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EL COLMO DEL OBJETO

Periodista.

Que si era linda, que si era flaca, que si era lesbiana, promiscua, loca… Es Alejandra, pero podría ser Eva, Frida o Cleopatra. La imagen de las grandes mujeres, la forma en que se las ha narrado, está viciada de una perspectiva que las desvaloriza, las desautoriza en sus talentos y las coloca en el sitio que históricamente se ha asignado a lo femenino; un reverso deslucido de lo masculino, un no-ser o mejor: no ser lo que debería ser.

“Si hablo tanto de mi cuerpo y si tanto medito en él es porque no hay nada más. Me siento muerta, es el colmo del objeto. Me miro en el espejo. ¿Para qué? ¿Para quién? Tengo miedo y estoy muerta”, escribió en sus diarios, que –hoy se sabe– se publicaron incompletos con la significativa supresión de los pasajes relacionados con el sexo. No está allí, por ejemplo, su relación con el escritor, abogado y dramaturgo Juan-Jacobo Bajarlía, que fue su profesor y también su amor y quien la introdujo en las vanguardias y en el ambiente intelectual de la época. Tampoco está su relación con la fotógrafa y traductora Marta Moia ni con otras mujeres. Y aunque abundan las anécdotas del desenfreno y la plenitud, se la niega como mujer deseante y se refuerza en cambio como una figura retorcida de pelo corto que se escondía bajo un abrigo grande y raído. Alejandra la fea, la enferma, la rechazada.

Se dijo siempre que su hermana cumplió con unas ciertas expectativas tradicionales de su familia que ella no pudo satisfacer, cuando todo indica que en verdad no quiso. ¿Por qué se anula esa voluntad? En ocasión de responder sobre su soltería, dijo: “Yo estoy casada con la poesía”.

¿Era solitaria? Difícil no serlo con un hambre voraz por la lectura como el que suele caracterizar a los grandes autores y autoras, entre quienes sin duda su nombre se inscribe. ¿Una rebelde? Claro, es una de las voces más originales de la poesía latinoamericana. ¿Era oscura, triste, dramática? Seguramente, en tanto artista y poeta, el volumen de su amargura está plasmado en la contundente profundidad de su obra, pero el resto, las especulaciones, incluso aquellas que pretenden explicar su suicidio prematuro (acaso alguno no lo es), no expresan sino una visión estereotipada y machista. Alejandra, la escritora, fue más que su mito, y eso es mucho decir porque su mito es inmenso.

“Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero”, escribió en una cita que hoy el feminismo recoge como un tesoro. En la misma línea, hay una entrevista de los años 70 que se publicó en la revista Sur donde además de expresar su pensamiento deja entrever un humor de adorable ironía:

–¿Cree que la mujer, en todos los planos, ha de tener los mismos derechos que el varón?

–La mujer no ha tenido nunca los mismos derechos que el hombre. Debe llegar a tenerlos. No lo digo solamente yo. Rimbaud también lo dijo: “Cuando se rompa la esclavitud infinita de la mujer, cuando viva para ella y a través de ella el hombre, hasta ahora abominable, habiéndole dado su despido, ¡ella también será poeta! La mujer encontrará lo desconocido”. Inútil agregar que las exaltadas palabras del poeta conforman un razonamiento utópico. Es que nada temen tanto, mujeres u hombres, como los cambios.

–¿Cree necesaria la educación sexual?

–Por cierto, puesto que lo sexual es arduo.

En esa pieza también se expresa abiertamente a favor del aborto, y cuando le preguntan si es partidaria del divorcio, responde: “¿Acaso es posible no serlo?”.

Nunca escribió sobre ser mujer, más bien se plasmó a sí misma en la poesía con su carne y alma de mujer. Tampoco escribió sobre cambiar el mundo, su espíritu surrealista se deshizo en decenas de Alejandras para hablarles a la vida y a la muerte, como nadie lo hizo antes ni después de ella.

Escrito por
Lucrecia Álvarez
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Escrito por Lucrecia Álvarez
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