe: “Arregle sus cosas, acepte que en esta breve vida –es inevitable– tenemos que dormir y trabajar a veces en cosas que no nos interesan del todo, es decir, reducir horas de contemplación y de la tarea que expresa nuestra vocación mejor”.

Dan piedad estos párrafos donde Ostrov tira toda su biblioteca psicoanalítica, que era inmensa, y por amor y admiración a su ex paciente parece pedirle perdón a san Freud y acudir al cristianismo: “Nena, levántate y anda”.

¿Qué se puede hacer con tantas ganas de vivir y de morir? ¿Qué se puede hacer con esta Alejandra que llega a Capri y se aburre ante un parque temático y pocas líneas más abajo se confiesa embriagada por Capri?

León Ostrov, se deduce, hizo lo que pudo. Pero Alejandra también. Hizo una obra, compuso su voz única. Para perderse eligió encontrarse en la poesía.

Estas cartas entre Pizarnik y Ostrov registran ese vía crucis, esa imposibilidad de equilibrar la nave que tenía Alejandra, esa lucha por estabilizarla con la oscura conciencia de que en algún momento iba a estallar en el aire, dejando trunca su vida para que nosotros nos quedemos con su poesía.

Escrito por
Vicente Muleiro
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