Gustavo Santaolalla es músico, compositor y productor de reconocimiento mundial, cuya historia comienza en los albores del rock argentino como líder de Arco Iris. Esta banda puede pensarse como una pequeña anomalía en el escenario del género a fines de los 60. Esa rareza estaba dada tanto por su música, de fuertes raíces latinoamericanas, como por su conformación como comunidad. “No comíamos carne, no tomábamos alcohol, no consumíamos drogas, éramos célibes y, aparte, tocábamos folklore; éramos unos tipos raros”, cuenta en el documental sobre el rock latinoamericano Rompan todo, del cual es uno de los productores.
Como se puede rastrear en infinidad de entrevistas, durante 50 años el productor estuvo al lado de León Gieco. Fue parte de su carrera desde su prehistoria, cuando el nacido en Cañada Rosquín asomaba al rock en un escenario vibrante y diverso. Se habían separado las primeras grandes bandas —Los Gatos, Almendra, Manal— y, en el primer momento de crecimiento del género, consolidada la identidad con el rock en castellano, se abrió un campo a nuevas experiencias. Así confluyeron, en los primeros años 70, los caminos de ambos. Para el joven que viajó a Buenos Aires para intentar abrirse paso en la música, Arco Iris fue una gran referencia.
Además de las raíces folklóricas y latinoamericanas, lo convocó que los músicos, para sostenerse económicamente, dieran clases de música. Así se encontraron y realizaron la primera experiencia de una larga carrera juntos.
UN JOVEN TELEFONISTA
Así lo cuenta Santaolalla en el mencionado documental: “Un día vino un muchacho de Santa Fe que trabajaba como telefonista, que era León Gieco”. Como a todos los alumnos, cuando terminó esa primera clase le preguntó si hacía algo de música, y el alumno tocó “El país de la libertad” y “Hombres de hierro”. Lo escuchó y su reacción fue decirle: “Pero qué te voy a dar clase, nosotros tenemos que hacer un disco”. Comenzaron a pensar lo que sería aquel primer álbum, pero Arco Iris lanzó Mañana campestre y estalló el éxito, lo cual demoró el trabajo conjunto.
“Un día vino y me dijo que de RCA Victor le estaban ofreciendo hacer un álbum con temas de los Bee Gees en castellano”, contó en una entrevista para el podcast Dementes. “Yo le dije: ‘Si querés, hacelo. Pero acá no vengas más. No quiero ser más tu amigo’”. Gieco volvió a su pensión angustiado por la situación, pero decidió seguir con su proyecto personal. “Hoy me dice que le salvé la vida”, agregó. En charla con Diego Boris, Santaolalla reconoció que para él también fue trascendente: “Le estoy muy agradecido porque él me dio la oportunidad de hacerme productor”.
Esa noche, en la soledad de la habitación de una pensión, Gieco definió dos destinos insoslayables para la música popular argentina. En ese álbum de 1973, Santaolalla se ocupó de la mayoría de los arreglos, además de tocar guitarras acústicas de seis y doce cuerdas, viola eléctrica, folk con cuerdas de acero y charango. La sociedad musical y afectiva había comenzado.
Esto no es menor. Como dijo a Caras y Caretas uno de sus más cercanos allegados, en medio de una gira que lo llevó por ocho países en 20 días: “Gustavo lo adora a León”.
Siempre pensó a Gieco como alguien particular dentro del rock argentino. En el documental que puede verse en Netflix, desliza que era el eslabón entre lo que hacían ellos y el rock. En la revista Expreso Imaginario de noviembre de 1981, hablando de ese momento del rock, declaraba: “Lo que más me gusta es León. Él tiene algo personal que se parece únicamente a lo de León Gieco. Además es popular, y eso es vital”. En el mismo sentido, en una entrevista para la revista Pelo del mismo mes, sostenía: “Aquí León es uno de los pocos tipos que tocan rock. Los de acá se quedaron atrás. Por eso me interesa León, porque aunque tenga características folklóricas, tiene valor por sí mismo”.
DYLAN EN VIVO
Gieco viajó a Estados Unidos para grabar Pensar en nada, producido por su amigo. En esos viajes escuchó en vivo por primera vez a Bob Dylan, el músico a quien admiraba y que había sido su más evidente influencia. En la producción Los mil y un mundos de Gustavo Santaolalla (disponible en YouTube) explica que eso fue un punto de inflexión en su carrera: “Lo ve tocar en vivo, con su armónica y todo, y cuando vuelve a Argentina compone ‘Cachito, campeón de Corrientes’, un chamamé. Necesitaba ver eso para darse cuenta de que él no tenía que ser Bob Dylan”.
En ese tiempo, algo volvió a marcar a ambos. Mientras ese viaje fue una bisagra para Gieco, también lo fue para Santaolalla. Después de trabajar en Pensar en nada, por primera vez se animó a producir a otros artistas fuera de ellos dos.
En diálogo con Julio Leiva para su ciclo Caja Negra, poco después del gran homenaje que se le hizo a Gieco por sus 70 años, Santaolalla definió a su “hermano de la vida”, como lo llama: “León es un valorazo. No solamente porque es un gran artista y un tipo que ha escrito unas canciones maravillosas, sino porque es un ser humano fuera de serie. Para mí es un orgullo, un honor y un privilegio poder considerarme su amigo. Muchas veces, cuando tengo que tomar una decisión, pienso: ¿qué haría León en este caso? Es un tipo de una gran generosidad y empatía, que ha puesto su carrera sobre la mesa jugándose por la gente más necesitada. Hay muchas cosas que la gente sabe, pero hay muchas otras que no se saben y son increíbles. Es un gigante de la música; yo lo tengo en el más alto lugar”.
